guiado por las apariencias

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4/12/13

Sobre la locura

Pensé el otro día una respuesta a por qué me resulta tan significativo y erróneo que la gente tienda a decir "subconcsciente" cuando habla del inconsciente. Es una cuestión topológica: el inconsciente no está debajo de nada.

Lovecraft imaginó que la raza que dominaría el mundo después del ser humano sería una raza de enjambres de insectos en los que cada enjambre sería un individuo. Una vez más, el enajenado Lovecraft tiene una intuición muy sugerente. Creo que la imagen del sujeto como enjambre se parece un poco a nuestro espíritu: la forma del enjambre es el yo, los bichos son el inconsciente. Son la forma y la materia; no está uno debajo de otro.

Cuando enloquecemos, nuestro enjambre pierde forma, nuestros bichos se escapan. Siempre se están escapando, no podemos evitarlo, pero en ocasiones se escapan tantos que el enjambre se disipa. En esta dirección la locura es perdición, muerte espiritual.

Pero la locura tiene otra vertiente, u otra cara. Locura también es la capacidad de ver más allá de la forma, de ver los bichos, los propios bichos o los bichos del otro. Por eso la imagen de un telón que se descorre, de una verdad que se revela, aparece tan comunmente en la locura. Por eso la locura tiene una parte de genuina lucidez. El problema es que es una lucidez abrasadora que tiende a deshacer nuestro enjambre.

Tal vez el mayor esfuerzo de la cordura no sea tanto mantener la forma del enjambre, si no el negarse a ver los insectos que lo componen. En realidad el importante componente de locura que revolotea en todo momento en cada enjambre humano es basante evidente, somos nosotros los que insistemos en fijarnos sólo en la forma, para no perdernos, pero no enloquecer.

Creo que vivimos en una sociedad preocupantemente cuerda. Cada día hay más psicóticos diagnosticados, los etiquetados como esquizofrénicos, pero creo que eso es así porque vivimos en un mundo incapaz de lidiar con nuestra realidad de enjambres. Sin una religión que nos respuestas y con un cientifismo anquilosado que intenta suplantar al pensamiento religioso, cualquier asomo a nuestra deformidad espiritual nos resulta insoportable. Somos incapaces de probar la más mínima dosis de lucidez lunática sin desvanecernos en el proceso. 

Se habla mucho del relativismo postmoderno, yo mismo he estado años obsesionado con él, pero ahora creo que estaba muy equivocado. No somos relativistas en absoluto, no somos ambiguos y no somos críticos. Nada ha venido a suplantar al cientifismo decimonónico. Somos cuadriculados, no tenemos respuestas para la excepción ni para la diferencia, aun peor, no sabemos admitir nuestra ignorancia, dejar un espacio al misterio, a la ausencia de respuestas. La postmodernidad, salvo algunos pensadores aislados, que por cierto hoy están todos muertos, ha centrado sus esfuerzos en racionalizar, sistematizar y academizar todo aquello que había conseguido escapar al primer embate academicista del XIX. Foucault es un pensador muy pero que muy nocivo.

Necesitamos que todo sea forma, no podemos soportar nuestra condición de enjambre.

21/9/13

Sobre los manuales.

En los últimos 300 años se han escrito muchísimos manuales, muchísimas palabras sobre cómo hacer las cosas... pero al final, aunque te sepas el manual, y a veces sea útil, si quieres vivir bien tienes que pensar cada situación por separado. Es muy cansado, una lucha constante, produce inseguridad y angustia, pero es así. Aunque haya algunos patrones, la vida, la realidad, es terrible y maravillosamente caótica.

 La angustia es el precio que se paga por la libertad. Pero el precio que se paga por no ser libre es mucho más alto. Tal vez esa sea la esencia de la estupidez humana: esa especie de instinto, de obsesión, por encontrar un manual que afortunadamente no existe. 


4/7/13

Vejez

La pasión de la juventud es como los bárbaros. Cuando uno se encuentra estable, se cree ya asentado, le llegan los bárbaros y lo ponen todo patas arriba. Tras la revolución, un nuevo orden, con mucha influencia, eso sí, del antiguo, que al fin y al cabo llevaba allí más tiempo...

Según uno se hace viejo le van quedando menos bárbaros, todos han conquistado ya en alguna ocasión la metrópoli y se han romanizado... Entonces no quedan revoluciones, queda sabiduría, memoria, pero no quedan bárbaros.

Hoy parece que en el mundo ya no hay verdadera diversidad de mundos. Todos comprando y vendiendo, construyendo edificios y usando pantallas o anhelando usarlas. No quedan bárbaros para tirar esta Roma, sólo diferentes familias de romanizados.

El mundo se ha hecho viejo, pero sin haberse hecho sabio... da miedo.

31/7/12

Cómo escribo.

cuando escribo un texto que de verdad me importa primero tiendo a desesperarme, caigo en el vicio de la frustración hasta alcanzar la inspiración por agotamiento

luego vomito unos cuantos fóleos de una vez, me siento eufórico mientras lo hago y sigo en ese estado hasta unas horas después de terminarlos

dos días más tarde, cuando vuelvo a ellos, descubro que son toscos, torpes; están verdaderamente mal escritos

entonces empiezo a corregir, poco a poco, poco a poco. como si tuviese la estructura de una escultura que aun debiese pulir, detalle a detalle

sólo al terminar esto, lo que he hecho tiene un aspecto aceptable.

todo proceso artístico tiene una parte de artesanía, de oficio. tal vez, la mejor parte.

13/7/12

Nuestro tiempo (para ane)



el destino es una fuerza que nos lleva a ser lo que siempre quisimos ser
a que nos pase aquello que deseamos que nos pase.
el destino nos dirige demasiado a menudo a la desgracia

si lo más importante del mundo que nos rodea fuesen templos de piedra
  ahora mismo caminaríamos entre estos edificios enormes con estatuas de ídolos con cabeza de animal
 y a cada paso los oiríamos crujir y pedazos inmensos caerían retumbando a nuestro alrededor, poniendo en peligro nuestras vidas

  el dolor de la desgracia de miles es insoportable
pero en algún momento de mi camino
 yo me liberé del miedo
 y en esta aventura horrible
me siento en mi sitio
y aunque daría mi sangre
  por evitar el sufrimiento de los niños
un reflejo mío en el espejo oscuro
 desea la batalla
  vive tontamente para la aventura.

 algunos de mis héroes pidieron a gritos inseguridad,
cometieron la frívola estupidez de ponerse en peligro por aburrimiento.
   ya no necesitamos eso.
nos aferramos a la mediocridad
pero los que somos jóvenes y fuertes en realidad tenemos suerte
 de que la muerte nos aceche,
de que el mundo se termine,
  de vivir tiempos en los que puede crearse algo nuevo,
de que los cascotes revienten a nuestro alrededor.

ya no necesito imaginar sueños brillantes:
 mis manos llenas de luz creando algo bello,
   ángeles rubios paralizando el tiempo a mi alrededor.
   porque hoy ya es mañana
 al fin ya es mañana
 así que no necesitamos un motivo para destruirlo todo
  ni tenemos por qué ser rebeldes sin causa

podemos coger los palos y las piedras
 y levantar nuestras vidas nuevas con los dientes
hacer nuestros corazones fuertes
y hacerlo por aquellos que vivieron tiempos que creyeron mejores.

toda mi vida mi amor fue invencible
mi corazón débil.
  mis piernas forzadas a caminar por el suelo
 perdidas de mi cabeza, en las nubes.

pero hoy ya es mañana
 hoy tengo sentido
todos los que son como yo tenemos sentido
  y aun así tenemos miedo
estúpido miedo
 asqueroso miedo.

  Ya no más miedo,
no hay necesidad de seguir soñando.
 Abriendo los ojos nos daremos cuenta
de que vivimos en el colapso para el que nos hemos estado preparando
desde que estábamos en nuestras camas por las noches siendo muy niños,
 desde siempre.
Para bien, para mal,
  ya es mañana.
Para los que son como yo,
  ya es mañana.
Y aquellos que nos acusaban de poner escusas ponen escusas hoy,
pero nosotros ya no podemos poner escusas.

Nuestros corazones fueron débiles,
 nuestros amores fuertes.
Ahora nuestros corazones serán fortísimos,
  bombas imparables,
como volcanes enviando la lava que es nuestra sangre hasta el último rincón de nuestro mundo que es nuestro cuerpo,
anunciando el final del mundo que ya se terminó cien veces,
Porque ya es mañana,
 y por suerte o por desgracia
es nuestro tiempo.

1/5/12

Contra las revelaciones.


he soñado con una pirámide. como en el hotel California, en la pirámide, se podía entrar pero no salir. una vez dentro, todo el mundo deseaba subir al cénit, para hacerlo debían pasar una serie de pruebas misteriosas, pesadillescas. todos querían subir porque en los niveles más bajos de la pirámide se pasaba muy mal, había un ambiente mezcla de miseria moral y amenaza de castigo físico. subir era complejo, prácticamente imposible, y cada nivel ascendido era igual al anterior. la gente de mi alrededor no había salido nunca de los niveles más bajos y no hacían más que añorar esas zonas cercanas a la punta. todo me parecía absurdo, yo sabía que más arriba todos los niveles eran iguales, que no merecía la pena subir. aquello que nos amenazaba desde abajo, el diablo, el macho cabrío antropomorfo, era el mismo ser que regía la Torre. el reto, entonces, no era seguir subiendo, si no enfrentarse a su mirada. yo lo intentaba, en una imagen como una viñeta de cómic: los dos sentados frente a frente, sentados en la postura del loto sobre plataformas circulares que surgían de las aguas. su rostro era demasiado aterrador, pero en el duelo llegaba a ver por un resquicio de mi pánico el misterio en toda su plenitud: ese monstruo que tira de nosotros desde arriba, que nos empuja desde abajo, no existe; precisamente es lo único que no existe, es algo así como la muerte, a la que no nos podemos enfrentar desde nuestra existencia precisamente porque es opuesta a ella. y esa nada con careta de cabra es lo que nos lleva a construir la pirámide, con todos sus pisos, con todos sus recovecos; la fortaleza donde nos protegemos y nos encerramos a nosotros mismos; y los unos a los otros. 

El sueño me recuerda a esa historia que tanto me gusta sobre la Academia de Atenas, cuando estando Platón de viaje, los disidentes de las enseñanzas del maestro (entre los que se encontraba Aristóteles), empezaron a debatir la autenticidad del mito cósmico del Timeo. Decían que el escrito de Platón no era más que una superchería, que nada tenía que ver con la verdad física; que era falso. Los partidarios del Maestro se defendían argumentando que la explicación que el Timeo proponía era un mito, y como tal era cierto de una manera metafórica. A su vuelta, Platón resolvió el entuerto de la siguiente forma: ni unos ni otros estaban en lo cierto: el Timeo era efectivamente un mito, pero no por ello dejaba de ser verdadero de una manera absoluta, tan absoluta como cualquier cuestión comprobada físicamente. Yo de esta historia saco la moraleja de que en realidad todo conocimiento, toda estructura, por muy científica y contrastada que esté, no es más que una construcción humana: toda idea está hecha de lenguaje, y el lenguaje es humano. El lenguaje son las piedras con las que levantamos la pirámide, y no sólo es cierto; es lo único que puede ser cierto, pero sólo mientras nosotros le dotemos de veracidad con nuestra fe en él.

Este sueño que he tenido de la pirámide lo interpreto yo como un rechazo a la gnosis. La gnosis es ese conocimiento mistérico y sagrado, que algunos sistemas religiosos toman como principio fundamental. La gnosis es esa revelación, que sólo es transmitida a los iniciados en una doctrina y gracias a la cual uno consigue elevarse a una suerte de nivel espiritual superior. La gnosis es una mentira nociva: no hay secreto en las palabras más allá de su significado evidente y de su condición de herramienta de relación entre los hombres. Sí hay misterio: fuera de nuestro pequeño círculo humano de palabras, símbolos, afectos y percepciones sensoriales, todo lo es. Pero su condición misteriosa, no puede ser profanada por ningún conocimiento secreto, por ningún lenguaje. La creencia en lo arcano nos esclaviza. Por dura que sea la realidad humana: perecedera, endeble, maleable; enfrentarnos a su verdadera naturaleza es lo único que nos hace más fuertes y más libres. La verdad es evidente, somos nosotros los que la hacemos compleja por el temor a enfrentarnos a sus muros de piedra. 

Vivimos en una época atragantada de gnosticismo. Los científicos cuánticos nos aturden con sus demostraciones de imposibilidades que pretenden revelar los más grandes misterios del cosmos. Millones de conspiranoicos se intercambian revelaciones terribles sobre planes secretos que los poderosos traman contra la masa (algo estúpido en una sociedad que se define precisamente por la falta de vergüenza de los explotadores a la hora de esconder sus intenciones). Pedantes posmodernos posestructuralistas nos aturden con incomprensible palabrería (como la de este texto, por otro lado), asegurando que para desentrañar los complejísimos misterios sociales y humanos que abordan, es necesario estar iniciado en su jerga neo-académica. Críticos e historiadores del arte desprecian la función decorativa más evidente de las obras, e insisten en que su verdadero valor reside en las interpretaciones iconográficas, históricas o sociológicas que ellos amablemente y por un módico precio están dispuestos a mostrarnos a aquellas mentes simples que no vemos más allá de lo “bonito”. Todos estos, y muchos otros, se empeñan en ser los poseedores de un secreto, de una clave, que sólo compartirán con los iniciados en su causa…

Tal vez los más peligrosos de los sacerdotes gnósticos actuales sean aquellos que guardan los “misterios de los mercados”. Sólo ellos conocen los secretos que rigen las fluctuaciones de la bolsa: son los augures que con sus presagios dan legitimidad cósmica (o “científica”, que viene a ser lo mismo) al orden social establecido. 

Toda esta basura mistérica sólo nos hace más cobardes, nos aturde y nos esclaviza. No hay que entrar en el juego de querer subir niveles de la pirámide, la sabiduría es algo extrañamente orgánico que no entiende de jerarquías ni de academias. El mundo es mucho menos misterioso de lo que insistimos en creer, y no debemos olvidar evidencias como el hecho de que si hay suficiente riqueza para asegurar una vida digna para todos, no hay misterio arcano que justifique el hecho de que tantos estén condenados a la miseria. No se puede vivir sin cierta fe en las palabras y en las estructuras que arman la sociedad y que nos permiten relacionarnos y vivir, pero esas mismas estructuras son maleables, podemos cambiarlas con esfuerzo y trabajo. Es mucho más fácil pensar que existe un secreto que da sentido a toda esta incoherencia, pero no es así, toda esta incoherencia en la que vivimos, nuestro mundo, es tan estúpido y mezquino como parece, y en nosotros recae el trabajo de enderezar nuestras vidas y nuestro entorno, para que sean un poco más claros y justos.

Mi sueño de la pirámide no esconde una analogía arcana sobre el camino ascensional al que el conocimiento nos dirige. Más bien manifiesta mi pánico a reconocer que los muros de la prisión son una ilusión, que este orden social que se desmorona a mi alrededor es sólo una convención que debemos cambiar, pero dentro de la cual estamos aun demasiado encerrados para atrevernos a revelarnos contra sus falsos misterios. Mi sueño me está recordando el pánico que me produce la libertad a la que estoy condenado. Libertad que deberíamos ejercer, primero de todo, para matar al dinero, ese mito mistérico que ha crecido como un cáncer, y que hoy tenemos la obligación de desterrar, igual que Nietzsche en su momento mató a Dios señalando la terrible verdad de su no existencia.

La serie (muy gnóstica) Expediente X rezaba el sugerente lema: “la verdad está ahí fuera”. La verdad no sólo está ahí fuera, está delante de nuestras propias narices, esperando a que nosotros nos atrevamos a enfrentarla. Pero Nietzsche acabó loco, y a mi generación nos aterra la mirada del chivo.

Feliz primero de Mayo; brindo por el ansia de derribar todos esos misterios que pretenden justificar lo absurdo, lo estúpido y lo injusto.

 

19/3/12

Todo es susceptible de ser bello.

Lo bello es un concepto con matiz negativo; pero negativo en un sentido plástico: como el negativo de una foto, de una sombra, de una silueta o de un recorte.

Todo puede ser bello, pero no todo puede serlo a un tiempo. Sentir la belleza supone realizar una elección. Tomar una porción, de alguna manera despreciar la belleza de todo lo demás. Aquello que es descubierto como bello, es elejido, es especial por haber sido elejido, por poco más. Misteriosa es la capacidad de determinadas cosas de tener mayor propensión a resultarles bellas a más gente...

En esa elección queda todo. Que cosa tan endeble. Como enamorarse, desde que sucede, lo único que puede pasar es que se vaya perdiendo. Convirtiéndose en otras cosas, en ocasiones para nada peores.

Y la memoria, la gran retenedora, podría parecer una enemiga acérrima de algo tan fugaz. Pero no lo es, es su secreta aliada; misteriosa amornía de contrarios.

A veces incluso se confunden la memoria y la belleza, siendo cosas tan distintas. Pero si la intenligencia humana tiene un vicio, ese es el de malentender las cosas más evidentes...

La confusión de la belleza y la memoria se llama melancolía. Una emoción estúpida, pero muy elocuente en lo que respecta a la avería intrínseca de la naturaleza humana.

La estupidez de la melancolía confunde avería con pecado... pero poca culpa tenemos de ser tan miserables. Con lo mal que estamos hechos, bastante es que nos levantemos y sigamos cada mañana.

Incluso, a veces, nos quedan fuerzas para fijarnos de verdad en algo, para descubrir su belleza.

Eso es todo.

2/2/12

La educación artística son manualidades.

Os dejo un enlace a google docs con un texto largo. ¡Bien! ¡Aun más aburrido que mis posts habituales!

Espero que lo soportéis...

Cita del texto: Si algo han aprendido al fin los poderosos es que el silencio es peligroso. Mientras no paremos de hablar, no podremos tomarnos el tiempo de reposo que se necesita para tener perspectiva y elaborar un discurso crítico. La libertad de expresión queda así controlada por medio de su exceso.

Plata y oro.

1/12/11

El futuro ya está aquí.

El futuro ya está aquí. Nos resistimos a verlo, pero no es algo que va a pasar, es algo que está pasando. Ya no vivimos en una democracia representativa. No voy a entrar a valorar las virtudes y defectos del pasado sistema de gobierno, porque pienso que es mucho más necesario centrar nuestros esfuerzos en afrontar el hecho de que el actual sistema de gobierno, llamémoslo mercadocracia (mientras esperamos a que lo bauticen oficialmente) ya no es una democracia representativa.

Todos aquellos que aun votan, que aun confían en los sindicatos, que aun buscan en las antiguas estructuras de moderación del poder de los explotadores una salvación, están equivocados. No es momento de discutir si en el pasado (hace tan sólo unos pocos años), merecía o no la pena seguir los cauces establecidos. Esa es ya una discusión del pasado. Hoy, esas estructuras no tienen poder. Para entender esto, no hay que acudir a los medios de información más alternativos o sospechosos de parcialismo revolucionario, los periódicos mayoritarios lo explican claramente: en Grecia, en Italia; los gobiernos, vaciados de poder, ya no los regentan personajes elegidos por el voto del pueblo. Los regentan mercadócratas (me abstengo de llamarlos tecnócratas), al servicio la cúpula del mundo bursátil, auténtica institución de poder en Europa y Estados Unidos.

Tanto en lo personal como en lo público, el pasado se caracteriza sin excepciones por el hecho de ser algo terminado, perdido, que nunca vuelve, que sólo puede revivirse en el recuerdo. Cuando se confía en los partidos políticos que aceptan esta mascarada (si la aceptan porque aun creen en ella o por interés, tampoco importa) o en los sindicatos tradicionales, cuando se buscan cambios para un estado concreto en un mundo en el que los grandes poderes son internacionales, cuando se piden medidas como reformas de las leyes electorales; se está predicando en el desierto. Se está buscando un futuro, hablando al presente con palabras del pasado. No es algo fortuito, la mente humana tiende a resistirse a los cambios, los poderosos se aprovechan de ello. Tenemos tantas ganas de no ver, que aunque sepamos, negamos lo que tenemos frente a nuestros ojos.

Siguiendo la lógica de lo expuesto anteriormente, me han preocupado profundamente las reacciones ante los resultados de las últimas elecciones generales españolas por parte de mucha gente que supuestamente se opone al devenir político, económico y social en el que se encuentran Europa y Estados Unidos. Puedo entender que, dado que han sido unas elecciones vaciadas de poder, en las que si el resultado no hubiese coincidido con la intenciones de los auténticos dirigentes de seguro España hubiese corrido la misma suerte que Italia y Grecia, la gente haya acudido a votar por el motivo que sea, pero entendiendo lo vano del proceso. Pero me resulta incomprensible que se indignen y se entristezcan al ver el resultado y, sobre todo, que piensen que uno u otro resultado, hubiese cambiado la realidad en la que nos encontramos, en la que los derechos y las libertades sociales se están recortando a un ritmo frenético. Fuera de puntos muy concretos (algunos importantes a nivel ético y moral, como el del respeto y el reconocimiento de la igualdad de derechos de las personas homosexuales), la política bajo un partido u otro va a ser inevitablemente la misma, porque el gobierno de los partidos políticos ha terminado.

A pesar de que soy muy crítico con el sistema democrático representativo, he votado en varias ocasiones. Me considero una persona moderada y reformista. Aunque evidentemente el anterior sistema, por muchísimos motivos, era un sistema injusto y perverso, pensaba que si se podía matizar un poco la realidad de, al menos, el estado donde me ha tocado vivir, no encontraba razones de peso para no intervenir en ella. Pero hoy, si queremos un cambio, ese cambio va a tener que llegar por nuevas vías, vías que en su mayoría aun desconocemos y que tendremos que inventar. Vías revolucionarias, porque ya vivimos en una revolución, una revolución que la izquierda no ha comenzado, pero a cuyo carro debe subirse si no quiere ver como la situación social de la mayoría se sigue deteriorando. Los cambios sociales profundos, de base, más allá de las simples reformas, no son hoy una opción, ni un futuro, ni una utopía. Son una realidad. El Estado del bienestar y la democracia representativa se han terminado, aun están desmantelando sus estructuras, pero ya son algo pasado. Necesitamos inventar un nuevo mundo al que aspirar, ya sea desde las esperanzas exaltadas o desde la prudencia moderada. Porque si no oponemos una ideología nueva, unos nuevos deseos, al mundo que nos están imponiendo, nos lo impondrán sin remisión. Y ese mundo que se está instaurando en nuestras narices, frente a nuestros ojos, es un mundo horrible.

Lo que desde luego es un absoluto ideal, inocente y estúpido, es pretender que el pasado volverá. El pasado, en el que muchos piensan que aun vivimos, es pasado, para siempre.

Revolución significa: “Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales.” Nos encontramos en plena revolución.

P. D. Los primeros ministros actuales de Grecia e Italia son, respectivamente, Lucas Papademos y Mario Monti. El primero pertenece a la Comisión Trilateral, influyente think tank fundado por el banquero David Rockefeller y relacionado con el mundo de las altas finanzas, ha sido presidente del banco de Grecia y vicepresidente del Banco Central Europeo. Mario Monti pertenece así mismo a la Comisión Trilateral, así como al Club Bilderberg (otra institución internacional privada, integrada por personas influyentes del mundo de la economía y la política); ha ejercido de Comisario Europeo de Mercado Interior y es asesor del grupo de inversión Goldman Sachs.

Ninguno de los dos es militante ni está públicamente vinculado a ningún partido político ni profesa ninguna ideología concreta, más allá del apoyo evidente a los principios de la última fase del gran capitalismo.


13/10/11

La vista de Villa Medici.

Lacan dice en algún sitio que no vemos realmente en tres dimensiones, es el tacto, el abrazo, lo que nos permite percibir realmente la tridimensionalidad. Por supuesto que nuestra vista tiene cierta habilidad para interpretar la profundidad y las distancias, pero es una habilidad limitada y torpe, fácilmente engañable, como así lo demuestran los juguetes ópticos, el cine o la pintura ilusionística, entre otras cosas.

El espacio se nos escapa, como el tiempo. Andamos demasiado obsesionados con el tiempo, yo el primero, y nos olvidamos de ese gran enigma que es también el espacio. La tentación de explotar el recurso de la perspectiva en la pintura es demasiado fuerte: qué maravilla poder recrear el espacio donde no lo hay. Es más, en las pinturas a menudo el espacio está mucho más definido que en nuestra percepción habitual de objetos tridimensionales. S. XV italiano: culto al espacio bien delimitado, asimilable por el ojo hasta límites irreales, perturbadores incluso; la Ciudad Ideal de Urbino tan perfecta como inhabitada: invivible.




En el Norte de Europa, mientras tanto, también aprendían a dominar la recreación de espacios delimitados, pero, además, se atrevieron con otra dimensión de la espacialidad: la inmensidad. La aparición del género del paisaje está asociada a un descubrimiento técnico que ayuda a recrear la sensación de profundidad sin necesidad de elementos físicos que organicen la perspectiva: ya en el Bosco encontramos este recurso, que poco después perfeccionaría Patinir, consistente en aplicar tres tonalidades que primen en diferentes franjas del cuadro.[1]

El placer de admirar la inmensidad es uno de los primeros y principales encantos del paisaje, tanto en el arte como en su contemplación “al natural”. Un placer muy asociado a la modernidad, presente en uno de los textos inaugurales de este tiempo como es la Subida al Mount Vendoux, de Petrarca. En él, el poeta nos cuenta como, recién llegado a la cima, mientras observa el magnífico espectáculo que se ofrece a sus ojos, decide leer un pasaje al azar de las Confesiones de San Agustín y se maravilla al dar precisamente con éste:

Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos

Eso de olvidarse de mirarse a uno mismo creo que es el requisito por antonomasia de cualquier sentir estético y, como bien explica Petrarca, la amplitud de los paisajes resulta particularmente propicia para despertar este sentimiento.


[1] Normalmente se utiliza el verde oscuro para el primer plano, el verde claro para un segundo nivel que abarcaría la mayor parte del paisaje, y finalmente el azul, que corresponde a la tierra más cercana al horizonte y al cielo. Según avance la técnica estas tres franjas pasarán a ser una gradación más suave que consigue una mejor perspectiva aérea.




Durante los siglos XV, XVI y XVII es difícil encontrar un paisaje que no explote este recurso de la inmensidad. Ruisdael en el Norte y de Lorena o Jan Both en el Sur, lo llevan hasta sus más altas cotas técnicas y estéticas. Pero es difícil encontrar ejemplos que rompan la norma. Hace poco descubrí a Goffredo Wals, una excepción sorprendente, y siempre he estado obsesionado por ese paisaje “pre-contemporáneo” de Altdorfer, del primer cuarto del XVI, en el que la perspectiva no se abre apenas a la inmensidad a causa del sorprendente punto de vista contrapicado.[1]



[1] En un principio iba a calificar este cuadro de “pre-romántico” o “pre-pintoresco”, pero es que la extraña composición de Altdorfer va realmente más allá. En el siglo XVII encontramos paisajes con puntos de vista similares, pero con contrapicados menos acusados que no eluden tanto la espacialidad y que se dirigen a motivos mucho más espectaculares que los de esta obra, como saltos de agua en días de tormenta o viejos molinos de agua con grandes ruedas. El puente roto que no va a ningún sitio y el edificio mediocre del cuadro de Altdorfer, dan una impresión total de “parte de atrás”, de resto, como esa idea de “no espacio” que tantas obras contemporánea inspira. Ese aspecto tan poco llamativo le da un aire casual que me resulta muy enigmático y que lo emparienta con el cuadro de Velázquez que trato a continuación. Hay que tener en cuenta, además, que se trata de uno de los primeros paisajes sin figuras humanas de la pintura occidental.


Paseando por la exposición que el Prado dedica al paisaje clasicista de artistas afincados en Roma, contemplaba una inmensidad tras otra, cuando me topé de bruces con la vista de Villa Medici de Velázquez que se conoce como Fachada del Grotto-Loggia. El Prado no es un museo que resalte por sus paisajes (aunque tenga algunos estupendos), ver de nuevo el cuadro (una de mis pinturas preferidas) rodeado de otros del mismo género, me hizo darme cuenta de una de las razones que lo hacen extraordinario: no hay amplitud espacial. La perspectiva es entorpecida por una fachada en ruinas y un tupido grupo de cipreses que tapan por completo el cielo. El propio motivo arquitectónico que se representa, la serliana, es un elemento plano, pensado para un único punto de vista, el frontal. Velázquez pinta un paisaje “antiespacial”. ¿Por qué? Es difícil de saber, pero me permito imaginarlo un poco…

La vista de Villa Medici es, ante todo, una vista, un recuerdo. El tema de reproducir a través de un cuadro la mirada de un sujeto es fundamental en Velázquez; inmortalizar su mirada (en estas vistas) o la mirada de otro (de Felipe IV en Las Meninas). Si el paisaje había tenido otro encanto a parte del de plasmar la inmensidad, ese era el de plasmar la mirada personal, la anécdota. En los cuadros de Patinir y del Bosco, que aun no se atreven a independizarse del tema religioso principal, ya se aprovecha esa amplitud espacial lograda para meter pequeños personajes, muchos de ellos anónimos, ajenos a la historia religiosa o histórica que da tema al cuadro, pero reales, verdaderamente vistos por el autor. No hay más que pensar en Brueghel y sus cazadores en la nieve para entender hasta que punto están relacionados paisaje y anécdota, inmensidad y costumbrismo.

Pero en la vista de Velázquez no hay inmensidad, sólo una superficie tupida que se abre con elegancia entre los cipreses en la esquina superior izquierda como para recordarnos que no es común que aquello esté tan “cerrado”. Es como si Velázquez respondiese a San Agustín y a Petrarca: “los hombres fueron a contemplar las cumbres de las montañas y la órbita de las estrellas y se olvidaron de sí mismos, sí, pero después volvieron los ojos a lo más sencillo, a una mañana de verano en un ansiado viaje a Italia que le llega a uno joven, aunque no tan joven ya, a un paseo y a la vista por casualidad de unos personajes que hablan entre ellos en un idioma diferente pero comprensible, los de abajo andan midiendo el muro con una vara, el de arriba les grita algo, y allí, frente a esa puerta ruinosa, Velázquez también se olvida de sí mismo y los hombres se olvidan de sí, al ver su cuadro”. Un cuadro muy coherente para un pintor de cuadros de bodega. Tal vez más un bodegón que un paisaje, aunque, sobre todo, una vista, un instante, una mirada pasajera.




Podemos perdernos en los más inmensos paisajes o en una caja de cerillas, pero necesitamos perdernos de vez en cuando. Felipe IV estaba tristísimo cuando se pintaron las Meninas, pero seguro que mirándolas daba un breve descanso a su melancolía. Y eso que las Meninas es una representación de él mismo, de su propia mirada. Pero algo tienes el arte y la virtualidad, algo tiene la belleza, que, en su trance, nuestra mirada ya no es nuestra mirada, si no un puro mirar irreflexivo que nos libera. Aunque su fascinación pueda ser peligrosa el arte sirve para algo, el arte estético. Si despojamos al arte de su función primordial corremos el riesgo de que esa misma función la cumpla la publicidad, que es una forma degradada de lo mismo.

Frente a las obras: miro, escucho y leo, con la esperanza de redescubrir no lo que percibo, sino el hecho de percibir. Redescubrirlo de una forma que esconde sosiego y angustia, perdición y sabiduría. No nos damos cuenta pero hoy, nos hace falta más eso.




1/9/11

Poco que decir.










Planeo un libro sobre arte con cientos de páginas en blanco y preciosas ilustraciones. Habría sólo escrito los números de los capítulos, sus títulos y algunas frases perdidas como "el artista duda entre el deseo hacia la modelo, el trabajo de crear la obra o la contemplación de ésta; Pigmalión" junto a imágenes de la Suite Vollard. Un libro que pretenda reivindicar el disfrute frente a la excesiva palabrería.

Habría que buscar sólo obras que funcionen bien reproducidas. En cambio no tendría sentido meter a Calder, una lástima, porque se podría poner en la página de al lado, en un lugar perdido, hacia la mitad más bien abajo, una cita sobre este artista de Duchamp: "la sublimación del árbol en el viento".

23/4/10

Qué bien, pasó de nuevo.

Estuvo en aquel primer video de Björk que vi, aquel que tenía algo que yo reconocía aunque no sabía lo que era. Estaba, está o estuvo en el Demian de Hermann Hesse que leí sin parar en vez de estudiar la selectividad y que hoy considero un libro demasiado inocente. Estuvo en tu cara un día que te vi tan guapa que ni desearte pude. Estuvo en algunas montañas y puestas de sol que si se pintaran o se fotografiaran serían horteras. También en una película de Indiana Jones, cuando oí aquello de “que mis ejércitos sean las rocas, los árboles y los pájaros del cielo”. Fiestas drogado hasta rondar mis límites con música rítmica y gente borrosa. Romeo y Julieta, Joyce, la Música nocturna de Madrid, San Carlos de las Cuatro Fuentes y, también, Camela. Tantas veces en las que por fin yo no estuve. A veces, tu pelo.


Cada vez que la experiencia pura no duele, allí está. Más allá de todo prejuicio, más allá de mí, y no se puede explicar ni encerrar porque es lo único libre que tenemos los hombres y lo único que nos da algo de dignidad frente al resto de los animales que nos miran desde su eternidad, incapaces de comprender nuestra angustia.


¿Cómo no voy a ser melancólico si soy adicto a algo que siempre es fugaz y que nunca se acaba?


Hoy, descubriendo a Nach:



"Yo vivo entre millones que se buscam unos a otros; a ver, decidme, ¿a quienes buscáis vosotros?"
.

20/2/10

Pensando tras leer La obra de arte... de Benjamin.

Benjamin piensa que en el cine y la foto el ritual ha muerto. Está muy equivocado, si la magia no se percibe, no se hace evidente en ellos, es, precisamente, por lo vivo que aun está su misterio. Son la pintura, la escultura y la arquitectura las que han perdido su aura, su valor ritual, y sólo existen y reflexionan sobre su propia existencia. La teoría en cine resulta insulsa, pedante, aburrida, innecesaria. En cambio, en las artes plásticas, la teoría ha fagocitado al arte. Dios maldiga a los historiadores y críticos de arte. Dios nos ha maldicho, de hecho, con el peor de los castigos. Nos ha arrebatado aquello que amábamos por medio de nuestras propias manos. Dios maldiga a la Academia Posmoderna.

No entendemos hasta qué punto creemos en el arte, en nuestro arte, en la publicidad, en el cine. No entendemos lo maravillosos que son; no lo entendemos porque no nos lo planteamos porque creemos en ellos a ciegas, sin pensar.

Al mismo tiempo, eso sí, sabemos que existen el montaje, las cámaras, la virtualidad... Sabemos que los actores son actores pero para nosotros también son los personajes. Sabemos que las modelos están retocadas por photoshop, pero al tiempo no lo sabemos. Creemos que son de verdad, más de verdad que nosotros, de hecho. Estas contradicciones, estas desmentidas, siempre se han dado en lo cultural, son la creencia, la magia, la religión. Creer es dar como cierto algo que no puede ser. La duda, la necesidad de certeza, destruyen la creencia. ¿Qué sentido tiene el sincretismo? ¿Por qué Alejandro pudo ser faraón? ¿Cómo era posible que fuese Atón el que movía el sol, si antes era Horus, si ambos son diferentes y sus sacerdotes rivales, pero cuando llega la paz son el mismo? ¿Cómo es posible la Trinidad? ¿Acaso los hombres de la antigüedad, que tantos restos magníficos nos han dejado, eran estúpidos? ¿Acaso no pensaban? ¿Acaso no había razón antes de la Ilustración? ¿Por qué adoraban a pedazos de piedra tallados por la mano humana como si fueran dioses?

Se sabía, se sabía pero se creía. Como en la sala de cine. La creencia no anula la conciencia, le propone una tregua. Esa tregua es fundamental para el arte, para la vida, aunque en su engaño tenga, siempre, parte de maravilla y parte de perversión.

El que no cree juega con el fuego abrasador de una libertad que le hace navegar muy cerca de la locura. Muy pocos se atreven a vivir sin nada por encima. Aunque en la era posmoderna la puerta que hay que atravesar para ser libre esté mucho más abierta, muy pocos se atreven a cruzarla.

No nos damos cuenta de lo bellísimos, mágicos y extraños que son los enormes carteles que cubren nuestros edificios. No nos damos cuenta del tiempo que dedicamos a mirarlos, de lo mucho que se parecen a los templos del foro de Roma, no nos damos cuenta de los orgullosos que estamos de ellos, de cuanto los reverenciamos. Si nos diésemos cuenta, no serían ya sagrados.