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guiado por las apariencias
3/4/14
La fe del homo economicus.
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12/1/14
Seis cosas y poco más
tener tiempo libre, a veces para trabajar, pero para trabajar en lo que uno quiere
tener un mínimo de confort material
no sentirse culpable nunca
cuidar todo lo posible de la gente en general y sobre todo de los amigos
tomarse muy en serio el empeño de ser libre, de hacer lo que uno realmente quiere hacer dentro de las circunstancias
y poco más
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13/7/12
Nuestro tiempo (para ane)
el destino es una fuerza que nos lleva a ser lo que siempre quisimos ser
30/5/12
Por qué me voy.
13/10/11
15 de Octubre.
Nada es gratis. Nada es despreciable. Aquello que tenemos por insignificante, aquello que sacrificamos, es lo que retorna como una fuerza imparable que nos sobrepasa. Europa y Estados Unidos pensaron que las ideas no importaban, que la técnica y el dinero podrían con todo. Hoy mucha gente se rompe la cabeza pensando qué falla, cual es la solución; lo piensan como si fuera un problema de aritmética, tanto los reaccionarios como los progresistas como los revolucionarios. Da lo mismo que reduzcas el déficit, que cambies la ley de partidos, o que acampes en las plazas. Si no recuperamos la voluntad, la capacidad de creer, no podrás conseguir ni la represión, ni la reforma, ni el cambio.
El otro día entendí por qué tengo esa relación de amor odio con la “contra cultura” de finales de los 60’: Por un lado fue el último gran momento de esplendor cultural de Occidente: filosofía, cine, música, literatura… Pero todos aquellos jóvenes no cambiaron nada, porque no quisieron pagar un precio: “if I can’t dance, it’s no my revolution” decían. En una revolución es muy posible que no puedas bailar, que no puedas comer, que mueras… Si no estás dispuesto a sacrificarte por tus ideas, nunca conseguirás honrarlas, vivenciarlas.
Espero que Chispas recupere las ganas de vivir y coma.
Espero que todos recuperemos el coraje y trabajemos por cambiar las cosas.
Hay que dar un paso más, aunque no podamos bailar, aunque nos hallan humillado, aunque nos intimiden, nos sacudan, nos disparen, o nos encierren. Si no, es como si no tuviésemos ganas de vivir.
Ánimo a Chispas y a todos.
A ver qué pasa este Sábado.
23/4/10
Qué bien, pasó de nuevo.
Estuvo en aquel primer video de Björk que vi, aquel que tenía algo que yo reconocía aunque no sabía lo que era. Estaba, está o estuvo en el Demian de Hermann Hesse que leí sin parar en vez de estudiar la selectividad y que hoy considero un libro demasiado inocente. Estuvo en tu cara un día que te vi tan guapa que ni desearte pude. Estuvo en algunas montañas y puestas de sol que si se pintaran o se fotografiaran serían horteras. También en una película de Indiana Jones, cuando oí aquello de “que mis ejércitos sean las rocas, los árboles y los pájaros del cielo”. Fiestas drogado hasta rondar mis límites con música rítmica y gente borrosa. Romeo y Julieta, Joyce,
Cada vez que la experiencia pura no duele, allí está. Más allá de todo prejuicio, más allá de mí, y no se puede explicar ni encerrar porque es lo único libre que tenemos los hombres y lo único que nos da algo de dignidad frente al resto de los animales que nos miran desde su eternidad, incapaces de comprender nuestra angustia.
¿Cómo no voy a ser melancólico si soy adicto a algo que siempre es fugaz y que nunca se acaba?
Hoy, descubriendo a Nach:
"Yo vivo entre millones que se buscam unos a otros; a ver, decidme, ¿a quienes buscáis vosotros?"
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1/2/10
Destino.
En cualquier caso, quien sabe. El otro día en el metro entraron unos músicos en el vagón y tocaron la canción Quizás, quizás, quizás. Al oirla sentí que en su letra estaba escondido el secreto de la vida.
22/12/09
Querida Gatis X
Siento llevar tanto sin escribirte, lo hago en este momento desde un porche, en un hotel en Hawaii. He deambulado un poco por el Pacífico y no ha sido nada fácil acceder a Internet. Al final he tenido muchos problemas con el pasaporte, pero no quería volver. He tenido que acudir a Michael, que me ha conseguido que un amigo me haga un falso contrato de trabajo, aquí en esta isla estadounidense. He vivido un montón estos meses, la visión del océano te cambia profundamente, esa infinitud, ese vacío azul, inmensidad ciega. Uno se siente más pequeñito, no creo que la Ilustración o el Renacimiento hubiesen sido posibles en este entorno. Han sido días apacibles pero también extraños, cargados de una angustia sorda y de un sentimiento cercano a lo místico. Todo empezó en la Isla de Pascua, pasé unas cuantas semanas allá, vi todos los moais y aprendí algunas cosas sobre ellos; su sublime frialdad sobrecoge. Allí, minúsculo, me sentí como un monstruito, como una pequeña alimaña, creo que las personas, con nuestra obsesión por pensar, somos los más grotescos de los animales, caminamos haciendo un ruido absurdo mientras que la realidad calla, dueña de una sabiduría vacía que no podemos comprender. Pensé muy poco esos días, observaba el mar y la roca, el sonido de las olas. Me sentí limpio, lloré sin sentido y sonreí sin sentido, solo. También me invadió la angustia por dejar de entender quien soy, por perderme en ese azul, por sentirme como una bolsita revuelta en su interior a punto de abrirse a la nada circundante, supongo que acercarse a Dios significa morir. Creo que no hay plenitud con personalidad, no se puede ser perfecto y tener nombre, el cielo debe de ser un lugar terroríficamente aburrido. Recordaba una y otra vez, de forma siniestra, una frase del tebeo Akira: “no dejes que la alucinación te consuma”. Cuando alucinamos nos dejamos no ser, cedemos a la locura, pero si lo que vemos no importa, si todo viene y va, ¿para qué estar sujeto a la realidad? ¿qué más da? He estado haciendo funambulismo en el filo de una navaja. La isla se presta a ello, conociéndola un poco se puede uno mantener relativamente al margen de los turistas, he caminado cientos de horas por su hierba y por su roca, bajando a la playa para bañarme desnudo, embriagado de tacto y sonido. A los solemnes muais les he cogido un cariño sencillo y tierno, respetuoso también, como si fuesen una suerte de poderosos padres que me sostuvieron en mi extraño camino.
Por la noche, bebía té y jugaba un par de horas al póker. Lo hacía sin pensar en absoluto, nunca he jugado tan bien. Gané mucho, viví con comodidad; en un bungaló fantástico en un hotel caro. Un lugar elegante, con una comida estupenda, construcciones de madera y servicio discreto y amable. No se puede decir que halla sido exactamente feliz ni desgraciado, he encontrado al tiempo mucha paz y mucha desolación, paz por el vacío, desolación ante el vacío. Me preocupaba especialmente que mi deseo sexual estaba por los suelos, a pesar de pasarme el día viendo a turistas con poca ropa, algunas muy guapas; nada. Creo que esto en concreto me ha venido bien, como una limpia, y ha sido fundamental, un paso en mi vida.
Creo que siempre he tratado de encontrar un sentido épico a mi existencia; en el arte, en la amistad, en la pura experiencia, en todo. Pero al tiempo, he guardado siempre cierto cinismo, cierta sensación de que todo se derrumbaría en algún momento. Creo que sólo una cosa escapó a ese descreimiento; el amor de pareja. De entre todas las cosas que he buscado, ha sido en encontrar a una media naranja en lo que más auténtica fe he depositado, por eso la crisis fue total al perderte, al perdernos, por eso empecé este viaje. ¿Se puede vivir sin esperanza? La esperanza es resistente, tenaz, pero no es lo último. Tras ella queda la melancolía, tras la melancolía, el humor, tras el humor, la angustia, y tras la angustia, tal vez nada, pero esa nada ya no es nada, porque sin nada no hay palabras, ni conceptos ni nada. La paz. Mi amigo Javi me dijo en una ocasión que yo era un tipo muy interesante porque me dedicaba a construir cosas enormes y a destruirlas una vez terminadas, he tardado años en entender lo que eso quería decir.
He estado comiendo realmente poco, todavía estoy muy delgado, más aun que de costumbre. A finales del Otoño (aquí Primavera) pasé además el dengue, una enfermedad que trasmiten algunos mosquitos y que es una especie de gripe fuerte con fiebre alta y dolor en los huesos. El dengue duele duro de verdad, en las muñecas, en las rodillas, se siente como si todo tu cuerpo se quisiese descoyuntar. Sufrí, pero sufrí con una serenidad que de nuevo me asustó. Pasé tanto miedo, tanto miedo cocido en mi propio sudor, sólo, perdido y aterrorizado exclusivamente por una causa; por no tener miedo de morir, por no echar de menos, por estar bien, por ser libre. Pasaron los días febriles sin aburrimiento ninguno, de nuevo completo en la experiencia de escuchar, de tocar, de oler sin juicio alguno el gusto de mi propio sudor.
Luego me recuperé y desde entonces me he ido centrando un poco. La primera persona con la que volví a intimar fue Klauss, un niño alemán que estaba de vacaciones con su padre. Klauss tiene seis años y habla inglés porque su madre es australiana. Se acercó a mí algunos días después de curarme del todo, mientras desayunaba en el comedor del hotel. A pesar de que es sólo un niño, su saludo me intimidó, si hubiese sido un adulto sin duda no hubiese sido capaz de hablar con él, estaba demasiado sumido en mí mismo. Pero Klauss es un muchacho regordete de mirada brillante, los niños pequeños son así de limpios, ya parlantes pero aun no del todo humanos. Debía tener yo un aspecto lamentable, escuálido y con una barba enorme que aun llevo, afortunadamente el padre de Klauss es una suerte de exhippie adinerado y no se asustó demasiado. Klauss y yo nos presentamos y comenzamos a charlar. Me pidió que le contase un cuento y le resumí El retrato de Dorian Gray. Supongo que no es lo más apropiado para un niño pero el caso es que le encantó y a la mañana siguiente, en el desayuno, me pidió otro cuento. Le conté la Isla del Tesoro. Y así fui recuperándome, recuperándome en un sentido literal porque volví a ser yo, volví a tenerme un poco, volví a recordar. Todo ello a través de historias, de historias de otros tan importantes para mí que ya son mías, y ahora un poco de Klauss también. Le conté 1984 mezclado con Un Mundo Feliz, y Alicia en el país de las maravillas, y Frankenstein, y Peter Pan, y Narciso y Goldmundo, y el cuento de los siete hermanos que se convirtieron en cuervos y el de la muchacha sin manos, y el mito de Eros y Psique y el de la caja de Pandora, y la historia de David y Goliat, y la de Sansón y Dalila, y la de Indra aprendiendo el secreto de la Maya de Vishnu. Le conté las aventuras de Ulises en su viaje a casa, y los amores de Romeo y Julieta, y el Drama de Segismundo, encerrado en un torreón por su padre desde su nacimiento. Y el último día le hablé del Tejón, que había cruzado el océano en busca de algo que ni él ni nadie sabe lo qué es, algo que nadie encuentra nunca. Los ojos azules de Klauss imaginaban cada escena, sus oídos acogían cada palabra con fuerza. Lloró un poco el día que nos despedimos. Yo, en cada desayuno que pasé haciendo de cuenta cuentos, fui recuperando el apetito y entre unas peripecias y otras me comía mis buenas tostadas y mis buenas macedonias de frutos tropicales.
Y más o menos así me ha ido, poco después de Klauss me fui yo también de Pascua, visité algunas islas más y acabé en Hawaii, como te dije, donde, de momento, me encuentro agustito, aunque ya estoy tramando un nuevo destino de viaje...
Tengo muchísimas ganas de saber de ti, escribe pronto.
Te mando muchos besos.
El Tejón.
14/12/09
Escribiendo un poquito (para descanasar).
A veces me lleno de ternura
y me pierdo en las texturas de las cosas, en los ruidos suaves, en el tiempo.
Como en la playa, donde un niño levanta piedras y mira la arena debajo aun húmeda, oscura.
Cuento los días de la semana con los dedos de la mano
y confundo las ganas de reír con las de llorar.
Cambio los deseos por anhelos
y la soledad por una melancolía fuerte que saluda desde lejos moviendo los dos brazos.
De repente entiendo cómo calienta la ropa, cómo el agua hierve por las mañanas,
y me escondo en un rincón sin ninguna distancia de todos los recuerdos.
Cuando todo viene, a un tiempo,
nos invade la sensación de presencia,
pero luego se escurre.
Aun amamos.
6/9/09
Dedicado a Gatis, en su cumpleaños.
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Ý de repente se quedó callado unos minutos. Luego volvió la vista hacia nosotros. De repente se mostró cercano, había perdido el aura de iluminado que solía envolverle.
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- Me temo que hoy no voy a poder hablarles del Jardín de las delicias, ni de las anunciaciones de Fra Angelico, ni del Adán y Eva de Baldung Grien, ni de la serpiente humanoide de Rafael. No estoy de humor. Como profesor universitario, como persona en general, siempre he pretendido conjugar lo intelectual con lo emotivo, sin dejar de lado el sentido del humor, fundamental para conservar cierta lucidez. Por esto me esfuerzo en abrirles los ojos cada día, en excitar sus cabezas adormecidas, de una manera que pretende ser lo menos convencional posible. Lo que intento, en mi vida y en mi trabajo, es complejo, estoy lejos de conseguirlo, si quiera a menudo.
Nietzsche se percató hace siglo y medio de que Dios se estaba muriendo. Bueno, lo cierto es que la noticia era impactante, pero tampoco parecía tan grave, al fin y al cabo Dios era en gran medida un coñazo, con sus imposiciones morales y su omnipotencia… Nietzsche proclamó su muerte con alegría, pero es importante recordar que el hombre murió loco. El problema reside en que Dios es sólo la quinta esencia, la personalización suprema, de una práctica muy importante para el ser humano: la creencia. El problema no es dejar de creer en Dios, el problema es dejar de creer. ¿Se puede saber nada sin creer? ¿se puede vivir sin creer?
Cuando creemos estar seguros de algo decimos que lo sabemos “a ciencia cierta”, pero la ciencia no tiene nada de cierta. A un nivel fundamental no hay respuesta satisfactoria a la pregunta por qué. Si yo pregunto “¿por qué cae la manzana?” me es da igual que se me responda “porque Dios la hace caer” que “porque la fuerza de gravedad la hace caer”. Si nos liamos a dudar nos avocamos al vacío, no es algo en absoluto liberador, y no sólo eso, es pura mentira. No podemos vivir en consecuencia con la duda, quedaríamos paralizados, terminaríamos dudando de las palabras y dejaríamos de hablar y de pensar. Si nada es seguro, aquella cosa que brilla en el cielo no es el sol, el concepto “sol” es mera convención, no hay sol, pero es que tampoco hay cosa, ni cielo, ni brillo. La duda paraliza, aunque sea la base de la concepción occidental de la razón, es una eterna insatisfacción, la filosofía es, en gran medida, una forma de dar muchas vueltas para terminar llegando al mismo lugar.
Por eso al individuo occidental contemporáneo, a mí, a nosotros, lo que nos queda es la pura ilusión. Sabemos que no hay sol, pero si no queremos vivir como angustiadas sombras aplastadas por la duda, neuróticos profundos, almas perdidas, tenemos que echarle ilusión, fantasía. Intentar rescatar lo que podamos de ese periodo pasado en el que podíamos creer sin que la duda nos perturbase, la infancia. Avanzar, aunque sea sin sentido, porque precisamente la lucidez es ese estado en el que por un lapso de tiempo no necesitamos darle sentido a las cosas. Ese estado en el que al fin… creemos.
Hoy es el cumpleaños de mi exmujer. Durante casi diez años creí que estaríamos juntos para siempre. Lo creía como creo que el sol es esa cosa brillante suspendida en el cielo. He pasado con ella sus últimos diez cumpleaños, pero este no. La sensación de ausencia es terrible, me atenaza y me hace sentir perdido. Como considero que vivo creyendo, me considero una persona religiosa, como considero que mi religión es absurda, me refiero a mi deidad con la perífrasis “lo que sea”. Pues bien, mi exmujer y yo aun somos amigos íntimos, les puedo asegurar que doy gracias a “lo que sea” todos los días por ello. Hoy tengo otra pareja. Como afortunadamente soy un ferviente devoto de “lo que sea”, vivo convencido de que pasaremos juntos el resto de nuestra vida, así lo sienten mi corazón y mi instinto.
Vivo volcado a encontrar los rastros de “lo que sea”, esas maravillosas epifanías guían mis pasos y pongo toda la fuerza y disciplina que la vida me ha otorgado al servicio de impedir que la duda, la razón, me perturbe en ese empeño. Así trabajo, estudio y vivo. Y no tengo ningún interés en ganar adeptos a mi fe, pero les aconsejaría que probasen por su propio interés. En realidad es el camino que, con mayor o menor conciencia de ello, seguimos la mayoría de nosotros desde el romanticismo. Somos románticos, las conclusiones de los filósofos posmodernos no han conseguido evitar esto, las cabezas humanas no están capacitadas para vivir en un mundo relativista.
Y, bueno, a veces hay crisis de fe, es inevitable. Por eso me despido. Me voy a casa, con mi mujer. De el Paraíso perdido de Milton ya hablaremos la semana que viene. Aunque al fin y al cabo de eso hemos estado hablando.
Les deseo que sean capaces de vivir siguiendo sus corazonadas, de creer, en lo que sea.
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Antes de irse se acercó al ordenador y puso esta canción. Con los años he recordado a menudo esa clase, o lo que fuese aquello.
28/4/09
A veces pasan cosas.
Dedicado a E.M.
Plata y oro, reina, plata y oro.
30/3/09
El día de la desgracia.
Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.
Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.
- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?
Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.
- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.
- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.
Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:
- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.
El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:
- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.
- Algún día, joven cazador, algún día.
Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.
A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:
- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.
Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:
- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.
Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.
- Parte ahora.
Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.
En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.
Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.
Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.
- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.
Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.
¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.
Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.
Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.
Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!
