guiado por las apariencias

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4/12/13

Sobre la locura

Pensé el otro día una respuesta a por qué me resulta tan significativo y erróneo que la gente tienda a decir "subconcsciente" cuando habla del inconsciente. Es una cuestión topológica: el inconsciente no está debajo de nada.

Lovecraft imaginó que la raza que dominaría el mundo después del ser humano sería una raza de enjambres de insectos en los que cada enjambre sería un individuo. Una vez más, el enajenado Lovecraft tiene una intuición muy sugerente. Creo que la imagen del sujeto como enjambre se parece un poco a nuestro espíritu: la forma del enjambre es el yo, los bichos son el inconsciente. Son la forma y la materia; no está uno debajo de otro.

Cuando enloquecemos, nuestro enjambre pierde forma, nuestros bichos se escapan. Siempre se están escapando, no podemos evitarlo, pero en ocasiones se escapan tantos que el enjambre se disipa. En esta dirección la locura es perdición, muerte espiritual.

Pero la locura tiene otra vertiente, u otra cara. Locura también es la capacidad de ver más allá de la forma, de ver los bichos, los propios bichos o los bichos del otro. Por eso la imagen de un telón que se descorre, de una verdad que se revela, aparece tan comunmente en la locura. Por eso la locura tiene una parte de genuina lucidez. El problema es que es una lucidez abrasadora que tiende a deshacer nuestro enjambre.

Tal vez el mayor esfuerzo de la cordura no sea tanto mantener la forma del enjambre, si no el negarse a ver los insectos que lo componen. En realidad el importante componente de locura que revolotea en todo momento en cada enjambre humano es basante evidente, somos nosotros los que insistemos en fijarnos sólo en la forma, para no perdernos, pero no enloquecer.

Creo que vivimos en una sociedad preocupantemente cuerda. Cada día hay más psicóticos diagnosticados, los etiquetados como esquizofrénicos, pero creo que eso es así porque vivimos en un mundo incapaz de lidiar con nuestra realidad de enjambres. Sin una religión que nos respuestas y con un cientifismo anquilosado que intenta suplantar al pensamiento religioso, cualquier asomo a nuestra deformidad espiritual nos resulta insoportable. Somos incapaces de probar la más mínima dosis de lucidez lunática sin desvanecernos en el proceso. 

Se habla mucho del relativismo postmoderno, yo mismo he estado años obsesionado con él, pero ahora creo que estaba muy equivocado. No somos relativistas en absoluto, no somos ambiguos y no somos críticos. Nada ha venido a suplantar al cientifismo decimonónico. Somos cuadriculados, no tenemos respuestas para la excepción ni para la diferencia, aun peor, no sabemos admitir nuestra ignorancia, dejar un espacio al misterio, a la ausencia de respuestas. La postmodernidad, salvo algunos pensadores aislados, que por cierto hoy están todos muertos, ha centrado sus esfuerzos en racionalizar, sistematizar y academizar todo aquello que había conseguido escapar al primer embate academicista del XIX. Foucault es un pensador muy pero que muy nocivo.

Necesitamos que todo sea forma, no podemos soportar nuestra condición de enjambre.

3/10/13

Un jueves por la tarde.



Un jueves por la tarde yo encajé en los planes de Dios


un rayo cayó sobre mi cabeza


recto y brillante


como dibujado por un lápiz incomprensible.


Creí. 

Aun creo.


Pero pasaron los días

y no volví a saber nada de Dios.


Cuando dicen que los Caminos del Señor son inescrutables

tienen razón.


Inescrutablemente mi compañero murió en mis brazos.


Fue Dios el que me hizo anarquista.



19/3/12

Todo es susceptible de ser bello.

Lo bello es un concepto con matiz negativo; pero negativo en un sentido plástico: como el negativo de una foto, de una sombra, de una silueta o de un recorte.

Todo puede ser bello, pero no todo puede serlo a un tiempo. Sentir la belleza supone realizar una elección. Tomar una porción, de alguna manera despreciar la belleza de todo lo demás. Aquello que es descubierto como bello, es elejido, es especial por haber sido elejido, por poco más. Misteriosa es la capacidad de determinadas cosas de tener mayor propensión a resultarles bellas a más gente...

En esa elección queda todo. Que cosa tan endeble. Como enamorarse, desde que sucede, lo único que puede pasar es que se vaya perdiendo. Convirtiéndose en otras cosas, en ocasiones para nada peores.

Y la memoria, la gran retenedora, podría parecer una enemiga acérrima de algo tan fugaz. Pero no lo es, es su secreta aliada; misteriosa amornía de contrarios.

A veces incluso se confunden la memoria y la belleza, siendo cosas tan distintas. Pero si la intenligencia humana tiene un vicio, ese es el de malentender las cosas más evidentes...

La confusión de la belleza y la memoria se llama melancolía. Una emoción estúpida, pero muy elocuente en lo que respecta a la avería intrínseca de la naturaleza humana.

La estupidez de la melancolía confunde avería con pecado... pero poca culpa tenemos de ser tan miserables. Con lo mal que estamos hechos, bastante es que nos levantemos y sigamos cada mañana.

Incluso, a veces, nos quedan fuerzas para fijarnos de verdad en algo, para descubrir su belleza.

Eso es todo.

2/2/12

La educación artística son manualidades.

Os dejo un enlace a google docs con un texto largo. ¡Bien! ¡Aun más aburrido que mis posts habituales!

Espero que lo soportéis...

Cita del texto: Si algo han aprendido al fin los poderosos es que el silencio es peligroso. Mientras no paremos de hablar, no podremos tomarnos el tiempo de reposo que se necesita para tener perspectiva y elaborar un discurso crítico. La libertad de expresión queda así controlada por medio de su exceso.

Plata y oro.

16/12/11

Una bobada que estaba pensando...

La palabra es por principio antipoética, lo poético es el mirar, el oir, el oler o el gustar. Pero la fantasía y la palabra son atipoéticas. Por eso la metamorfosis que opera la poesía es tan fascinante, porque convierte la paja en oro, la palabra en poesía. Poco tiene que ver este proceso con aquello que se está contando en el poema, y si tiene que ver es de manera en que lo contado cambia de lugar de tal modo que podría ser cualquier otra cosa. Por eso es traicionera la poesía también, porque puede llevar a la creencia de que las palabras que la forman son verdaderas. Es todo muy extraño, una suerte de gran trampa para incautos porque, en realidad, lo que hace la poesía es liberar a las palabras de su necesidad de ser ciertas o falsas.

De alguna forma la poesía es un descanso, un soplo de libertad, un asomarse por el tragaluz de la caberna, un terapeútico acceso de locura.

La única lucided es la lucided del loco, abrasadora. Los psicóticos y los físicos cuánticos son en realidad poetas salidos de madre. Se les olvidó volver a casa y ya no pueden acostumbrar sus ojos a la obscuridad lo suficiente como para contar a los demás lo que vieron ahí fuera. Están perdidos.

A Platón la falto valor para volverse loco. A Nietzsche no. En cualquier caso toda esa Melancolía es muy poco sabia. La poesía está bien donde está, no hay que ansiar tenerla más cerca.

La poesía ha de quedarse allá, lejos, en el pasado y en el futuro remotos, en lo que no puede ser del todo.

La poesía, bien entendida, es la cura de humildad del lenguaje.
Bendita cura de humildad.

30/8/11

Primera I.

Primera parte del texto: I.I.I. ; 3 conceptos necesarios de los que el 15-M adolece.

1) Internacionalismo: “proletarios del mundo uníos”, los ideales de justicia y solidaridad universal son la base de toda ideología de izquierdas (quien piense que esto no es un tema de “izquierdas” y “derechas”, se equivoca, en mi opinión, de pleno, pero eso ya lo comentaré más adelante), han de serlo. La izquierda entró en la asfixiante decadencia en la que ahora se encuentra cuando perdió su espíritu internacional (la historia soviética es el ejemplo más representativo de esto). Todo nacionalismo es una proyección alienante del individualismo y del egoísmo: defiende lo tuyo, no lo de todos. Esto divide la lucha social y deja a los sujetos aislados, desvalidos frente a la opresión de las clases dirigentes. Luchar por los derechos de uno está un paso por delante de la pasividad social, pero no es una actitud verdaderamente revolucionaria. Hemos de luchar por los derechos de todos. Si no llevamos esto en la cabeza va a ser muy complejo integrar a inmigrantes, coordinarnos con ciudadanos de otros estados (algo necesario), ser efectivos.

Esta concepción nacionalista e individualista de la lucha social se hace particularmente grave en un contexto, el contemporáneo, en el que los dirigentes (los poderes bursátiles y, sólo en segundo lugar, los políticos) piensan y actúan a escala global. El internacionalismo es una concepción que surge en los movimientos obreros y fue durante más de un siglo patrimonio de la izquierda. Hoy esa situación ha dado un giro de 180º y son los poderosos los que entienden que todos los hombres somos iguales (aunque sea iguales como objetos de su explotación), mientras que nosotros seguimos intentando, sin éxito, provocar un cambio social en una nación concreta (España, por ejemplo).

La mayoría de las reivindicaciones surgidas del 15-M van dirigidas a un estado concreto. Un estado que, como todos en el Occidente contemporáneo, no es más que un pelele, una cortina de humo que no hace sino acatar las órdenes de ese ente pretendidamente abstracto que son “los mercados”, que en realidad es una clase dirigente concreta y muy reducida, con nombres y apellidos, que gobierna Occidente y el orbe de forma anónima. Éste ha sido uno de los hallazgos más cruciales de nuestro tiempo: desde el auge del neoliberalismo en la década de 1980, los poderosos ya no son personajes públicos, figuras sociales que la gente emula, aspira a suplantar, ama o envidia. Hoy son seres escondidos. Ni siquiera las personalidades más visibles del mundo bursátil, como los multimillonarios mediáticos (Bill Gates o Carlos Slim) o los grandes banqueros emblemáticos de generaciones pasadas (Marcelino Botín) son el verdadero problema. Los grandes presidentes de agencias de inversión, que mueven cantidades aun mayores de capital aunque no lo posean directamente, son fantasmas, y gran parte nuestras vidas dependen de sus decisiones.

¿Cuanta gente sabe quien es Laurence Fink? Se dice que el mejor truco que inventó el Diablo fue hacer creer al hombre que no existía. Quememos las banderas y aspiremos a una revolución internacional contra los verdaderos opresores, que son internacionales. Que el miedo a la incapacidad de trascender las fronteras de nuestra nación (fronteras meramente humanas, inventadas por los poderosos a lo largo de la historia), no nos detenga.

Los matices ideológicos son vitales, en la vida íntima y en la vida social del hombre, si pensamos a escala nacional nos será imposible superar a la clase dirigente internacional que nos oprime.


16/6/09

Un cuadro feo no sirve absolutamente para nada, pero un sofá horrible puede ser comodísimo.

Sillas del ajuar funerario de Tutankhamon.

Me voy acercando cada vez más a algunas ideas jugosonas. El texto que os mando ya no lo repaso más, me ha quedado tan plomizo que no merece la pena, lo mejor, el título (que es título gracias a Eva). No lo leaís:

Lo superfluo es el diseño.

Me pregunto por qué los egipcios, que tanta fe en su eternidad parecían tener, fueron los grandes adalides del diseño de objetos de uso personal mientras que los griegos, tan conscientes de su fugacidad, vivían en casas humildes, absolutamente volcados a lo universal.

Un sistema escatológico muy sólido unido a la riqueza agrícola que aportan las regulares crecidas del Nilo, fueron las bases en las que se asentó la extraordinaria estabilidad política egipcia. La aristocracia de este sistema, los faraones, pretendían ser la fuente de esa estabilidad, la fuente de la vida presente y futura. Eran dioses, y para demostrarlo no acudieron sólo a las artes "mayores", si no que se rodearon en su día a día de los más fantásticos ajuares domésticos que el hombre haya visto. Con su elegantísima paleta de colores, reducida pero tremendamente efectiva, deificaron su vida cotidiana. Un detalle significativo: Sólo usaban piedras opacas y oro, las piedras que hoy consideramos más valiosas; diamantes, rubíes, esmeraldas; no eran apreciadas, las usaban para comerciar con otros pueblos. "Menos es más", la moda de los dioses, una moda eterna.

Grecia, en cambio, es un lugar donde las tierras cultivables no abundan, esto empujó a sus habitantes a un proceso de colonización por el Mediterráneo que les convirtió en un pueblo comerciante y belicoso. Su escatología terriblemente pesimista generaba en los individuos la ansiedad de alcanzar el bienestar en la vida terrena. Pero el bienestar griego no es un bienestar frívolo, los griegos de la era clásica eran un pueblo austero. El bienestar que buscaban es en realidad otro tipo de escatología, la inmortalidad a través de los hechos realizados en la vida, la fama, la heroicidad; en la guerra, el arte, la literatura, la política o la filosofía. Lo cotidiano era secundario, sus cerámicas gozaron de gran éxito comercial en todo el Mediterráneo, pero resulta evidente que son creaciones culturales pobres en comparación con la magnificencia de la arquitectura, de la escultura y (probablemente) de la pintura griegas.

Me gustaría poner en relación lo anteriormente dicho con el auge del diseño de interiores y de objetos de uso personal que se da en el Rococó. La mayor revolución en el diseño cotidiano de la historia de la Europa cristiana va unida a la gran crisis de la religión, en el "siglo de las luces", cuando el pensamiento europeo se "libera" de la base religiosa. Razonar equivale a preguntarse, a poner en duda, a someter a análisis, a hacer preguntas, y detrás de cada pregunta está siempre la ansiedad de la gran pregunta sin respuesta. La razón, en realidad, no aporta sentido a la vida, la deja desnuda de él, y eso lo entendieron perfectamente los aristócratas Rococó que ante esa "nada", se abocaron a lo fugaz, al hedonismo sofisticado, al esteticismo desmesurado.

Probablemente la única cosa capaz de combatir eficazmente la ironía es la belleza vacía de sentido, la ornamentación, que no el arte. La ironía no es más que la razón llevada al extremo, la razón desmedida que a cada respuesta a un "por qué" añade otro "por qué" "ad infinitum", hasta que sólo queda la carcajada o la sonrisa amarga. Egipto no conocía la ironía, la Grecia clásica tampoco. Pero Egipto aun no tenía que defenderse de ella, podía entregarse a una belleza vacía porque no buscaba responder a ninguna pregunta. Grecia ya había empezado a hacerse preguntas, pero la habilidad de sus héroes intelectuales le llevó a conseguir una ilusión de satisfacción. En esa ilusión de satisfacción (mucho más inestable que la solución egipcia) la belleza era un elemento fundamental, los hombres perfectos de Policleto ayudaban al griego a sentir que las cosas tenían un sentido a pesar de la fugacidad de su propia vida.

En Egipto también había arte, y en ese arte también había una función, la magnificencia de las pirámides servía para demostrar que sus habitantes, los faraones, eran dioses. La belleza en el arte se pone al servicio de la estabilidad social y de la estabilidad mental del individuo. El arte es necesario para recordar a la gente que el Mundo tiene un orden, para que la gente no caiga en la ironía supina y se entregue al desenfreno nihilista. Los Griegos pensaban, y sabían que morían, por eso estaban mucho más cerca de caer en la desesperación, por eso necesitaban poner toda su belleza al servicio del arte público. Por maravillosa que sea su cerámica resulta evidente que todo su enorme potencial estético se halla al servicio del arte. Egipto era una cultura lo bastante serena como para permitirse invertir muchísima energía en el diseño. En el Rococó pasa justo lo contrario, la aristocracia ve tan evidente la pérdida de su razón de ser que se entrega a la ornamentación privada, se olvida de intentar dotar de sentido al Mundo, desiste.

El tópico dice que la principal diferencia entre arte y diseño es que el segundo tiene una función práctica mientras que el primero no. Pero es exactamente al revés, el arte es necesario, la belleza recubriendo a la idea es vital para el ser humano, nos ayuda a que las ideas nos seduzcan, nos ayuda a creer en las ideas. No existe conocimiento sin creencia, la razón pura es duda sin medida. En el diseño, en cambio, la belleza no tiene utilidad alguna, se puede comer con una cuchara más fea, cuando se hace más bonita se hace por pura estética, o por estética pura. Un cuadro feo no sirve absolutamente para nada, pero un sofá horrible puede ser comodísimo.

Luego, la revolución Industrial y el capitalismo cambian las reglas del juego. El hombre contemporáneo vive abocado a la ironía, pero toda esa insatisfacción se palia con una sobredosis de diseño, de estímulos estéticos vacíos de sentido. Hoy sí se le ha dado una función al diseño. El consumismo es necesario no sólo a nivel económico, es necesario a nivel social. Necesitamos una cantidad de imágenes brutal para poder seguir adelante, aturdidos, con nuestro vacío.

Sólo un arte es posible en nuestro tiempo, el cine, el cine que construye historias coherentes, a partir de cientos, de miles de imágenes consecutivas. Qué medio tan fascinante, tan nuestro.

Cuando el arte conceptual deja de lado la estética comete un error terrible, pierde su sentido, su capacidad de seducción. La mejor manera de transmitir conceptos concretos siempre será un ensayo. Con su preocupación por dotar a esos conceptos de un soporte estético, el arte se convierte en algo mucho más seductor, mucho más sugerente y mucho más importante para el hombre. Duchamp entiende todo esto, cuando se dedica a lo puramente conceptual no está haciendo arte, no pretende hacerlo, pretende lo contrario. Es un teórico y un humorista, se mueve siempre en un equilibrio entre la ironía y la nostalgia de una lucidez abrumadora. El urinario no está pensado para emocionarnos. El étant donnés es otra historia.

7/4/09

Extimidad.

Murillo. Cuatro figuras.

Extimidad es hoy la nueva palabra de moda, significa hacer pública la propia intimidad a través de un medio de comunicación de masas, ya sea la televisión por medio de los realities, o internet y sus blogs y redes sociales. Vivimos en la ansiedad de tener historias nuestras, propias. Ya no hay macrorrelatos, no somos criaturas de Dios, por muy Españoles que seamos, por muy del Real Madrid que seamos o "rojos" de toda la vida, las historias de naciones y otras instituciones no son la nuestra, ya no, cada vez creemos menos, nos hemos desacostumbrado por falta de mitos auténticos. Necesitamos tener un historia propia, el tiempo se acaba, deprisa, deprisa, seamos alguien. En el fondo, como casi todo en la posmodernidad, es un fenómeno romántico masificado.

Yo soy sin duda un obseso de la extimidad, no hay nada que me apasione más en el arte que la aparición de las historias individuales. Ah, el Escriba Sentado del Louvre, congelado en el tiempo, con su gesto diligente y su espalda y brazo tensos, escuchando las palabras que le están siendo dictadas y a punto, a punto, de empezar a escribir. Un instante de su existencia, el reality más breve, pero congelado durante casi 4500 años, que dan para muchísimas reposiciones. En realidad es algo tan viejo como el hombre, la extimidad no es si no la masificación de algo que busca siempre el arte en los tiempos de crisis, cuando la fe zozobra y los individuos quieren permanecer ellos, no ya sus ideales. Los griegos, que existieron en crisis incluso en su etapa clásica, tenían esa terrible obsesión por la gloria, ya querían ser estrellas, como los concursante de Operación Triunfo.

Brueghel, Caravaggio, Rivera, Murillo, abren sus lienzos a los más humildes y les dan el equivalente a sus 15 minutos de fama. Me pregunto qué impresión causaría en los pordioseros que Caravaggio escogió el verse retratados como santos. Qué pensarían los niños de Murillo de ese personaje, casi tan pobre como ellos, que les pintaba. ¿Les sería indiferente o pelearían por ser el siguiente? Es más ¿por qué coño pintaba Murillo a los niños? Un pintor capaz de obras tan exageradamente sentimentales ¿Por qué de repente tiene esas deslumbrantes imágenes de género, tan cargadas de mágica instantaneidad?

Claro que en esto de la extimidad hay algo más: el "do it yourself", que cada uno sea el propio artífice de la imagen ilusoria de uno mismo. En esto sí que la gente se está convirtiendo en artistas en masa, o al menos en artesanos de la construcción pública de su propia imagen. Si Tracey Emin es una artista por enseñarnos su cama, ¿no somos artistas también todos los integrantes de la red facebook? ¿No estamos todos construyendo, al igual que ella, autorretratos
conceptuales? ¿Qué quedará de todo esto dentro de un millón de años? ¿Si el facebook sobrevive, o este blog, cual será entonces su aura? ¿Qué impresión causará en los hombres del futuro, o en aquellos seres que vean lo que dejamos? Ante nuestra compulsiva obsesión por dejar huella, esta democratización del autorretrato, ¿se les hinchará el pecho de magia y ternura frente a tamaño esfuerzo de toda una sociedad global por dejar un testimonio de sí, individuo a individuo? ¿O mirarán con desprecio los restos de un mundo decadente en el que la cantidad de los testimonios desplazó a la calidad?

Es triste pensar que lo más probable es que todo acabará desapareciendo bastante rápido. Como casi todo lo que crea nuestro mundo, que es perecedero, deshechable. Esta falta de voluntad trascendental es preocupante, ya sólo queremos ser célebres en vida, en un mundo que sólo tiene memoria inmediata queremos llegar a más individuos, pero no permanecer. No me extraña que el síndrome de Korsakoff sea una enfermedad tan recurrida en el cine de las últimas décadas, la sociedad la padece, la memoria se desprecia, la Historia moderna no es ya memoria, está en constante revisión, hasta el pasado es variable, queremos destruir todas las historias. La importancia de la memoria no es su veracidad, es su presencia, su ilusión de realidad. Memoria y arte van relacionadas desde un principio y si el arte está en crisis en algún sentido es en el de la degradación de la memoria. Por eso se desprecia la forma, porque la forma sirve en primer lugar para que las cosas estén bien hechas y duren, pero además la forma envejece siempre menos que el concepto, en la forma está la permanencia, sólo ella no engaña.

Y todavía intento no escribir tanto sobre mí en este blog, pero si es que es inevitable, soy hijo de mi tiempo, mi angustia es la angustia de la conciencia de que todo es instantáneo. La vida como una pompa de jabón, tan frágil, tan preciosa. De ahí nuestra ansiedad por exhibirnos, porque sólo somos en los otros, desde el momento en que construimos nuestra personalidad como una otredad al reconocer nuestra figura en el espejo. El retrato más maravilloso de Occidente, Las Meninas, eterniza la experiencia del espejo y no el cuerpo, eterniza lo que somos por encima de todo, alguien que es porque se ve como otro, somos en los otros. Con la fama, al ser en tantos otros, ganamos una pequeña ilusión de ser reales. De ahí la cultura del espectáculo, de ahí el miedo que está detrás de cada blog, de cada página del facebook, del escriba sentado y de las mismas pirámides. El miedo a lo que somos sin nuestras miradas: lo real, lo siniestro, la nada.

Detrás del facebook hay una terrible democratización del pánico existencial. Si pudiésemos rasgar la superficie virtual de la página veríamos grandes cataratas de miedo. Como en la película Matrix, en la que todo es una ilusión y tras la sólida y colorista apariencia de la realidad sólo hay código binario. Como en el zen, si rasgásemos la cortina de la ilusión de nuestra presencia veríamos el mundo en binario, el vacío supuestamente liberador. Algo que me encanta de los cuadros es que estén pintados sobre tela, de Velázquez sorprendía en sus tiempos que sus imprimacones y capas de pintura eran tan finas que se hacía evidente en ellas la raigambre del lienzo. Una vez más, ahí está todo, esa sensación de que la maravillosa ilusión del arte es en realidad un telón, un telón a punto de rasgarse o de abrirse. Me fascina del Velázquez maduro sus recursos para hacer evidente que todo es una ilusión.

Al final es ser o no ser, pero nuestra amplitud de miras es mucho más corta, ya no dudamos de la existencia más allá de esta vida, si no de la existencia en esta vida, por eso en vez de una calavera, lo que tocamos con nuestros dedos es un teclado.

Dedico esta entrada a Julius, el gran autor del blog Ego que me encanta, ejemplo de extimidad de la mejor calidad. Gracias a ti y a la otra participante (anónima) de la éxtima experiencia que he tenido estos últimos días. Al final, lo que más me gusta de todo (y todo es mucho) es la gente, nosotros y nuestras pequeñas historias, como la vuestra, absolutamente preciosa en su extimidad y su intimidad.

Plata y oro.
El Tejón.

El escriba sentado del Louvre.

Joven haciendo pompas de jabón. Chardin.

Joven haciendo pompas de jabón. Manet.

Amantes en una burbuja que se quiebra. Detalle del Jardín de las Delicias. El Bosco.

Acueducto de Segovia.

Mi cama. Tracey Emin.


Friend Face, parodia de Facebook de la serie IT Crowd.

30/3/09

El día de la desgracia.


Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.


Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.

- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?

Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.

- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.

Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:

- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.

El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:

- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.

- Algún día, joven cazador, algún día.

Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.

A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.

Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:

- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.

Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.

- Parte ahora.

Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.

En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.

Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.

Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.

- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.

Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.

¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.

Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.

Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.

Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!


31/12/08

El sueño de la razón produce monstruos es un grabado.

Ha llegado a mis manos recientemente un libro llamado Arte y Terror, una recopilación de textos de Ángel González en torno al concepto de terror. Su concepción del "terror" está muy cercana a lo que yo llamaba "el horror" en una entrada anterior. Lo que no cabe duda es que es algo propio de nuestro mundo, el mundo contemporáneo. Cada vez tengo más claro que vivimos en una época que en algunos aspectos es única y extraordinaria. En el plano material, el hombre nunca había gozado del poder suficiente para poner en peligro su propia supervivencia como especie a medio plazo. En el plano ideológico, el laicismo limita mucho nuestra capacidad para enfrentarnos al problema del mal, hay también aspectos positivos, pero hablemos hoy del horror.

El relativismo posmoderno no deja lugar a la exclusión, aquello que el hombre hace es una obra pura del hombre, no existe la desviación fundamental. El mal no es obra del Demonio que se alejó del camino del Señor, ni es obra del bárbaro que se opone a la Civilización. La solución final nazi, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el agente naranja en Viet Nam, las purgas estalinistas, el horror de la Servia de Milosevic, las revanchas raciales entre tutsis y hutus, la locura polpotista, las purgas de Suharto en Indonesia y un largo etcétera… Desde un punto de vista amplio, su causa es la misma que fragua las historias de amor y la Venus de Milo, son obra humana.

Pero el horror no es simplemente el mal asimilado como algo puramente humano (con "puramente" me refiero a que no mancilla una pureza positiva real, como la idea de bien platónica, o la naturaleza edénica judeocristiana). El horror es el problema del mal en una dimensión más amplia. Se le une algo propio y fundamental del mundo contemporáneo, algo que nos hace abrir los ojos al hecho de que muchas de las cosas que pensábamos que eran inrísecas al hombre, no lo son. Algo que nos deja llenos de preguntas e invadidos de sensaciones siniestras. El horror alcanza su verdadera condición cuando se encuentra con los fenómenos de la sistematización y la masificación.

El mundo industrial tiene en la sistematización su mayor ataque a la concepción tradicional de la persona. Si todos llevamos las mismas zapatillas ¿que es lo que nos hace únicos, individuos, diferentes? En un mundo sin alma y uniformado ¿qué es el ser humano? No es una criatura de Dios, no es un individuo romántico, no tiene la posibilidad ser un héroe épico, la condición humana se empobrece, encoje. Y cuando lo que se sistematiza es la muerte, entonces surge el horror. Algo a lo que la mente humana simplemente no está dispuesta a enfrentarse. La conclusión lógica al horror es el relativismo, la posmodernidad, pero la posmodernidad es una teoría fracasada, no ha repercutido realmente en la sociedad, el arte posmoderno permanece elitista y aislado, el cine, auténtico arte vivo de nuestro tiempo, es un arte posromántico o tardo romántico. La mente humana no puede vivir acorde con el relativismo, no podemos admitir que no somos nada, no podemos admitir que presionando un botón se puede tirar una bomba que mate a millones de personas. Porque matando a millones de personas ya no se mata a personas, se mata a un número y la muerte, aquello que más tememos, se hace asimilable porque se convierte en una nihilidad absoluta, y al ocurrir esto, la vida pierde todo valor. Y solo queda vivir sin rumbo, confundidos, guiados por destellos emocionales tardo románticos que en el mejor de los casos toman la forma de buenas películas y, más comúnmente, aparecen como deslumbrantes anuncios publicitarios. Dentro de 200 años tengo serias dudas de que alguien se acuerde de Pipilotti Risk o de Damien Hirst, pero me juego el cuello a que se darán clases de historia del arte (si aun se hace eso tan raro de dar clase) sobre publicidad del siglo XX.

Sistematización, producción en cadena. El sueño de la razón produce monstruos no es un dibujo ni un lienzo, es un grabado. Si pudiese inyectar mi sangre en la impresora, imprimiría esto con ella: El sueño de la razón produce monstruos es un grabado. El horror es fruto de la sistematización, de la producción en cadena, desde el principio, desde Adam Smith. Pero hizo falta primero la guillotina y definitivamente los campos de exterminio para darse cuenta. El horror de la cultura del miedo, la deshumanización, la alienación, la amenaza constante de dejar de ser lo poco que somos, la degradación de la naturaleza humana.

Hablemos de arte. En este caso como en tantos otros, lo que es intuido en el romanticismo y realismo decimonónicos toma su forma definitiva en ese extrañísimo fenómeno llamado cubismo. El cubismo rechaza el color y rechaza la ilusión (espacial), Picasso y Braque querían ser como pintores de paredes, como pintores que pintan en serie. Introdujeron letras de imprenta en el lienzo, letras estandarizadas, y papeles impresos, industriales. Muere la mano, el individuo. Lo curioso es que todo esto en ambos artistas no es más que un periodo intermedio de su producción, un gozne en que esta profunda destrucción da paso a una liberación de las convenciones que abre nuevos caminos creativos tremendamente libres en individuales (sobre todo en el caso de Picasso). Pero, como suele ocurrir, el mundo no tomó la lección que los autores pretendían (de hecho, lo último que pretendían era dar lecciones), el mundo tomó la lección que necesitaba, y así nacieron las vanguardias. Cada vez tiendo más a considerar que el cubismo no es una vanguardia; no tiene un manifiesto, no responde a una teoría precisa y concreta, no quiere generar un nuevo orden definitivo, es transitorio. Las vanguardias, una tras otra, intentan ser definitivas: el arte del mundo nuevo, el arte posterior al artesano, al individuo, al hombre. Marinetti amenazaba con destruir Venecia como represalia contra aquellos que rechazaban su apología del mundo industrial; el futurismo. Más significativo imposible: porque Marinetti fue un fascista, porque a nivel artístico cada vez tengo más claro que el futurismo es un "bluf", porque Venecia es la ciudad artesanal por antonomasia, porque es la ciudad que llevó a Ruskin a pensar (de forma bastante absurda) que un mundo que hubiese creado algo tan original, tan maravilloso, tan artístico de una manera poliforme y no masiva, tenía por fuerza que ser fruto de una sociedad justa y feliz (la utopía en el medioevo, que maravillosa incongruencia romántica).

La obsesión con crear un "nuevo orden" es común al nazismo y a las vanguardias. No sólo un nuevo mundo, un nuevo orden, con manifiestos basados en puntos precisos. Los nuevos mitos no son historias ejemplares, son listas, leyes, instrucciones, constituciones, recetas. Esto lleva a la destrucción del arte, si un motor es el paradigma de la belleza, también lo es un meadero. Chillida decía que Picasso no había dejado nada por hacer a los artistas contemporáneos, eso es verdad en el caso de aquellos que aun han querido ser artistas, con el resto acabó Duchamp, el gran Duchamp, al que odio por habernos abierto tanto los ojos, por haberse reído tanto. Cuadrados negros, o de colores, collage, flirtear cada vez más con el diseño, con lo masivo, Warhol. El mundo en serie, las habitaciones de hotel esconden detrás de su confort uniformado la soledad de eliminar nuestra esencia. ¿Hay algo más solitario que una habitación de hotel? Hoy todo está en el cine, a Sophia Coppola, como a Duchamp, la odio por ser elocuente y brillantemente contemporánea, sin mis estúpidas reticencias en el fondo conservadoras. Su película Lost in translation sucede en un hotel y su título lo dice todo: "lo que se pierde en la traducción". En el mundo global, los hoteles crean microclimas, siempre iguales. Todos los hoteles son iguales, su repetición es incongruente en un mundo que de natural no es lineal y seriado, si no cíclico y orgánicamente diverso. La estandarización de las habitaciones, de los jabones, de los albornoces, las camas, los váteres, de todo aquello que debería ser personal y único, es un reflejo de lo que ya no somos. Y al salir al exterior miramos a aquellos que nos rodean y nuestra incapacidad para entendernos nos enfrenta con el hecho de que no entendemos quien somos. El sueño de la razón produce monstruos es un grabado.



El asesinato y la tortura siempre han existido, el horror surge cuando se le suma la masificación. Un campo de concentración es un hotel donde se tortura y se mata. La falta de sentido que en lo cotidiano a veces se atisba cuando acecha lo siniestro, en el campo de concentración se hace patente. El campo de concentración es la realidad manifiesta de nuestro mundo, donde lo que en nuestra rutina es ironía se convierte en broma soez y evidente. Deshumanización, pánico. Pienso en la muchacha de Vermeer que leyendo su nota abre tímidamente su intimidad a la intriga, y en la mujer de Hopper que lee su carta en un hotel. El cuadro de Hopper lleva precisamente por título Habitación de hotel. Entre ambas imágenes se abre el abismo que existe entre el germen de una época y su decadencia.

Vermeer plasma el descubrimiento del individualismo, que guarda en sí la raíz del mundo burgués, laico, un mundo donde el hombre iba a ser más libre (y en muchos sentidos aun lo es): la intimidad, lo pequeño es ahora el centro de atención. Es una estética que tiene su origen en el cristianismo, pero que ya no supone una metáfora mítica, ahora es la anécdota lo que llena. La chica en su casa, en su terruño, con su mensaje sólo suyo, y la luz llenando la estancia. La comunión entre luz e individuo, tan inocente, pacífica, virgen, clara.



Las mujeres de Hopper siempre son la misma mujer, su mujer, Jo. La misma mujer y, al tiempo, ninguna, seres anónimos, perdidos, halcones nocturnos. El tesoro íntimo de la jovencita de Vermeer se ha desvanecido. La casa única, el hogar personal rodeado de objetos artesanales, exclusivos, da paso a la habitación del hotel, seriada, desangelada, sin ángeles, ni Dios, ni alma. Qué diferente sensación producen ambas pinturas, qué diferente su dramatismo, su intriga, el secreto de esas notas, un secreto eterno cuya respuesta queda suspendida en el tiempo.



Y hay un paso más: la mujer en la bañera de Lichtenstein, de la estandarización del espacio a la estandarización del ser humano. Es ya el horror de pleno, la persona es número, "cuarenta millones de muertos". La mujer en la bañera sonríe inerte, no le quedan secretos, se entrega a la higiene, obsesión del siglo pasado y del presente. Limpiemos nuestros cuerpos, que no se ajen, que no envejezcan, es lo único que nos queda. El sueño de la razón produce monstruos es un grabado.





* * *




Habitaciones de hotel.



Montaña de zapatos del museo de Auswitch.

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Hoy iba por la calle atestada de gente y escuchaba Five Years de Bowie y se me han saltado las lágrimas. Mañana es Noche Vieja, como todos los años cenaré solo. A pesar del tono del texto no se puede decir que esté triste, ayer di un concierto increíble (y eso que me desconectaron el micro y no se me oía NADA, jjj), por fin me rearranco a escribir, las lágrimas que hoy han saltado tenían algo de melancolía, pero ser totalmente feliz es estúpido y absurdo... Luego en casa mi compañero y yo nos hemos puesto a discutir sobre izquierdismos, complejo tema. Nunca nos pondremos de acuerdo, cuestión de principios. Para él lo positivo está en el gregarismo, en el codo con codo, en la fraternidad humilde, llana y serena. Para mí la sociedad justa es la que nos permita a todos ser individuos, únicos y preciosos, relacionándonos como iguales exclusivos, respetándonos como tales, todos artistas y artesanos de nuestras propias vidas...
Mi propósito para el año nuevo es escribir una nueva novela, pero eso llevará tiempo, de momento el día 1 escribiré sobre esto (gracias Pau):



Y ahora me callo al fin, que esta vez sí que me he pasado mucho de rosca (tenía ganas). Dudo mucho que NADIE en la tierra se lea esto. Así que si has llegado hasta aquí deja un comentario, aunque sea un punto, para dejar fe. Me dará buen rollo.

Saludos y feliz año, que toda la fuerza incomprensible de la gente que a pesar de comprender aun guarda esperanza, guíe vuestros pasos.
El Tejón.