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3/4/14

La fe del homo economicus.



La mayoría de las gentes de todas las partes y de todos los tiempos viven intentando disfrutar de vez en cuando de un olor, de un sabor, de bailar, de tocarse. Sólo el puritanismo impone una vida sin días de fiesta, una vida donde los días de penitencia son todos y donde incluso el descanso está medido y regido por la regla. El descendiente ideológico de ese puritanismo, el capitalismo, mantiene esa obsesión por hacer de todo una cuenta, una orden. En él incluso el descanso está cuantificado. Nos estamos forzando a ser fanáticos, tan fanáticos que creemos que esta forma de vivir es inevitable, innegable, insustituible. Somos tan religiosos que nos creemos laicos, porque hemos olvidado que hay alternativas a la fe.

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1/5/13

Gelos.

Si el dinero fuese un dios, y en muchos sentidos los es, sería un dios de la risa. Al menos ese sería su atributo primigenio. Gelos elevado al rango de deidad suprema.

Igual que la risa, el dinero es imbatible por el saber. Destruye toda certeza, porque sabe que nada tiene en realidad sentido, que todo sentido es una ilusión.

El dinero, igual que la risa no entiende de moral  ni de ideología, de odio ni de amor. Implica una distancia de toda humanidad que es en parte admirable y en parte terrible.

Como la risa, arrasa.

Como la risa, seduce.

Como la risa, excluye a todo aquel que no le siga el juego, le deja en ridículo.

Como la risa, es inmoral y disfruta de la desgracia ajena. Pero también es amoral, porque en él toda desgracia es relativa; intrascendente como cualquier otra cosa.

¿Cómo nos libramos de la potestad de Gelos? ¿Quien será el nuevo Nietzsche que escriba El Antigelos? ¿Cómo destruiremos a la ironía, que es el principio de toda destrucción, de toda crítica? Es como combatir el fuego con gasolina...


16/12/11

Una bobada que estaba pensando...

La palabra es por principio antipoética, lo poético es el mirar, el oir, el oler o el gustar. Pero la fantasía y la palabra son atipoéticas. Por eso la metamorfosis que opera la poesía es tan fascinante, porque convierte la paja en oro, la palabra en poesía. Poco tiene que ver este proceso con aquello que se está contando en el poema, y si tiene que ver es de manera en que lo contado cambia de lugar de tal modo que podría ser cualquier otra cosa. Por eso es traicionera la poesía también, porque puede llevar a la creencia de que las palabras que la forman son verdaderas. Es todo muy extraño, una suerte de gran trampa para incautos porque, en realidad, lo que hace la poesía es liberar a las palabras de su necesidad de ser ciertas o falsas.

De alguna forma la poesía es un descanso, un soplo de libertad, un asomarse por el tragaluz de la caberna, un terapeútico acceso de locura.

La única lucided es la lucided del loco, abrasadora. Los psicóticos y los físicos cuánticos son en realidad poetas salidos de madre. Se les olvidó volver a casa y ya no pueden acostumbrar sus ojos a la obscuridad lo suficiente como para contar a los demás lo que vieron ahí fuera. Están perdidos.

A Platón la falto valor para volverse loco. A Nietzsche no. En cualquier caso toda esa Melancolía es muy poco sabia. La poesía está bien donde está, no hay que ansiar tenerla más cerca.

La poesía ha de quedarse allá, lejos, en el pasado y en el futuro remotos, en lo que no puede ser del todo.

La poesía, bien entendida, es la cura de humildad del lenguaje.
Bendita cura de humildad.

20/2/10

Pensando tras leer La obra de arte... de Benjamin.

Benjamin piensa que en el cine y la foto el ritual ha muerto. Está muy equivocado, si la magia no se percibe, no se hace evidente en ellos, es, precisamente, por lo vivo que aun está su misterio. Son la pintura, la escultura y la arquitectura las que han perdido su aura, su valor ritual, y sólo existen y reflexionan sobre su propia existencia. La teoría en cine resulta insulsa, pedante, aburrida, innecesaria. En cambio, en las artes plásticas, la teoría ha fagocitado al arte. Dios maldiga a los historiadores y críticos de arte. Dios nos ha maldicho, de hecho, con el peor de los castigos. Nos ha arrebatado aquello que amábamos por medio de nuestras propias manos. Dios maldiga a la Academia Posmoderna.

No entendemos hasta qué punto creemos en el arte, en nuestro arte, en la publicidad, en el cine. No entendemos lo maravillosos que son; no lo entendemos porque no nos lo planteamos porque creemos en ellos a ciegas, sin pensar.

Al mismo tiempo, eso sí, sabemos que existen el montaje, las cámaras, la virtualidad... Sabemos que los actores son actores pero para nosotros también son los personajes. Sabemos que las modelos están retocadas por photoshop, pero al tiempo no lo sabemos. Creemos que son de verdad, más de verdad que nosotros, de hecho. Estas contradicciones, estas desmentidas, siempre se han dado en lo cultural, son la creencia, la magia, la religión. Creer es dar como cierto algo que no puede ser. La duda, la necesidad de certeza, destruyen la creencia. ¿Qué sentido tiene el sincretismo? ¿Por qué Alejandro pudo ser faraón? ¿Cómo era posible que fuese Atón el que movía el sol, si antes era Horus, si ambos son diferentes y sus sacerdotes rivales, pero cuando llega la paz son el mismo? ¿Cómo es posible la Trinidad? ¿Acaso los hombres de la antigüedad, que tantos restos magníficos nos han dejado, eran estúpidos? ¿Acaso no pensaban? ¿Acaso no había razón antes de la Ilustración? ¿Por qué adoraban a pedazos de piedra tallados por la mano humana como si fueran dioses?

Se sabía, se sabía pero se creía. Como en la sala de cine. La creencia no anula la conciencia, le propone una tregua. Esa tregua es fundamental para el arte, para la vida, aunque en su engaño tenga, siempre, parte de maravilla y parte de perversión.

El que no cree juega con el fuego abrasador de una libertad que le hace navegar muy cerca de la locura. Muy pocos se atreven a vivir sin nada por encima. Aunque en la era posmoderna la puerta que hay que atravesar para ser libre esté mucho más abierta, muy pocos se atreven a cruzarla.

No nos damos cuenta de lo bellísimos, mágicos y extraños que son los enormes carteles que cubren nuestros edificios. No nos damos cuenta del tiempo que dedicamos a mirarlos, de lo mucho que se parecen a los templos del foro de Roma, no nos damos cuenta de los orgullosos que estamos de ellos, de cuanto los reverenciamos. Si nos diésemos cuenta, no serían ya sagrados.







27/9/09

A mi estimado David:

A mi estimado David:


Sólo a ti te dedico ésta mi última carta. Aunque supongo que un suicidio tiene siempre un cierto sabor a derrota, intento con él ejecutar mi único acto de auténtica libertad, que es, como incansable buscador de ésta que soy, mi única victoria. Con las manos rebosantes de sangre, hundidos hasta los hombros, negamos a Dios con la esperanza de que no existiese, porque de existir, nada podría evitarnos el más rojo de los infiernos. Cortamos la cabeza del rey y de los nobles, de los simpatizantes, arrebatamos su poder a los burgueses, hicimos rodar cabeza tras cabeza. Cavamos el hoyo de la justicia con la pala del horror. Al final, se esfumó el sueño y despertamos sumidos en la más siniestra de las pesadillas.


Utopía es locura. Realidad; injusticia y desgracia. La libertad; una idea, y como tal perteneciente a una dimensión preciosa pero inalcanzable, cruel. Se les advierte a aquellos que desean, que la obtención de sus anhelos puede ser un castigo peor que la insatisfacción. No existe aquello lo suficientemente bueno como para colmar la expectativa humana, y cuanto más alta es la expectativa, mayor la decepción. Nosotros, los revolucionarios, apuntamos al cielo. Pedimos una vida verdadera. Cosechamos cadáveres. Más sentido tiene el oficio del artista que gracias a la ilusión de la forma consigue hacer verosímil la encarnación del ideal. Felices vosotros los pintores, también los músicos y los poetas, y todos aquellos que viven y venden mentiras preciosas, vuestra es la única libertad posible.


Para el pueblo de Francia sólo tengo mis más humildes excusas y la más burda de las defensas: mis intenciones fueron puras. Pido a Dios, si existe, que nos libre en adelante al menos de las quimeras, que se olvide de todos aquellos que se creen iluminados por Él o por cualquiera de sus máscaras, entre las que incluyo a la Razón. Razón mentirosa, que ha llenado nuestros días de sombra.


Pinta la humillación de mi muerte. Dale a mi tragedia una moraleja. Que gracias a mi desesperado final, entiendan todos lo inútil que es perseguir un sueño.
Con el cuchillo en la mano, mi último recuerdo es para los franceses, el fantasma que dejo vivirá la eternidad consumido por el tormento de haberles fallado.

Tu amigo y compañero,
Marat.

9/9/09

Para Ana.

María no era bonita, tenía la piel áspera y el cuerpo huesudo y seco. En el pueblo la tomaban por loca porque aseguraba que podía oír hablar a los ángeles y porque escribía unos poemas dedicados al Señor que resultaban demasiado apasionados, casi carnales. Sin embargo, algo debía de tener la niña, porque los Domingos, cuando cantaba en el templo, a pesar de que su voz no era la más fina, casi todos sentían una agradable sensación de plenitud en el pecho y más de uno tenía que enjugarse las lágrimas. A penas cumplidos los 13, sus padres, recelosos de su extraño comportamiento, la dieron en matrimonio a un viejo carpintero llamado José. Tenían la esperanza de que la serenidad del anciano viudo la encauzara, pero José era un hombre rudo y serio que entendía a su mujer tan poco como el resto. Rara vez le hacía el amor, y cuando ocurría, María sentía una angustia terrible que mitigaba perdiéndose en sus extravagantes fantasías.


Como todas las chicas del pueblo María estaba enamorada de Gabriel. Era un muchacho alto y delgado, de belleza arrolladora, casi excesiva, admirado por los hombres y deseado por las mujeres. Gabriel había sentido posarse en él miles de miradas, pero nunca había visto ninguna tan intensa como aquellas que le dedicaba la joven esposa del carpintero. Él jamás había necesitado ser una persona intensa, la vida le había mimado en exceso. El fuego de aquella niña le llenaba de una sensación de reto que parecía una suerte de cruce de envidia y melancolía.


Un día, mientras José estaba fuera reparando alguna viga carcomida, Gabriel irrumpió en la casa del matrimonio y sorprendió a María en la sala leyendo. El pánico ante el inminente pecado no hizo más que alimentar el deseo de la muchacha. Él ordenó que no gritase, sus palabras ejercieron la autoridad incomprensible de un hechizo. En la cama se abrazaron desnudos, la piel de él era tersa, y cuando la penetró, la matriz se acomodó dulcemente al miembro duro y suave. Mientras el joven se mecía acompasadamente sobre ella, le susurraba al oído que nada debía temer, porque aquello era obra de Dios. Y la niña así lo entendía, porque todo en el acto se sentía divino y correcto. Ambos alcanzaron el orgasmo a un tiempo, ella nunca había experimentado nada parecido, como agua fresca recorriendo el interior de su cuerpo, como una erupción de luz en sus entrañas.


Gabriel ya no volvió a visitarla y esquivó desde entonces sus ojos tiernos, domados. Al no menstruar por segundo mes consecutivo estuvo a punto de sucumbir al pánico, llevaba casi un año sin acostarse con su marido. Pero María gozaba del talento de los poetas y con tal seguridad y pureza en sus ojos contó a José y a todos que aquel fruto de su vientre era obra de Dios, que los aburridos aldeanos se dejaron seducir y creyeron. El misterio fascina a los sencillos que intuyen su valor sin comprenderlo y lo necesitan para sobrellevar la dura rutina del trabajo. Así de útiles son los artistas.


Consecuente con su fantasía, María crió al pequeño como si realmente fuese fruto de un amor divino, perfecto, un sentimiento que sólo puede existir en el mundo de las ideas, en el cielo, en las mentes de aquellos seres tocados por la gracia, capaces de conservar la lúcida intuición de la infancia.


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Inspirado por una anunciación de Fra Angelico. La estricta simetría de las anunciaciones de este pintor siempre me ha hecho pensar en María como un doble del ángel al que las alas le han sido extirpadas. Como un Ícaro, símbolo de la ensoñación castrada.

22/5/09

Miscelanea.

Últimamente me viene a la cabeza una historia extraña. Pienso que lo que estoy viviendo ahora es un recuerdo en la cabeza de mi yo futuro, como un flashback en una película, en algún momento voy a salir de la ensoñación, alguién me dirá: "Señor Huici, le preguntó si no será así". Esas palabras me devuelven a la realidad en la que soy un psicoanalista de 56 años en un congreso, en un mundo futuro que intenta reconstruirse después de las profundas heridas de una tercera guerra mundial. Yo pido que me repitan la pregunta. Sigo siendo un tipo menudo, sigo pensando demasiado, hay cosas que no cambian, pero mi espalda duele aun más y la pasión que alimenta mis actos hoy ha sido sustituida por algo menos intenso pero más constante, tal vez eso que llaman "madurez".

El tema de la juventud vista desde la senectud me lleva a la muchacha con espejo de Giovanni Bellinni. Tal vez el primer desnudo laico del Occidente pos antiguo. Un cuadro de esos últimos años en los que Bellini ya ha abandonado su "maniera seca" y abre su pincel al maravilloso universo de lo blando, de lo táctil. Lo tactil es fugaz, es moderno, es tan fugaz y tan moderno que el desnudo contemporáneo intenta huir de ello centrando sus ojos en mujeres fibrosas, de curvas moderadas y rígidas que buscan escapar al tiempo. La mujer de Bellini es redonda, rolliza, su rostro triste. No me resulta una imagen muy erótica en realidad, la melancolía que impregna la escena desanima a cualquiera, una vez escribí:

Lo que pudo ser se quema
la vida se volvió loca.

No es coincidencia que Jean Clair vea en la melancolía uno de los temas fundamentales de la pintura contemporánea, en concreto de la pintura figurativa, esa que intenta atrapar la imagen, siempre fugaz, eternizándola, inmortalizándola. No creo que sea posible concebir un medio más nostálgico que la fotografía.

La relación entre arte y religión es fundamental para entender la crisis de la pintura y su avocación a la melancolía (de la que nunca estuvo totalmente exenta). La mayor parte de las religiones tienen en las soluciones escatológicas uno de sus puntos fuertes, la religión tiende a ser un antídoto contra la melancolía, contra la conciencia de la mortalidad. La pintura de un mundo religioso nos muestra escenas que nunca morirán del todo, porque nunca nada muere del todo, todo tiene un sentido. La transición hacia lo fugaz es especialmente elocuente en el Rococó; de la épica barroca a al erotismo de las fiestas galantes.

No es coincidencia que ese Mundo de las Amistades Peligrosas, de Casanova, de Watteau, esté tan obsesionado con el sexo. Freud no hubiese existido en un mundo religioso. Es muy probable que la neurosis y la represión sexual ya fuesen las fuentes de la energía que nos llevan a generar la cultura, pero canalizándolas en concepciones absolutas se hace muy difícil descubrir el pastel.

Los egipcios, capaces de construir las pirámides, fueron un pueblo que a penas dejó historias escritas. Sus mitos son bastante pobres dramáticamente en comparación con la epopeya de Gilgamesh o la deslumbrante mitología griega. Los Egipcios no necesitaban historias porque eran eternos del todo, sin principio ni fin. Grecia, en cambio, era un pueblo muy religioso, pero tenía una religión muy peculiar, la otra vida era una existencia residual, fantasmal, anodina. Por eso son los grandes contadores de historias, por eso fueron tantas cosas, por eso sufrían de una ansiedad tan acuciante como la nuestra.

Pero toda verdad a gran escala (y las verdades a gran escla son precisamente mi peor vicio), tiene su envés. Qué poco se ha inventado. En el Primer Periodo Intermedio, en los años de anarquía y profunda crisis espiritual tras el Imperio Antiguo, más allá del 2º milenio antes de Cristo, un poeta acompañado de la música de un arpa recitó el siguiente canto ante el faraón Intef. El Faraón, que por encima de ningún otro monarca de la historia basaba su poder en su carácter inmortal, mandó grabar los versos en su tumba:

“Generaciones y más generaciones desaparecen y se van,
otras se quedan, y esto dura desde los tiempos de los Antepasados,
de los dioses que existieron antes
y reposan en sus pirámides.
Nobles y gentes ilustres
están enterrados en sus tumbas.
Construyeron casas cuyo lugar ya no existe.
¿Qué ha sido de ellos?
He oído sentencias
de Imuthés y de Hardedef,
que se citan como proverbios
y que duran más que todo.
¿Dónde están sus moradas?
Sus muros han caído;
sus lugares ya no existen,
como si nunca hubieran sido.
Nadie viene de allá para decir lo que es de ellos,
para decir qué necesitan,
para sosegar nuestro corazón hasta que abordemos
al lugar donde se fueron.
Por eso, tranquiliza tu corazón.
¡Que te sea útil el olvido!
Sigue a tu corazón
mientras vives.
Ponle olíbano en la cabeza.
Vístete de lino fino.
Úngete con la verdadera maravilla
del sacrificio divino.
Acrecienta tu bienestar,
para que tu corazón no desmaye.
Sigue a tu corazón y haz lo que sea bueno para ti.
Despacha tus asuntos en este mundo.
No canses a tu corazón,
hasta el día en que se eleve el lamento funerario por ti.
Aquél que tiene el corazón cansado no oye su llamada.
Su llamada no ha salvado a nadie de la tumba”.
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Como soy un cansino que lleva toda su corta vida hablando de lo mismo, es probable que sea algo similar a esto lo que cuente en mi ponencia de ese congreso en el que estoy a punto de despertar. Tal vez la habré acabado precisamente con este poema, espero que para entonces escriba mejor y haya dejado al fin de ser tan cursi.

Mientras, en este recuerdo, llevo ya más de un año con este blog, un año en el que han pasado muchas cosas, un año que coincide con las 100 entradas nada menos. Gracias a todos los que me habéis estado leyendo, gracias en concreto a Marcos y Julio por haberme apoyado en mi nuevo periodo de inactividad bloguera que, en esta ocasión, se ha debido a motivos más felices. Gracias también a la fuente de esos motivos.

Bellini tenía 85 años cuando pintó a esa chica.

Plata y oro, muchachos

y que os sea útil el olvido.

P.D. tras releer: Joder, qué pedante me he puesto esta vez. JJ, lo cierto es que siendo un aniversario tan señalado no podía ser menos.


Bellini. Desnudo con espejo.Kate Moss.

Fragonard. Niña jugando con un perrito.

30/3/09

El día de la desgracia.


Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.


Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.

- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?

Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.

- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.

Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:

- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.

El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:

- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.

- Algún día, joven cazador, algún día.

Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.

A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.

Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:

- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.

Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.

- Parte ahora.

Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.

En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.

Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.

Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.

- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.

Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.

¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.

Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.

Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.

Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!


15/2/09

Malinconia.

De todos los sentimientos sólo la melancolía me da impresión de eternidad. Entonces, tal vez sí hay vida tras la muerte: algo así como un estado de melancolía eterna.
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Cuando Ulises se halla a las puertas del Averno se encuentra con Aquiles. Al verle alaba su grandeza en vida y le recuerda su gran fama heroica. Aquiles responde:
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"―No trates de consolarme por mi muerte, ilustre Ulises; preferiría, como simple labrador, servir a un hombre oscuro, que no poseyera más que escasos bienes, que reinar sobre todas esas sombras."
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Luego Aquiles pregunta a Ulises por su hijo, le pregunta si es valiente. Ulises le responde afirmativamente. Y ya:
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"Tal fue mi respuesta; entonces el alma del magnánimo Aquiles se aleja, y caminando a grandes pasos a través del prado Asfodelo, se alegra de lo que yo le decía, de que su hijo era un héroe valeroso."
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Realmente todo el canto XI de la Odisea es brutal. Describe exactamente lo que yo creo que es la muerte, porque yo no creo en el Paraíso ni en el Infierno, pero sí creo en los fantasmas. En un residuo de la vida tras la vida, un residuo en el que ya sólo queda lo más profundo de nosotros: melancolía y memoria.
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Melancolía y memoria, que son lo mismo.
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Los muertos nos recuerdan, como todo el resto de cosas que hemos dejado atrás.
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Desde el otro lado de la vida, de donde no se vuelve, e inspirado por el video de Alix que he ido a ver ya seís veces igualando así el record de la exposición de Manet del Prado. Cuando vuelva la semana que viene será la cosa artística que más veces he ido a ver.
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Plata y Oro.
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El Tejón.
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22/1/09

24 hour crazy badger!


Ayer tuve un día de 24 horas, al fin empezé a redactar. Realmente tengo una energía dentro que resulta casi excesiva, el schedule fue el siguiente:
- 8:00 am, me levanto.
- Enseño una exposición en la Academia.
- Vuelvo a casa, charlo con Genia (guay, como siempre).
- Siesta.
- Comida.
- Escribo una entrada del blog, mientras pongo canciones brutales en el youtube para enriquecer los sueños de la siesta de Ana.
- Me voy al Thyssen para mirar libros para reseñar (un currilo que tengo).
- Quedo con Patricia.
- Yendo con ella veo unos zapatos en una tienda, entro, me pruebo varios y me compro unos muy chulos.
- Cañas con Pat.
- Me despido de patricia y me voy a la Casa del Libro y la FNAC, como no tienen el libro de Maupassant que busco me pillo otro de cuentos de Chejov (gasté demasiada pasta).
- Vuelvo a casa, como chico con zapatos nuevos. Están Sergio y Ana montando muebles, justo acabando. Terminan y bajamos a tomar unas cañas.
- Me encuentro a Amudena en la puerta del ya mítico Rincón del Ibérico de la Calle Jardines. Hablo con ella un ratete (qué rica es) y luego cañeo.
- Subo, hago bocatas de salchichas y cenamos.
- Después de cenar le echo las cartas a Ana, primero le daba miedo, luego le parece corto y poco.
- Se va todo el mundo a dormir, pongo la lavadora.
- Termino el Discurso a los Católicos de Lacan, habla de su pensamiento en contraste con el pensamiento religioso. Un libro que simplemente está hecho para mí.
- Cuelgo la lavadora (ya es muuuuuuuy de noche).
- Empiezo mi novela, o cuento, o lo que sea. AL FIN, esta sé que estará bien o mal, pero que va a ser el segundo escrito largo que acabe!!! Me sale algo raro, siempre que creas un personaje de verdad es raro porque sale de ti y eres tú, pero al tiempo es otro ser. Esa sensación significa qe lo estás haciendo bien pero tiene un punto siniestro.
- ATENCIÓN, porques esto es muy fuerte, 6:15, me pongo a limpiar la casa!!! Firego baño y cocinca, no sólo los suelos, todo.
- Mientras dejo que se seque me leo un cuento (que en realidad eran tres) que me ha mandado mi amiga Patricia, bonito, es muy lista. En este periplo, a las 7 y pico, Sergio se levanta a beber agua. "Ten cuidao al pisar que está recién fregado", flipa.
- Cocina y baño secos, acabo de recogerlos un poco y me voy a la cama.
- Me meto en la cama y me leo un cuento de Chéjov, Agafia, brutal, como siempre.
- 7:55 Pienso que es un canteo la cantidad de cosas que he hecho, que es guay, pero que me gustaría estar un pelo más sereno. Qué difíciles son los equilibrios en la vida. Cojo un post it y escribo el resumen de este post con todo lo que he hecho en el día.
- 8:00 am, me duermo. 24 hour crazy badger.

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El día anterior, terminando la preparación revia a la novela escribí este par de cosas:

- Señales falsas, señales desperdiciadas. Aquí hay turrón. Una princesa de un mundo extraño, los astrónomos determinan que un hombre es su pareja ideal porque lo dice el cosmos, ella no quiere que le adjudiquen un marido, pero llega y le empieza a gustar, realmente parece que estén hechos el uno para el otro, pero el es muy reticente. Al final él se suicida, por algún motivo no quiere estar con ella, no quiere cumplir su destino, lo hace porque sabe que es inútil porque cree firmemente que las señales son falsas, en parte puede tener razón, o en parte no quiere enfrentarse a esa posibilidad porque le da miedo, quedaría ambiguo. Es la duda de Hamlet, el hecho de que el Universo tenga realmente unas leyes puede ser muy chungo, sobre todo porque si las tiene son incomprensibles, sólo intuibles. Es Hamlet desde el punto de vista de Ofelia y centrado en la historia de amor.
- Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Aquí está la clave, intentar lo eterno en este mundo fugaz. Eso es el amor. Un problema de tiempo, el tiempo no existe.
- Es fundamental dejar de sorprenderse, dejar de buscar la coherencia. Maravillarse ante las cosas bellas, pero maravillarse no es sorprenderse.

Lo que voy a escribir no tiene nada que ver con esta historia, pero hoy al releerla me ha parecido curiosa.

Y ya está, tal y como voy, o acabo escribiendo algo bueno, o acabo loco, o ambas cosas...

Justo ahora, tenía puesto el Young Americans de Bowie, y ha empezado a sonar su versión de Across the Universe, había olvidado esta canción, en general, hace un montón que no escucho tampoco la de los Beatles, no sé por qué. "Nothing's gonna chnge my world", es brutal.



Plata y oro.
El Tejón.

1/1/09

¡VAMONÓS! ¡JODER, VAMONÓS!

Cerdo Aéreo y el Señor Tejón les desean Felicidad y benignos vientos de cambio en este año 2009.







2/12/08

P. D. (a la entrada anterior).

¡A Lo que sea pongo por testigo, de que en cuanto consiga mudarme y establecerme voy a dejar esta pajillera (aunque inspiradora e instructiva) actividad bloguera y me pondré a crear una obra más consistente por mucho que me cueste!

He dicho.

Plata y oro.

El Tejón.


30/11/08

Dos mundos, un tejón.


Sigo obsesionado con la oposición entre el Mundo de las Ideas y el mundo "real". Ayer finalmente improvisé mi poesía y terminé hablando de perseguir momentos que convertir en recuerdos, o algo así, porque no lo recuerdo del todo. El caso es que llevaba meses desconectado del cine y la tele. Supongo que han sido meses de mucha presencia de ese mundo "real". Trabajo, emancipación y otros menesteres. Esta semana entrante en concreto es bastante crucial porque tengo varios curros y una mudanza a la vista. Pero algo del Mundo de las Ideas me ha absorbido con una fuerza prodigiosa y me ha hecho dejar lado todo lo demás: la serie de adolescentes yanqui Freaks and Geeks. La he devorado de forma compulsiva, me he introducido de una forma insanamente profunda en su realidad, ha sido maravilloso. Sólo hay una temporada, aun no sé por qué (me enteraré), los personajes son perfectos, los guiones también, de los 18 capítulos sólo hay un par que son mediocres, he vuelto a sentir esa sensación de deseo irrefrenable de proyectarme en un mundo virtual. Rasa, inmenso rasa. Los paraísos artificiales conseguidos con las drogas pueden ser fantásticos, pero están a años luz de esa intensidad. Me ha dado tanta pena que se acabase… encima la serie sucede en 1980, con los 70' muriendo, el auténtico rock'n'roll dando sus últimos coletazos, todo el rollo del fin del sueño hippie me encanta y me pone muy melancólico y el último capítulo gira en torno al disco hippie por excelencia, uno de mis discos preferidos y uno de los mejores discos de la Historia: American Beauty de los Grateful Dead. Y como dijo John Lennon: "I'll say it again"; American Beauty de los Grateful Dead, me emociono sólo de escribirlo. Por supuesto al final, he llorado, pero es que acababa con Ripple, con Ripple tenía que ser. Magia, la magia pasa, fiaros de mí.

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Luego está ese cuadro de Rembrandt, una Sagrada Familia que ha venido a Madriz desde el Hermitage de San Petersburgo. Veo de nuevo los dos mundos. Rembrandt decide pintar a la familia de Dios en tono extremadamente intimista. Nada les delata en absoluto como divinos: el niño duerme plácidamente, José trabaja al fondo, María interrumpe su lectura para echarle un ojo al pequeño. Qué cosa tan maravillosa puede ser el cristianismo; en esta escena irrumpen los ángeles y son ellos los que se maravillan ante la divina llaneza del ambiente. Dios criado en el hogar de un carpintero. El Mundo de las Ideas volviendo la cabeza hacia las mantas, el brasero, la cuna, la madera, la humildad… se invierte la mirada. Reivindicando la debilidad, Jesús reivindica también la realidad.

Me gusta como se plantean estas antítesis entre seres celestiales y mundos cotidianos; se ve mucho en la pintura naturalista. Ribera tiene su San Pedro liberado por el ángel, en el que la vieja y abatida figura del apóstol enfatiza su carácter extremamente material con su pesada posición horizontal (al fin y al cabo Pedro es piedra), y junto a él, el ángel sublime, etéreo; fantástico. En La Fragua de Vulcano de Velázquez vemos algo parecido y es un recurso que Murillo utiliza mucho y que todos los anteriores sacan en gran medida de Caravaggio… Maestro del dramatismo donde los halla, Caravaggio entendió perfectamente que un ángel es mucho más ángel al lado de un hombre "real", con los pies sucios.

Pero Rembrandt nos está dando algo parecido pero diferente: una familia es mucho más una familia si la colocamos al lado de ángeles. Los ángeles enfatizan lo terrenal y no al revés. ¿Puede haber una mejor definición de lo que es la ternura? La ternura es el encanto de lo sencillo, de lo llano, de lo vulnerable, de lo imperfecto, de lo inofensivo, la ternura es lo que siente Dios al mirarnos. Y los ángeles… en la ternura que también sienten por nosotros hay una brizna de envidia, porque los pequeños tesoros que despiertan ese sentimiento, son algo que ellos nunca podrán tener.

Joder, qué cursi me he puesto hoy.

Besos.

El Tejón.

P.D. Y no olvidéis pinchar en las imágenes si queréis verlas mejor.


Descanso en la huida a Egipto, Caravaggio.

San Pedro liberado por el angel, Ribera.

Sagrada Familia. Rembrandt.

Ternura; detalle de la Sagrada Familia de Rembrandt.