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4/12/13

Sobre la locura

Pensé el otro día una respuesta a por qué me resulta tan significativo y erróneo que la gente tienda a decir "subconcsciente" cuando habla del inconsciente. Es una cuestión topológica: el inconsciente no está debajo de nada.

Lovecraft imaginó que la raza que dominaría el mundo después del ser humano sería una raza de enjambres de insectos en los que cada enjambre sería un individuo. Una vez más, el enajenado Lovecraft tiene una intuición muy sugerente. Creo que la imagen del sujeto como enjambre se parece un poco a nuestro espíritu: la forma del enjambre es el yo, los bichos son el inconsciente. Son la forma y la materia; no está uno debajo de otro.

Cuando enloquecemos, nuestro enjambre pierde forma, nuestros bichos se escapan. Siempre se están escapando, no podemos evitarlo, pero en ocasiones se escapan tantos que el enjambre se disipa. En esta dirección la locura es perdición, muerte espiritual.

Pero la locura tiene otra vertiente, u otra cara. Locura también es la capacidad de ver más allá de la forma, de ver los bichos, los propios bichos o los bichos del otro. Por eso la imagen de un telón que se descorre, de una verdad que se revela, aparece tan comunmente en la locura. Por eso la locura tiene una parte de genuina lucidez. El problema es que es una lucidez abrasadora que tiende a deshacer nuestro enjambre.

Tal vez el mayor esfuerzo de la cordura no sea tanto mantener la forma del enjambre, si no el negarse a ver los insectos que lo componen. En realidad el importante componente de locura que revolotea en todo momento en cada enjambre humano es basante evidente, somos nosotros los que insistemos en fijarnos sólo en la forma, para no perdernos, pero no enloquecer.

Creo que vivimos en una sociedad preocupantemente cuerda. Cada día hay más psicóticos diagnosticados, los etiquetados como esquizofrénicos, pero creo que eso es así porque vivimos en un mundo incapaz de lidiar con nuestra realidad de enjambres. Sin una religión que nos respuestas y con un cientifismo anquilosado que intenta suplantar al pensamiento religioso, cualquier asomo a nuestra deformidad espiritual nos resulta insoportable. Somos incapaces de probar la más mínima dosis de lucidez lunática sin desvanecernos en el proceso. 

Se habla mucho del relativismo postmoderno, yo mismo he estado años obsesionado con él, pero ahora creo que estaba muy equivocado. No somos relativistas en absoluto, no somos ambiguos y no somos críticos. Nada ha venido a suplantar al cientifismo decimonónico. Somos cuadriculados, no tenemos respuestas para la excepción ni para la diferencia, aun peor, no sabemos admitir nuestra ignorancia, dejar un espacio al misterio, a la ausencia de respuestas. La postmodernidad, salvo algunos pensadores aislados, que por cierto hoy están todos muertos, ha centrado sus esfuerzos en racionalizar, sistematizar y academizar todo aquello que había conseguido escapar al primer embate academicista del XIX. Foucault es un pensador muy pero que muy nocivo.

Necesitamos que todo sea forma, no podemos soportar nuestra condición de enjambre.

4/7/13

Sobre dos comentarios de Karla.

Karla: Desire doesn't hide deep, it doesn't hide at all. 

Señor Tejón: Siempre pienso que es un error nada inocente el tender a concebir el inconsciente como algo que esta "debajo" topológicamente. Incluso existe esa especie de lapsus masivo del que participa mucha gente culta que es llamarlo "subconsciente" (no es coincidencia que de forma análoga al Surrealismo se le llama "Subrealismo"). No es algo que tenga desarrollado del todo, pero creo que el inconsciente es, en realidad, lo evidente, lo que sobresale en una persona, y la red de neurosis en la que vivimos, que tejemos para ocultar lo reprimido, nos sitúa debajo y no encima de lo inconsciente. En análisis uno no descubre aquello que estaba escondido, descubre aquello que siempre ha sido evidente pero que nos negábamos a ver. Esto se experiencia también en nuestras relaciones personales: cuando conocemos a alguien, de primeras, muy a menudo sus complejos y taras nos resultan evidentes, pero los obviamos y los acabamos olvidando según vamos entablando una relación verbal más profunda. Tiene que pasar mucho tiempo hasta que la intimidad nos hace bajar la guardia y podemos redescubrir a las personas en su evidencia. A menudo en esos momentos íntimos en los que atisbamos los traumas de un ser querido, de alguna forma le volvemos a ver como la primera vez, volvemos a la primera impresión, cuando aun no nos habíamos sumergido en la ilusión de su neurosis (bendita ilusión, que nos mantiene cuerdos). Por eso es fundamental no intimar con el analista, para que no nos cubramos frente a él de palabras, y lleguemos a su diván cada día como si le conociésemos por primera vez. 

______________________________

Karla: Don't take life so seriously, it's not like you're going to get out alive! ;) 

Señor Tejón: La miga que tiene esa frase es interminable... Por ejemplo, me recuerda a la relación de los occidentales con la medicina, que es lamentable. Cada día me gusta menos y es precisamente por esto, porque está basada en el objetivo ilusorio de intentar no morir nunca. Hemos elevado el no querer morir y el que la gente no muera al máximo exponente moral. Pero eso nos hace cobardes, sumisos, muy poco libres. Tenemos que espabilar y que el deseo de vivir bien supere al deseo de vivir a secas... Tomarnos la vida más a broma y la buena vida, la vida ética y moral, más en serio.

28/5/12

From Hell

Jack el destripador fue el primer hombre demonio. Los hombres-demonio del pasado no dejaban de ser hombres metamorfoseados o disfrazados. Hoy, perdidos de la mano de Dios y perdidos en ciudades inmensas, anónimas, donde estamos solos casi constantemente, más solos cuanta más gente nos rodea, no podemos ser ángeles, pero sí podemos ser demonios.

Me da pánico la carta del destripador, la ausencia de límites, el monstruo...



Desde el infierno
Sr. Lusk
Soñor
Le mando la mitad el riñó que cogí de una mujer lo guardé para usted lotro trozo freí y comí estaba muy vueno. Tal vez le mande el cuchill sangriento que lo sacó si tan sólo espiera un poc más.
firmado
cójame cuando pueda Senor Lusk. 





 
Palabras deformadas, se me enroscan en algún lugar, adentro... Tenemos que intentar en serio, cada día, ser mejores personas. Por nosotros mismos. Por mantener a raya al monstruo.

1/5/12

Contra las revelaciones.


he soñado con una pirámide. como en el hotel California, en la pirámide, se podía entrar pero no salir. una vez dentro, todo el mundo deseaba subir al cénit, para hacerlo debían pasar una serie de pruebas misteriosas, pesadillescas. todos querían subir porque en los niveles más bajos de la pirámide se pasaba muy mal, había un ambiente mezcla de miseria moral y amenaza de castigo físico. subir era complejo, prácticamente imposible, y cada nivel ascendido era igual al anterior. la gente de mi alrededor no había salido nunca de los niveles más bajos y no hacían más que añorar esas zonas cercanas a la punta. todo me parecía absurdo, yo sabía que más arriba todos los niveles eran iguales, que no merecía la pena subir. aquello que nos amenazaba desde abajo, el diablo, el macho cabrío antropomorfo, era el mismo ser que regía la Torre. el reto, entonces, no era seguir subiendo, si no enfrentarse a su mirada. yo lo intentaba, en una imagen como una viñeta de cómic: los dos sentados frente a frente, sentados en la postura del loto sobre plataformas circulares que surgían de las aguas. su rostro era demasiado aterrador, pero en el duelo llegaba a ver por un resquicio de mi pánico el misterio en toda su plenitud: ese monstruo que tira de nosotros desde arriba, que nos empuja desde abajo, no existe; precisamente es lo único que no existe, es algo así como la muerte, a la que no nos podemos enfrentar desde nuestra existencia precisamente porque es opuesta a ella. y esa nada con careta de cabra es lo que nos lleva a construir la pirámide, con todos sus pisos, con todos sus recovecos; la fortaleza donde nos protegemos y nos encerramos a nosotros mismos; y los unos a los otros. 

El sueño me recuerda a esa historia que tanto me gusta sobre la Academia de Atenas, cuando estando Platón de viaje, los disidentes de las enseñanzas del maestro (entre los que se encontraba Aristóteles), empezaron a debatir la autenticidad del mito cósmico del Timeo. Decían que el escrito de Platón no era más que una superchería, que nada tenía que ver con la verdad física; que era falso. Los partidarios del Maestro se defendían argumentando que la explicación que el Timeo proponía era un mito, y como tal era cierto de una manera metafórica. A su vuelta, Platón resolvió el entuerto de la siguiente forma: ni unos ni otros estaban en lo cierto: el Timeo era efectivamente un mito, pero no por ello dejaba de ser verdadero de una manera absoluta, tan absoluta como cualquier cuestión comprobada físicamente. Yo de esta historia saco la moraleja de que en realidad todo conocimiento, toda estructura, por muy científica y contrastada que esté, no es más que una construcción humana: toda idea está hecha de lenguaje, y el lenguaje es humano. El lenguaje son las piedras con las que levantamos la pirámide, y no sólo es cierto; es lo único que puede ser cierto, pero sólo mientras nosotros le dotemos de veracidad con nuestra fe en él.

Este sueño que he tenido de la pirámide lo interpreto yo como un rechazo a la gnosis. La gnosis es ese conocimiento mistérico y sagrado, que algunos sistemas religiosos toman como principio fundamental. La gnosis es esa revelación, que sólo es transmitida a los iniciados en una doctrina y gracias a la cual uno consigue elevarse a una suerte de nivel espiritual superior. La gnosis es una mentira nociva: no hay secreto en las palabras más allá de su significado evidente y de su condición de herramienta de relación entre los hombres. Sí hay misterio: fuera de nuestro pequeño círculo humano de palabras, símbolos, afectos y percepciones sensoriales, todo lo es. Pero su condición misteriosa, no puede ser profanada por ningún conocimiento secreto, por ningún lenguaje. La creencia en lo arcano nos esclaviza. Por dura que sea la realidad humana: perecedera, endeble, maleable; enfrentarnos a su verdadera naturaleza es lo único que nos hace más fuertes y más libres. La verdad es evidente, somos nosotros los que la hacemos compleja por el temor a enfrentarnos a sus muros de piedra. 

Vivimos en una época atragantada de gnosticismo. Los científicos cuánticos nos aturden con sus demostraciones de imposibilidades que pretenden revelar los más grandes misterios del cosmos. Millones de conspiranoicos se intercambian revelaciones terribles sobre planes secretos que los poderosos traman contra la masa (algo estúpido en una sociedad que se define precisamente por la falta de vergüenza de los explotadores a la hora de esconder sus intenciones). Pedantes posmodernos posestructuralistas nos aturden con incomprensible palabrería (como la de este texto, por otro lado), asegurando que para desentrañar los complejísimos misterios sociales y humanos que abordan, es necesario estar iniciado en su jerga neo-académica. Críticos e historiadores del arte desprecian la función decorativa más evidente de las obras, e insisten en que su verdadero valor reside en las interpretaciones iconográficas, históricas o sociológicas que ellos amablemente y por un módico precio están dispuestos a mostrarnos a aquellas mentes simples que no vemos más allá de lo “bonito”. Todos estos, y muchos otros, se empeñan en ser los poseedores de un secreto, de una clave, que sólo compartirán con los iniciados en su causa…

Tal vez los más peligrosos de los sacerdotes gnósticos actuales sean aquellos que guardan los “misterios de los mercados”. Sólo ellos conocen los secretos que rigen las fluctuaciones de la bolsa: son los augures que con sus presagios dan legitimidad cósmica (o “científica”, que viene a ser lo mismo) al orden social establecido. 

Toda esta basura mistérica sólo nos hace más cobardes, nos aturde y nos esclaviza. No hay que entrar en el juego de querer subir niveles de la pirámide, la sabiduría es algo extrañamente orgánico que no entiende de jerarquías ni de academias. El mundo es mucho menos misterioso de lo que insistimos en creer, y no debemos olvidar evidencias como el hecho de que si hay suficiente riqueza para asegurar una vida digna para todos, no hay misterio arcano que justifique el hecho de que tantos estén condenados a la miseria. No se puede vivir sin cierta fe en las palabras y en las estructuras que arman la sociedad y que nos permiten relacionarnos y vivir, pero esas mismas estructuras son maleables, podemos cambiarlas con esfuerzo y trabajo. Es mucho más fácil pensar que existe un secreto que da sentido a toda esta incoherencia, pero no es así, toda esta incoherencia en la que vivimos, nuestro mundo, es tan estúpido y mezquino como parece, y en nosotros recae el trabajo de enderezar nuestras vidas y nuestro entorno, para que sean un poco más claros y justos.

Mi sueño de la pirámide no esconde una analogía arcana sobre el camino ascensional al que el conocimiento nos dirige. Más bien manifiesta mi pánico a reconocer que los muros de la prisión son una ilusión, que este orden social que se desmorona a mi alrededor es sólo una convención que debemos cambiar, pero dentro de la cual estamos aun demasiado encerrados para atrevernos a revelarnos contra sus falsos misterios. Mi sueño me está recordando el pánico que me produce la libertad a la que estoy condenado. Libertad que deberíamos ejercer, primero de todo, para matar al dinero, ese mito mistérico que ha crecido como un cáncer, y que hoy tenemos la obligación de desterrar, igual que Nietzsche en su momento mató a Dios señalando la terrible verdad de su no existencia.

La serie (muy gnóstica) Expediente X rezaba el sugerente lema: “la verdad está ahí fuera”. La verdad no sólo está ahí fuera, está delante de nuestras propias narices, esperando a que nosotros nos atrevamos a enfrentarla. Pero Nietzsche acabó loco, y a mi generación nos aterra la mirada del chivo.

Feliz primero de Mayo; brindo por el ansia de derribar todos esos misterios que pretenden justificar lo absurdo, lo estúpido y lo injusto.

 

11/4/12

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos pasa?


es muy difícil ser uno de nosotros, cargados de torpezas y de heridas en cada una de las palabras y de las imágenes hechas fantasmas en nuestras cabezas


todos los días nos arrastramos, con tanta miseria que despierta ternura, y, al mismo tiempo, de todos los animales, esos seres más simpáticos que nosotros, somos los únicos que caminamos de pie…


la mayor parte del tiempo, nuestros corazones parpadean llenos de sed de venganza, venganza contra todo por habernos hecho pecadores


venganza: sobre todo contra nosotros; nos castigamos haciendo cosas que no queremos hacer, a veces, demasiado a menudo, obligando a los demás a hacer cosas que no desean… extraña matemática de la humillación en la que nunca acaban de salir las cuentas…


destruimos, ignoramos, escupimos sobre la sencillez. Adoramos la rigidez, la pureza, la frialdad y la ausencia de mancha de la muerte como única salvación. Salvación vacía, como el espectro que vive en un billete.


Y sin embargo, a veces…




It's up in the morning and on the downs
Little white clouds like gambolling lambs
And I am breathless over you
And the red-breasted robin beats his wings
His throat it trembles when he sings
For he is helpless before you
The happy hooded bluebells bow
And bend their heads all a-down
Heavied by the early morning dew
At the whispering stream, at the bubbling brook
The fishes leap up to take a look
For they are breathless over you
Still your hands
And still your heart
For still your face comes shining through
And all the morning glows anew
Still your mind
Still your soul
For still, the fare of love is true
And I am breathless without you
The wind circles among the trees
And it bangs about the new-made leaves
For it is breathless without you
The fox chases the rabbit round
The rabbit hides beneath the ground
For he is defenceless without you
The sky of daytime dies away
And all the earthly things they stop to play
For we are all breathless without you
I listen to my juddering bones
The blood in my veins and the wind in my lungs
And I am breathless without you
Still your hands
And still your heart
For still your face comes shining through
And all the morning glows anew
Still your soul
Still your mind
Still, the fire of love is true
And I am breathless without you


2/2/12

La educación artística son manualidades.

Os dejo un enlace a google docs con un texto largo. ¡Bien! ¡Aun más aburrido que mis posts habituales!

Espero que lo soportéis...

Cita del texto: Si algo han aprendido al fin los poderosos es que el silencio es peligroso. Mientras no paremos de hablar, no podremos tomarnos el tiempo de reposo que se necesita para tener perspectiva y elaborar un discurso crítico. La libertad de expresión queda así controlada por medio de su exceso.

Plata y oro.

13/10/11

La vista de Villa Medici.

Lacan dice en algún sitio que no vemos realmente en tres dimensiones, es el tacto, el abrazo, lo que nos permite percibir realmente la tridimensionalidad. Por supuesto que nuestra vista tiene cierta habilidad para interpretar la profundidad y las distancias, pero es una habilidad limitada y torpe, fácilmente engañable, como así lo demuestran los juguetes ópticos, el cine o la pintura ilusionística, entre otras cosas.

El espacio se nos escapa, como el tiempo. Andamos demasiado obsesionados con el tiempo, yo el primero, y nos olvidamos de ese gran enigma que es también el espacio. La tentación de explotar el recurso de la perspectiva en la pintura es demasiado fuerte: qué maravilla poder recrear el espacio donde no lo hay. Es más, en las pinturas a menudo el espacio está mucho más definido que en nuestra percepción habitual de objetos tridimensionales. S. XV italiano: culto al espacio bien delimitado, asimilable por el ojo hasta límites irreales, perturbadores incluso; la Ciudad Ideal de Urbino tan perfecta como inhabitada: invivible.




En el Norte de Europa, mientras tanto, también aprendían a dominar la recreación de espacios delimitados, pero, además, se atrevieron con otra dimensión de la espacialidad: la inmensidad. La aparición del género del paisaje está asociada a un descubrimiento técnico que ayuda a recrear la sensación de profundidad sin necesidad de elementos físicos que organicen la perspectiva: ya en el Bosco encontramos este recurso, que poco después perfeccionaría Patinir, consistente en aplicar tres tonalidades que primen en diferentes franjas del cuadro.[1]

El placer de admirar la inmensidad es uno de los primeros y principales encantos del paisaje, tanto en el arte como en su contemplación “al natural”. Un placer muy asociado a la modernidad, presente en uno de los textos inaugurales de este tiempo como es la Subida al Mount Vendoux, de Petrarca. En él, el poeta nos cuenta como, recién llegado a la cima, mientras observa el magnífico espectáculo que se ofrece a sus ojos, decide leer un pasaje al azar de las Confesiones de San Agustín y se maravilla al dar precisamente con éste:

Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos

Eso de olvidarse de mirarse a uno mismo creo que es el requisito por antonomasia de cualquier sentir estético y, como bien explica Petrarca, la amplitud de los paisajes resulta particularmente propicia para despertar este sentimiento.


[1] Normalmente se utiliza el verde oscuro para el primer plano, el verde claro para un segundo nivel que abarcaría la mayor parte del paisaje, y finalmente el azul, que corresponde a la tierra más cercana al horizonte y al cielo. Según avance la técnica estas tres franjas pasarán a ser una gradación más suave que consigue una mejor perspectiva aérea.




Durante los siglos XV, XVI y XVII es difícil encontrar un paisaje que no explote este recurso de la inmensidad. Ruisdael en el Norte y de Lorena o Jan Both en el Sur, lo llevan hasta sus más altas cotas técnicas y estéticas. Pero es difícil encontrar ejemplos que rompan la norma. Hace poco descubrí a Goffredo Wals, una excepción sorprendente, y siempre he estado obsesionado por ese paisaje “pre-contemporáneo” de Altdorfer, del primer cuarto del XVI, en el que la perspectiva no se abre apenas a la inmensidad a causa del sorprendente punto de vista contrapicado.[1]



[1] En un principio iba a calificar este cuadro de “pre-romántico” o “pre-pintoresco”, pero es que la extraña composición de Altdorfer va realmente más allá. En el siglo XVII encontramos paisajes con puntos de vista similares, pero con contrapicados menos acusados que no eluden tanto la espacialidad y que se dirigen a motivos mucho más espectaculares que los de esta obra, como saltos de agua en días de tormenta o viejos molinos de agua con grandes ruedas. El puente roto que no va a ningún sitio y el edificio mediocre del cuadro de Altdorfer, dan una impresión total de “parte de atrás”, de resto, como esa idea de “no espacio” que tantas obras contemporánea inspira. Ese aspecto tan poco llamativo le da un aire casual que me resulta muy enigmático y que lo emparienta con el cuadro de Velázquez que trato a continuación. Hay que tener en cuenta, además, que se trata de uno de los primeros paisajes sin figuras humanas de la pintura occidental.


Paseando por la exposición que el Prado dedica al paisaje clasicista de artistas afincados en Roma, contemplaba una inmensidad tras otra, cuando me topé de bruces con la vista de Villa Medici de Velázquez que se conoce como Fachada del Grotto-Loggia. El Prado no es un museo que resalte por sus paisajes (aunque tenga algunos estupendos), ver de nuevo el cuadro (una de mis pinturas preferidas) rodeado de otros del mismo género, me hizo darme cuenta de una de las razones que lo hacen extraordinario: no hay amplitud espacial. La perspectiva es entorpecida por una fachada en ruinas y un tupido grupo de cipreses que tapan por completo el cielo. El propio motivo arquitectónico que se representa, la serliana, es un elemento plano, pensado para un único punto de vista, el frontal. Velázquez pinta un paisaje “antiespacial”. ¿Por qué? Es difícil de saber, pero me permito imaginarlo un poco…

La vista de Villa Medici es, ante todo, una vista, un recuerdo. El tema de reproducir a través de un cuadro la mirada de un sujeto es fundamental en Velázquez; inmortalizar su mirada (en estas vistas) o la mirada de otro (de Felipe IV en Las Meninas). Si el paisaje había tenido otro encanto a parte del de plasmar la inmensidad, ese era el de plasmar la mirada personal, la anécdota. En los cuadros de Patinir y del Bosco, que aun no se atreven a independizarse del tema religioso principal, ya se aprovecha esa amplitud espacial lograda para meter pequeños personajes, muchos de ellos anónimos, ajenos a la historia religiosa o histórica que da tema al cuadro, pero reales, verdaderamente vistos por el autor. No hay más que pensar en Brueghel y sus cazadores en la nieve para entender hasta que punto están relacionados paisaje y anécdota, inmensidad y costumbrismo.

Pero en la vista de Velázquez no hay inmensidad, sólo una superficie tupida que se abre con elegancia entre los cipreses en la esquina superior izquierda como para recordarnos que no es común que aquello esté tan “cerrado”. Es como si Velázquez respondiese a San Agustín y a Petrarca: “los hombres fueron a contemplar las cumbres de las montañas y la órbita de las estrellas y se olvidaron de sí mismos, sí, pero después volvieron los ojos a lo más sencillo, a una mañana de verano en un ansiado viaje a Italia que le llega a uno joven, aunque no tan joven ya, a un paseo y a la vista por casualidad de unos personajes que hablan entre ellos en un idioma diferente pero comprensible, los de abajo andan midiendo el muro con una vara, el de arriba les grita algo, y allí, frente a esa puerta ruinosa, Velázquez también se olvida de sí mismo y los hombres se olvidan de sí, al ver su cuadro”. Un cuadro muy coherente para un pintor de cuadros de bodega. Tal vez más un bodegón que un paisaje, aunque, sobre todo, una vista, un instante, una mirada pasajera.




Podemos perdernos en los más inmensos paisajes o en una caja de cerillas, pero necesitamos perdernos de vez en cuando. Felipe IV estaba tristísimo cuando se pintaron las Meninas, pero seguro que mirándolas daba un breve descanso a su melancolía. Y eso que las Meninas es una representación de él mismo, de su propia mirada. Pero algo tienes el arte y la virtualidad, algo tiene la belleza, que, en su trance, nuestra mirada ya no es nuestra mirada, si no un puro mirar irreflexivo que nos libera. Aunque su fascinación pueda ser peligrosa el arte sirve para algo, el arte estético. Si despojamos al arte de su función primordial corremos el riesgo de que esa misma función la cumpla la publicidad, que es una forma degradada de lo mismo.

Frente a las obras: miro, escucho y leo, con la esperanza de redescubrir no lo que percibo, sino el hecho de percibir. Redescubrirlo de una forma que esconde sosiego y angustia, perdición y sabiduría. No nos damos cuenta pero hoy, nos hace falta más eso.




17/9/11

Wish you were here.


Dicen que si uno se hunde en el agua y contiene la respiración todo lo que puede para sobrevivir, siente una sensación de liberación cuando al fin cede y aspira, dejando que sus pulmones se encharquen. Me cuesta entender cómo se sabe esto, supongo que algunos de aquellos cuyos pulmones acaban llenos de agua son rescatados justo antes del momento fatal y narran su experiencia una vez recuperados… Cuento esto porque me da la impresión de que el paso a la locura debe parecerse en cierta medida a esa experiencia: todo el día andamos sumergidos en el lenguaje, luchando por sostener esa frágil entidad que es la lógica, manteniendo la fe en el sentido, oponiéndonos a la imaginación. Es duro estar cuerdo, nadie lo está del todo. Es difícil no abandonarse a las alucinaciones, a la libertad de dejar ver a los ojos lo que se les antoje ver y no lo que deben ver; como vivir en un sueño.

El terreno de la locura tiene sabor de lucidez, aunque no podamos ejercer control alguno sobre lo que ocurre en esos parajes donde acechan los monstruos y los ángeles, nuestra única posibilidad de prescindir del límite, de su tosca ineptitud, es allá. Todos necesitamos volvernos un poco locos ocasionalmente, aunque sea de forma “semi-domesticada”; por eso nos embriagamos o nos sumergimos en la experiencia estética.

Pero la locura también es sufrimiento y necedad. Porque si el iluminado tiene un pie entre dos mundos, el loco se ha ido del todo y allí donde está, está solo. Ningún conocimiento, ninguna sensación, ninguna emoción tiene valor alguno si no se pueden compartir. El loco ha cambiado el papel secundario que todos jugamos en la guerra del mundo de los sujetos; por ser al fin protagonista, pero protagonista en una celda vacía, donde a penas él mismo está presente. Al final, en su encierro, la relación se ha invertido; y la lucidez ya no es la locura, si no la cordura. El loco, en momentos puntuales, como por destellos, entiende la áspera realidad: que la alucinación le ha consumido, y que sólo puede darle cierta coherencia moldeándola con la torpe herramienta que son los miedos más profundos, los dolores que conforman el código primario de nuestro ser.

Sin debilidades no seríamos nada, no seríamos nadie, no amaríamos. A nadie se le añora tanto como al loco, porque aun está ahí y al tiempo no está. La locura: en realidad, aunque la temamos, todos la comprendemos; como cualquier emoción o acto humanos. Porque, como enseñan Joyce y Borges, todos somos lo mismo; sólo estamos en puntos diferentes.

Wish you were here de Pink Floyd está dedicada a Syd Barrett, que tuvo que dejar la banda a causa de una crisis psicótica de la que nunca despertó.

PINK FLOYD - Wish you were here (1975 Spanish Edition Lp) (hq sound) by FJ2009 from FERNANDO J on Vimeo.




So, so you think you can tell
Heaven from Hell,
blue skies from pain.
Can you tell a green field
from a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?

Did they get you to trade
your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
Did you exchange
a walk on part in the war,
for a lead role in a cage?

How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls
swimming in a fish bowl,
year after year,
running over the same old ground.
What have we found
The same old fears.
Wish you were here.

Así que crees que puedes distinguir
el Paraiso del Infierno,
el cielo azul del dolor.
¿Puedes distinguir una pradera verde
de un frío rail de acero?
¿Una sonrisa de un velo?
¿Crees poder distinguir?

¿Acaso te hicieron canjear
tus héroes por fantasmas?
¿Cenizas calientes por árboles?
¿Aire caliente por brisa fresca?
¿Frío comfort por cambio?
¿Cambiaste
el ser figurante en la guerra,
por un papel protagonista en una jaula?

Como deseo, como deseo que estuvieses aquí. Somos solo dos almas perdidas
nadando en una pecera,
año tras año,
recorriendo el mismo viejo campo,
¿Qué hemos encontrado?
Los mismos viejos miedos.
Ojala estuvieses aquí.

7/9/11

Las historias importan.

Como las identidades, como las ideologías. Hoy las despreciamos, pero importan. Nos dicen que sólo importan los mercados, la economía, las propuestas y medidas tangibles, pero no es así. Las historias importan mucho más, como importan las imágenes, que son sus rivales y sus amantes. Las historias importan y dan dignidad a las personas que las crean, las portan y las viven. Las historias nos convierten en sujetos, son el arma para resistirnos a convertirnos en mercancía, nos liberan de los estereotipos, de los prejuicios, de los nacionalismos. Las historias nos individualizan y nos acercan; las buenas historias, las sabias y verdaderas. Necesitamos historias que no sean panfletos, que sean múltiples y libres, que seduzcan a nuestro hambre de conociemiento, no a nuestros miedos y odios.

El hombre, para conocer, necesita historias. Sin historias no sabemos nada. No existe el ensayo, sólo existe la lúcida intuición de la poesía, y el sólido encanto de la narrativa, y de sus historias.










6/9/11

En defensa de los charlatanes.

Algo que me gusta de Pulp Fiction, y del cine de Tarantino en general, es que elabora una lúcida defensa de los bocazas. Chesterton opina, y yo estoy de acuerdo con él, que es absurdo entender que cuando un hombre calla, es porque tiene mucho que decir. Si alguien tiene algo que decir, lo normal es que esté deseando decirlo, y si no lo hace, a menudo es por razones negativas: porque es tímido, porque es mudo, porque alguien se lo impide, porque prefiere guardarse sus buenas ideas para él en vez de compartirlas con el resto...

Pulp Fiction comienza con dos personajes que se dirigen a perpetrar un asesinato. Los sucesos que les ocurren a ambos a partir de ahí marcarán su destino. Jules, un tipo dicharachero, charlatán, que incluso llega a parodiar a un predicador, aprenderá de sus errores y se encaminará a una vida mejor. Vincent, el típico personaje taciturno que basa su encanto en un altivo uso del silencio, cometerá un error tras otro, hasta ser asesinado de forma humillante en un retrete con su propia arma.

Si Jules elige el camino correcto es gracias a la palabra. Gracias al pasaje de Ezequiel, 25 17. Pasaje que durante años ha malentendido utilizándolo como preludio de sus asesinatos, pero que finalmente cobra coherencia a modo de revelación.

Las palabras están esperándonos para darnos forma, para guiarnos. Es algo muy necio hablar sin sentido, pero para hablar con sentido a veces hay que probar, intentar y equivocarse. Decidirse a hablar es como cualquier otra acción, abre una posibilidad de fracaso, pero para aprender hay que tropezar.

Me gusta la gente que habla mucho, que se expone, que se arriesga. Que habla por el gusto de comunicarse, espontáneamente, siendo ellos mismos, y no de forma medida, intentando construir un personaje estudiado. Me gusta dejarme sorprender por las palabras, por las personas.

Casi todo lo que se, lo he aprendido hablando con los demás o hablando conmigo mismo.



P.D. Me sorprendo escribiendo este post justo después de otro que hablaba de un libro sin palabras. Esto es así por dos motivos: 1) aunque cada vez me gusta más leer, cada vez creo más que hay que "desendiosar" la palabra escrita y apreciar (y cuidar) más la comunicación oral. 2) Hay un momento para hablar, para hablar mucho, y otro para mirar, para mirar mucho. Son dos cosas muy diferentes y que merece la pena mantener diferenciadas, en parte para comprender mejor el misterio de los extraños elementos que unen ambos mundos, como las metáforas o los símbolos; pero de esto ya hablaré más adelante (si es que alguien me lee).