guiado por las apariencias

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30/3/09

El día de la desgracia.


Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.


Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.

- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?

Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.

- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.

Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:

- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.

El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:

- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.

- Algún día, joven cazador, algún día.

Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.

A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.

Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:

- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.

Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.

- Parte ahora.

Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.

En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.

Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.

Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.

- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.

Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.

¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.

Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.

Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.

Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!


17/1/09

Un par de diálogos sobre el deseo.

Estoy decidiendo en qué proyecto largo me voy a embarcar. Tengo diversas posibilidades, hace poco se me ocurrió uno nuevo, pero tengo que encontrar el que me ilusione lo suficiente para que una cabeza como la mía se concentre en elgo durante un año, ardua tarea.
Mientras tanto, en otra cosa en la que más o menos ya estoy encarrilado es en la disciplina de escritor. Estoy trabajando a diario y eso, aunque no a cuenta de cambiar mi ajetreada dinámica de vida si no a base de dormir 4 ó 5 horas (esta noche cumplo una semana sin llegar ningún día a las 6, bieeeeeeen). Ayer practiqué un poquito el diálogo, que me gusta a mi mucho de hacerlo.Había estado leyendo a Lacan que dice lo siguiente:
"¿Cómo es posible que estos hombres, soportes todos de cierto saber o soportados por éste, tanto unos como otros, se abandones hasta ser presas de la captura de esos espejismos por los que su vida, al desperdiciar la oportunidad, deja escapar su esencia, por los que se juega su pasión, por los que su ser en el mejor de sus casos, no alcanza más que esa pizca de realidad que sólo se afirma por haber sido siempre decpcionada?"
Es muy Chejov, el otro personaje que me obsesiona en este momento de mi vida. Por aquí quiero tirar en lo que escriba, eso sí yo soy muy romántico, pienso que una parte de nosotros, si luchamos, es capaz de rascar algo limpio y sólido de las terribles leyes del deseo. Si es que soy muy Murakami yo, y muy cursi también... Como la mayoría de los que me léeis.
Plata y oro.

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Ella camina deprisa, él la va siguiendo.
- Cena conmigo esta noche.
- No.
- Entonces, cásate conmigo.
- Vamos Matt.
- "Vamos Matt" no es una respuesta.
Ella se detiene y se da la vuelta.
- ¿No puedes comportante como una persona seria aunque sea por una vez en tu vida? ¿No puedes ser elegante sólo por una vez?
- Es exactamente lo que estoy haciendo.
- Eres insoportable.
Ella vuelve a caminar, él la sigue.
- Eso es un juicio, tal vez un hecho. Pero no es una respuesta.
- Siempre igual, siete años son muchos años para aguantar esta mierda.
- Eso es claramente un hecho.
- ¿Sabes lo que voy a hacer?
- ¿Decirme que sí e ir conmigo al juzgado?
- Voy a casarme con un hombre serio, educado, bueno, que me quiere bien y que mide más que yo. Y voy a dejar que me mantenga.
- Bueno… eh… Yo soy casi tan alto como tú.
- Tú y tus malditas bromas. Bromas sobre nuestros problemas, bromas sobre las desgracias, bromas sobre mi familia.
- No creo que sea físicamente posible no hacer bromas sobre tu familia.
Llegan a la puerta, ella abre pero se queda en el quicio, sin entrar.
- Matt, me he cansado.
- Antes te reías.
- Antes estaba enamorada de ti.
- ¿Y ahora?
- Mira, eres un tipo estupendo. Eres inteligente, divertido, genial, el sexo contigo es… ha sido brutal. Pero yo necesito equilibrio. No quiero vivir pensando en cómo pagaré las facturas del mes que viene, quiero poder tener una casa fija, hijos. Quiero estar con alguien al que pueda presentar a mis padres o a mi jefe sin que los asuste.
- Yo sé comportarme. Lo de tu jefe fue un accidente. Se lo merecía, te estaba tirando los tejos.
- Te emborrachaste y le vomitaste en los zapatos.
- Reconoce que te gustó.
- (Suspiro) No sé si quiero seguir siendo el tipo de mujer que considera romántico perder su trabajo porque su novio borracho le ha vomitado encima a su jefe.
- ¿Y quieres ser el tipo de mujer que aguanta los devaneos de su jefe para conseguir un ascenso? ¿Quieres ser el tipo de mujer que le dice que no a un hombre que te está pidiendo que te cases con él sin tener nada que ofrecerte salvo el amor más grande del Mundo?
- "El amor más grande del Mundo". Venga ya. Fuiste tú quien me enseñó que la sabiduría está en el cinismo. Al final aprendí la lección.
- Pues tú me enseñaste que dos personas que se quieren de verdad, siempre pueden seguir juntas si luchan por ello.
- Era demasiado inocente.
- Y yo demasiado estúpido… cuando te dejé ir la primera vez.
- Adiós, Matt.
- Él no te va a hacer feliz.
- Ya no creo en ser feliz, porque ni siquiera tú me hiciste feliz.
- Al menos yo te di la esperanza de poder serlo.
Ella cierra la puerta.

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- Lo siento.
- No, no lo sientes. Se sienten los deslices, las cosas hechas a conciencia no se sienten. Lo hiciste porque querías, sabías lo que pasaría y aun así lo hiciste, durante el tiempo que quisiste y hasta que te hartaste. No lo sientes, sientes que me haya enterado. Sientes que esté cabreado contigo. Sientes el irme a perder. Pero lo que hiciste, no lo sientes.
- Venga, ¿es que nunca has cometido un error terrible? ¿Algo que darías lo que fuese por borrar? Cuando la cagas en la vida no hay nada que hacer porque la vida no perdona, tiene sus consecuencias y hay que joderse. Pero cuando la cagas con un amigo no es así. Porque un amigo te puede perdonar. Mierda, no te pido que lo olvides y que actúes como si no hubiese pasado nada, pero no me digas que ya no somos amigos, dame algo, dame tiempo. Un amigo tiene derecho a redimirse.
- Sí, un amigo tiene derecho a redimirse. Pero es que un amigo no hace lo que tú has hecho. No estoy terminando con nuestra amistad, lo que he hecho es descubrir que nunca existió.
- ¿Sabes? A veces ser demasiado perfecto es un problema. Porque no aceptas los errores ni en ti ni en los demás. Eso es lo que te pasa, Carlos. Lo siento de verdad, haría lo que fuera para compensar parte de lo que te he podido joder, pero tú no admites ni un puto fallo.
- No, lo que me pasa no es eso. Lo que me pasa es que la persona que pensaba que era mi mejor amigo se ha estado follando a la mujer de mi vida.
- Siempre tienes que hacerlo todo tan absoluto. ¿Por qué tiene que ser "la mujer de tu vida"?
- Eso me pregunto yo desde hace tiempo.
- ¿Y qué te crees? ¿Que a mí no me gusta? No eres el único privilegiado capaz de ver que es alguien especial. Pero nadie tiene derecho a tocarla porque es sólo tuya.
- No. Todo el mundo puede hacer lo que quiera con ella, todo el mundo salvo la gente que me quiere y que no le compensa el daño que me va a hacer verla con otro. Y si te resultase tan especial como a mí no te la hubieses follado seis veces para luego pasar de ella. Si te hubieras enamorado… incluso eso sería menos malo.
- A lo mejor me he enamorado y sólo me la he follado cuatro veces porque aunque no pude evitarlo sabía que no podía hacerte eso.
- Ah vaya, no pudiste evitarlo. Supongo que te la encontraste desnuda en el suelo de algún bar, fuiste a saludarla, tropezaste y le metiste el rabo por error…
- Quédate con lo que quieras oír. Pero no me estás escuchando, te he dicho que a lo mejor sí me he enamorado.
Silencio tenso.
- Tú no te enamoras nunca.
- No, yo nunca me he enamorado, pero ya no sé si eso es así.
- Y ha tenido que ser justo ella.
- Joder, eso parece. Dios, lo siento tanto. Pero de verdad, intenta comprender que no eres el único que lo pasa mal. Yo… nunca debería haber empezado. Sólo nos encontramos, nos pusimos a hablar, a veces te encuentras con alguien y… todo es tan fácil que es como mágico. Y según te haces mayor esos momentos de magia se van haciendo tan escasos…
- Ha sido ella porque no la podías tener, porque era la misma persona que me gustaba a mí. Eso no es amor.
- Otra vez la magna autoridad. ¿Quién eres tú para decidir qué es amor y qué no?
- Alguien que sí ha estado enamorado de verdad.
- Pues a lo mejor me he enamorado porque era lo prohibido, o por probar a la persona que llevas dos años poniéndome en un pedestal. A lo mejor sólo he conseguido enamorarme de una forma mezquina y siniestra. A lo mejor mi relación con las mujeres está podrida de raíz y nunca encontraré a nadie con quien ser feliz. A lo mejor sólo siento lo que siento impulsado por el deseo frustrado y todo desaparecería si pudiese tenerla. Pero a día de hoy pienso en ella constantemente, no puedo comer, no puedo dormir, no puedo parar. Tengo ataques de ansiedad y lloro, lloro sin poder controlarme, hasta en la calle. Tengo que esconderme en baños públicos o en cajeros porque me avergüenzo de mí. Y hay tardes que tengo un dolor físico en el pecho tan agudo que siento como si tuviese un trozo de botella rota clavado en el corazón y paso horas casi sin poder respirar porque no puedo concebir la vida sin ella. Y no digo sin follármela; es que no puedo concebir olerle el cuello nunca más. Pero nunca podré hacerlo, porque te lo debo como tu amigo y porque no quiero perderte. Pero al final, mira, que puta mierda, me voy a quedar sin ninguno de los dos.
Juan tiene los ojos húmedos y dos lágrimas le cruzan las mejillas. Carlos se lo piensa un poco y dice:
- Pues parece que sí estás enamorado.
- Pues parece que sí.
Carlos con media sonrisa:
- Bienvenido al Infierno, con el tiempo uno se va acostumbrando, por lo menos se está caliente.
Se miran casi inexpresivos durante dos segundos. Entonces se dan un abrazo.
- Joder, lo siento. Lo siento de verdad.
- Bueno, vamos a beber.
- Sí, bebamos, bebamos hasta olvidar que mañana será otro día.
Se ponen en camino.
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El Tejón.
P.D. Entrada dedicada a Aitor Casero Vicente, el Único, el Glorioso, el Épico, el Magnífico. Guía de multitudes, príncipe de la gran urbe, visionario de nuestro tiempo.
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18/9/08

Ser es querer.


Este fin de semana pasado estaba en el aeropuerto leyendo los artículos de El País que mi padre me imprime a lo largo de la semana (gracias grandullón), cuando di con una columna de Félix de Azúa que lleva por título Inicuo paso primitivo. Yo tengo mis más y mis menos con las columnas de este autor (nunca he leído sus libros), pero ésta en concreto conecta mucho con mis preocupaciones y me ha motivado para escribir un comentario al texto (que tendréis que leeros primero si queréis entender algo).

Partamos de dos frases:

"La máquina de construir mundos posibles se había puesto en movimiento y gracias a ella el mundo obligatorio, aquel al que habíamos sido condenados (lo que más tarde llamarán El Edén) se convertía en un dominio controlado."

"A partir de la primera imagen quedaba dominada la totalidad de los caballos y podía llegar Platón (29.500 años más tarde) para darles la definitiva patada que los elevaría al mundo de las Ideas, allí en donde se puede amar sin dolor."

Azúa aborda el problema de la aparición de la representación plástica humana, pero en gran medida sus conclusiones pueden aplicarse al lenguaje y a todo el universo conceptual que el hombre acarrea. Pensar, pintar, hablar, escribir, imaginar… aquello que nos hace humanos a un nivel más íntimo, nos separa al tiempo del Edén, que nos rodea con su salvaje inocencia y a la vez se encuentra a una distancia insalvable. Pienso a menudo que la razón humana es un error, que fue útil para aprender a blandir palos, incluso afilarlos y convertirlos en lanzas, pero que, en algún momento, como un cáncer, esa capacidad práctica se desarrolló de forma descontrolada y degeneró en nuestra insaciable ansiedad dominadora y nuestra congénita sensación de desarraigo.

El Zen, el Génesis, Lacaan y sus órdenes, Platón, Cervantes y muchos otros se han planteado estos problemas. A mi me obsesionan también, especialmente en sus implicaciones a la hora de relacionarnos entre nosotros, individuos desarraigados. Si vivir ideas, arquetipos, nos impide a nosotros mismos vivir lo que realmente tenemos delante, nos impide también amar lo que verdaderamente tenemos delante. Amamos ideas, ideas que tenemos de otras personas. Ser amigo de alguien, tener un vínculo familiar o enamorarse, es, en gran medida, un acto de representación, un acto artístico. Amamos aquello que inventamos que una persona es a partir de lo que percibimos, amamos convirtiendo aquello que percibimos en una invención. Te quiero como pinto tu retrato, me quiero como pinto mi retrato, peligro terrible, melancolía, Dorian Gray.

Por suerte, las personas no son sólo ideas. Los otros tienen su propio universo conceptual y actúan. Tienen su propio cuerpo que se mueve, se acerca, se aleja y, eventualmente, muere. Por eso sólo en el Mundo de las Ideas se puede amar sin dolor. Sólo en el Mundo de las Ideas o en el mundo añorado por Cristo en el que el amor es global y absoluto, y, no distinguiendo, no está condenado al sufrimiento que implica la individualización y el deseo. El amor humano amedrenta, supone un peligro, el peligro de no poder controlar nuestras ideas, el amor lleva implícita la frustración y sólo con paciencia y sacrificio puede mantenerse. Hay que aprender a decir "vale", a cerrar los ojos y tirarse montaña arriba, montaña abajo.

Si amar es un proceso creativo; la cultura, el ocio, la riqueza personal, son fundamentales para ello; también el talento innato. Con ello no me refiero a la alta cultura, la cultura popular y tradicional puede ser igual o más rica que aquella. El Mundo de hoy sufre una desculturalización terrible, la aniquilación de la cultura popular y de la cultura religiosa y su sustitución por la escalofriante "cultura basura" que baja sus estándares de calidad año tras año, deja a la gente indefensa, mata su imaginación, mata su capacidad de amar a los demás y de amarse a sí mismo, de inventar e inventarse como personas y de pensar como individuos. En el éxito del modelo social chino, masivo hasta el extremo y despersonalizado; el terrorífico éxito de la Revolución Cultural ha sido sin duda crucial. En la Europa del XIX ya se intentó arrebatar a las clases populares su cultura. No debemos ser ilusos y considerar nuestro tiempo el mejor de todos los tiempos (el peor tampoco); los obreros se revelaron mucho antes que los campesinos en gran medida porque su vida era más terrible: sin un sistema de creencias seductor, sin unidad familiar, sin tiempo libre, tratados como simples números. Hoy las personas que tejen nuestra ropa son de nuevo seres condenados a vivir sin cultura, seres condenados a vivir sin Mundo de las Ideas y sin amor. Cada vez más, se intenta degradar la cultura no sólo de los parias, si no también de las clases medias. Repitiendo los esquemas sociales del Occidente decimonónico, nos dirigimos de nuevo hacia un Mundo en el que las potencias políticas y la macroeconomía juegan su juego sin la más mínima consideración con el individuo. Un Mundo así se avoca al terror y a la guerra, pues la guerra es la máxima expresión de la destrucción de la cultura, el amor y la persona.

Aunque el arte, la literatura, la religión, el diseño, etcétera, hallan estado casi siempre supeditados al poder explotador, su existencia es un dique que evita el terror.

Amémonos los unos a los otros, es una forma de impedir que nos roben lo que somos.

El Mundo de la Ideas puede ser un terreno frío y altivo pero cuando lo plasmamos sobre el otro se templa con el caos de la incertidumbre, se tiñe de rojo con el peligro del dolor de la ausencia y nos aporta el único atisbo de comunión entre carne y alma que podemos sentir aquellos que no somos ni santos ni iluminados.


* * *


Una vez vi una chica guapa en la biblioteca. A menudo las chicas tan guapas me dan pereza, es tan difícil que estén a la altura de las expectativas que crean… es tan desilusionante cuando no lo están… En vez de hablar con ella le escribí una poesía:


¿Por qué amamos aquello que seduce?

¿Por qué creemos que lo bello guarda magia?

El Universo en los ojos de una niña,

tan real como el sol por la mañana:

Sólo es humo, es un ángel sin su lira

Es mentira, es la muerte sin guadaña.


Todo lo dicho tiene unas implicaciones especialmente interesantes en la relación que se establece con los personajes que uno mismo crea. Pigmalión. Pero es un asunto que requiere otro texto.

A ver si empiezo mi novela y me rallo de forma más fructífera. (Ya estoy maquinando y también se avecina una revista literaria).

Besos. Ok. Vale.




1/8/08

Reencuentro.


Nota previa: One more time cuelgo una movida a la que le faltan mil vueltas de repaso (aunque le he dao unas cuantas). El problema es que para cambiar errores profundos hace falta que pase tiempo y paso de esperar. El texto me mola, la verdad. Cuando alcance su forma definitiva puede estar bastanta curioso. No olvidéis pinchar en las frases en otro color para disfrutar de la experiencia interactiva que me he currado. Y no puedo cerrar esta nota sin agradecer al Pastor y al Sergiejus su ayuda en el precario proceso de corrección que lleva el escrito. Y en concreto a Nihil: tranqui que aunque ya he cambiado varias cosas según tus apreciaciones, cambiaré muchas más en el futuro. Otras no, claro, pero, como siempre, tus críticas son una extraordinaria muestra de la calidad de tu amistad y de tu intelecto.

P.D. Blogspot es una mierda, no me dejaba meter un texto tan largo y ahora no sé como se quita el subrayado, he tenido que postear en Los Tarados, pinchad en la palabras gabachas para acceder al cuento. Si la letra se ve muy peque, ya sabéis que apretando Ctrl y moviendo la rueda del ratón se puede ver más grande.

Pues ala, ahora sí, Bon Voyage.