guiado por las apariencias

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28/4/09

A veces pasan cosas.

Dicen los científicos que en los experimentos hay siempre lo que ellos llaman un "margen de error". Un 0'1 ó 0'01 ó 0'001% que no sigue la pauta. Pues bien, yo profeso gran admiración por los científicos, gracias a ellos hay Internet y existe este blog, entre otras cosas. Pero, a título personal, lo que realmente despierta mi interés es ese 0'0001%.

Dedicado a E.M.



Plata y oro, reina, plata y oro.

14/4/09

Rastros, lastres y puntos de apoyo.

Monosabios. Guillemro Pérez Villalta. (A mí me recuerda a la Melancolía de Durero).

El Domingo estuve leyendo un texto que ha escrito mi madre sobre los pintores de la figuración madrileña de los 70'. Cuando era niño, cada año por mi cumpleaños recibía una tarjeta de mi padrino, Guillermo Pérez Villalta, llevaba un dibujo y un texto. A pesar de mi fascinación por este pintor no leí esas tarjeta hasta hace bien poco, llevaba años pensando en hacerlo, había leído casi todas en diferentes momentos, pero nunca me había sentado a leer las 14. Cada vez creo más en los presagios (por eso echo las cartas), por eso creo que leí esas tarjetas en el momento preciso, justo cuando debí hacerlo.

La memoria y el pasado, cada vez se manifiestan en mi vida, en la de todos, con más fuerza y con un oscuro concierto, como si se tratasen de bailarines al son de una música indescifrable. Pintura figurativa, colección de imágenes congeladas, a veces delicadamente móviles. Recuerdos rescatados. Melancolía. Juventud sin juventud, flores "siempre vivas", ilusiones, simulacros, espejismos. Cómo no va este medio a tener algo que decir sobre el mundo contemporáneo. La construcción de la foto es otra, de hecho ayuda a hacer más posmoderna la pintura robándole su utilidad. Porque todos esos momentos se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Y los trazos, las pinceladas… pocas cosas son tan fugaces.

Carlos Alcolea citó a Deleuze, al que ahora leo. Mi madre cita la cita de Alcolea. Yo os dejo el fragmento del texto de mi madre.

«¿Nuestra incapacidad para entender la vida? Creemos que reaccionamos contra una forma ilusoria del arte, pero tal vez reaccionamos por una enfermedad de nuestra naturaleza, por una carencia de querer vivir».

Cita y proceso, toda una lección de lo mucho y lo poco que somos, o como dice Guillermo: "el azar es orden en el tiempo".

Espero escribir un texto de verdad sobre estos pintores, hoy dejo esto.

Plata y oro.

Y por si acaso, esto que descubrí el Domingo, tal vez presagio:


Otra vez, si quieres, comunícate directamente.

7/4/09

Extimidad.

Murillo. Cuatro figuras.

Extimidad es hoy la nueva palabra de moda, significa hacer pública la propia intimidad a través de un medio de comunicación de masas, ya sea la televisión por medio de los realities, o internet y sus blogs y redes sociales. Vivimos en la ansiedad de tener historias nuestras, propias. Ya no hay macrorrelatos, no somos criaturas de Dios, por muy Españoles que seamos, por muy del Real Madrid que seamos o "rojos" de toda la vida, las historias de naciones y otras instituciones no son la nuestra, ya no, cada vez creemos menos, nos hemos desacostumbrado por falta de mitos auténticos. Necesitamos tener un historia propia, el tiempo se acaba, deprisa, deprisa, seamos alguien. En el fondo, como casi todo en la posmodernidad, es un fenómeno romántico masificado.

Yo soy sin duda un obseso de la extimidad, no hay nada que me apasione más en el arte que la aparición de las historias individuales. Ah, el Escriba Sentado del Louvre, congelado en el tiempo, con su gesto diligente y su espalda y brazo tensos, escuchando las palabras que le están siendo dictadas y a punto, a punto, de empezar a escribir. Un instante de su existencia, el reality más breve, pero congelado durante casi 4500 años, que dan para muchísimas reposiciones. En realidad es algo tan viejo como el hombre, la extimidad no es si no la masificación de algo que busca siempre el arte en los tiempos de crisis, cuando la fe zozobra y los individuos quieren permanecer ellos, no ya sus ideales. Los griegos, que existieron en crisis incluso en su etapa clásica, tenían esa terrible obsesión por la gloria, ya querían ser estrellas, como los concursante de Operación Triunfo.

Brueghel, Caravaggio, Rivera, Murillo, abren sus lienzos a los más humildes y les dan el equivalente a sus 15 minutos de fama. Me pregunto qué impresión causaría en los pordioseros que Caravaggio escogió el verse retratados como santos. Qué pensarían los niños de Murillo de ese personaje, casi tan pobre como ellos, que les pintaba. ¿Les sería indiferente o pelearían por ser el siguiente? Es más ¿por qué coño pintaba Murillo a los niños? Un pintor capaz de obras tan exageradamente sentimentales ¿Por qué de repente tiene esas deslumbrantes imágenes de género, tan cargadas de mágica instantaneidad?

Claro que en esto de la extimidad hay algo más: el "do it yourself", que cada uno sea el propio artífice de la imagen ilusoria de uno mismo. En esto sí que la gente se está convirtiendo en artistas en masa, o al menos en artesanos de la construcción pública de su propia imagen. Si Tracey Emin es una artista por enseñarnos su cama, ¿no somos artistas también todos los integrantes de la red facebook? ¿No estamos todos construyendo, al igual que ella, autorretratos
conceptuales? ¿Qué quedará de todo esto dentro de un millón de años? ¿Si el facebook sobrevive, o este blog, cual será entonces su aura? ¿Qué impresión causará en los hombres del futuro, o en aquellos seres que vean lo que dejamos? Ante nuestra compulsiva obsesión por dejar huella, esta democratización del autorretrato, ¿se les hinchará el pecho de magia y ternura frente a tamaño esfuerzo de toda una sociedad global por dejar un testimonio de sí, individuo a individuo? ¿O mirarán con desprecio los restos de un mundo decadente en el que la cantidad de los testimonios desplazó a la calidad?

Es triste pensar que lo más probable es que todo acabará desapareciendo bastante rápido. Como casi todo lo que crea nuestro mundo, que es perecedero, deshechable. Esta falta de voluntad trascendental es preocupante, ya sólo queremos ser célebres en vida, en un mundo que sólo tiene memoria inmediata queremos llegar a más individuos, pero no permanecer. No me extraña que el síndrome de Korsakoff sea una enfermedad tan recurrida en el cine de las últimas décadas, la sociedad la padece, la memoria se desprecia, la Historia moderna no es ya memoria, está en constante revisión, hasta el pasado es variable, queremos destruir todas las historias. La importancia de la memoria no es su veracidad, es su presencia, su ilusión de realidad. Memoria y arte van relacionadas desde un principio y si el arte está en crisis en algún sentido es en el de la degradación de la memoria. Por eso se desprecia la forma, porque la forma sirve en primer lugar para que las cosas estén bien hechas y duren, pero además la forma envejece siempre menos que el concepto, en la forma está la permanencia, sólo ella no engaña.

Y todavía intento no escribir tanto sobre mí en este blog, pero si es que es inevitable, soy hijo de mi tiempo, mi angustia es la angustia de la conciencia de que todo es instantáneo. La vida como una pompa de jabón, tan frágil, tan preciosa. De ahí nuestra ansiedad por exhibirnos, porque sólo somos en los otros, desde el momento en que construimos nuestra personalidad como una otredad al reconocer nuestra figura en el espejo. El retrato más maravilloso de Occidente, Las Meninas, eterniza la experiencia del espejo y no el cuerpo, eterniza lo que somos por encima de todo, alguien que es porque se ve como otro, somos en los otros. Con la fama, al ser en tantos otros, ganamos una pequeña ilusión de ser reales. De ahí la cultura del espectáculo, de ahí el miedo que está detrás de cada blog, de cada página del facebook, del escriba sentado y de las mismas pirámides. El miedo a lo que somos sin nuestras miradas: lo real, lo siniestro, la nada.

Detrás del facebook hay una terrible democratización del pánico existencial. Si pudiésemos rasgar la superficie virtual de la página veríamos grandes cataratas de miedo. Como en la película Matrix, en la que todo es una ilusión y tras la sólida y colorista apariencia de la realidad sólo hay código binario. Como en el zen, si rasgásemos la cortina de la ilusión de nuestra presencia veríamos el mundo en binario, el vacío supuestamente liberador. Algo que me encanta de los cuadros es que estén pintados sobre tela, de Velázquez sorprendía en sus tiempos que sus imprimacones y capas de pintura eran tan finas que se hacía evidente en ellas la raigambre del lienzo. Una vez más, ahí está todo, esa sensación de que la maravillosa ilusión del arte es en realidad un telón, un telón a punto de rasgarse o de abrirse. Me fascina del Velázquez maduro sus recursos para hacer evidente que todo es una ilusión.

Al final es ser o no ser, pero nuestra amplitud de miras es mucho más corta, ya no dudamos de la existencia más allá de esta vida, si no de la existencia en esta vida, por eso en vez de una calavera, lo que tocamos con nuestros dedos es un teclado.

Dedico esta entrada a Julius, el gran autor del blog Ego que me encanta, ejemplo de extimidad de la mejor calidad. Gracias a ti y a la otra participante (anónima) de la éxtima experiencia que he tenido estos últimos días. Al final, lo que más me gusta de todo (y todo es mucho) es la gente, nosotros y nuestras pequeñas historias, como la vuestra, absolutamente preciosa en su extimidad y su intimidad.

Plata y oro.
El Tejón.

El escriba sentado del Louvre.

Joven haciendo pompas de jabón. Chardin.

Joven haciendo pompas de jabón. Manet.

Amantes en una burbuja que se quiebra. Detalle del Jardín de las Delicias. El Bosco.

Acueducto de Segovia.

Mi cama. Tracey Emin.


Friend Face, parodia de Facebook de la serie IT Crowd.

30/3/09

El día de la desgracia.


Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.


Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.

- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?

Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.

- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.

Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:

- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.

El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:

- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.

- Algún día, joven cazador, algún día.

Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.

A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.

Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:

- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.

Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.

- Parte ahora.

Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.

En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.

Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.

Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.

- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.

Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.

¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.

Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.

Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.

Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!


17/1/09

Resultado de la encuesta conmemorativa.

a) Yo en realidad estaba buscando el blog de Camela, no sé quien es este pibe.
2 (8%)

b) Me he leído todas sus entradas, merece el Nobel.
1 (4%)

c) Me he leído muchas de sus entradas, ahora soy mejor persona.
6 (26%)

d) Paso de leer esta mierda, pero soy su amigo y hago el paripé fichando algún título y luego le digo que están guays.
2 (8%)

e) Me apesta, se hace pasar por un mustélido pero no es más que otro gafapasta.
0 (0%)

f) A mí lo que me gusta es que me chupen el miembro/conejo (según el caso).
0 (0%)

g) I like turtles!
12 (52%)

Bueno, las cifras hablan por si mismas:

- Sólo uno de mis lectores me considera merecedor del Nobel, como todo el mundo sabe, ese premio está terriblemente mediatizado y se otorga mucho antes en base a la popularidad que a la verdadera calidad literaria. Mientras no me venda se me seguirá resistiendo. Eso sí, agradezco de corazón a aquel que marcó esa opción, seas quien seas.

- Algo más de la cuarta parte de la masiva concurrencia de esta página (los encuestados representan un pequeño porcentaje) piensa que este blog les hace personas mejores. A ellos, mis fieles, que tanto me apoyan y me impulsan a seguir con mis neuras día tras día sólo puedo decirles una cosa: estoy de acuerdo con vosotros, lo que escribo mola. Áh, y muchas gracias también, os quiero.

- Sólo un 8% finje que lee mi blog y me miente para no quedar mal cuando nos tomamos unos quintos por ahí. Bueno, este porcentaje es engañoso, ese tipo de escoria perezosa que dicen ser mis amigos son tan sumamente vagos que probablemente ni se hayan dignado a votar. Aun así, también os quiero, pero nunca lo sabréis porque no vais a leer esto.

- Nadie en el cosmos me considera un gafapasta. O soy menos pedante de lo que pensaba o no soy lo bastante moderno...

- No hay mucho aficionado al sexo oral entre mis fans. Creo que esto es el dato más preocupante de todos los que se pueden deducir de la encuesta. Tengo que hacer algo al respecto. Pero ¿qué?

- I do like turtles too!
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4/9/08

Música Pop, bendita música Pop.

Mi disco de este verano ha sido Who's Next de los Who (un clásico en mi vida). Who's Next sale de Lifehouse: un proyecto fallido que Pete Townshead intentó retomar varias veces pero que nunca consiguió realizar. Lifehouse debería haber sido una ópera rock cuya música fuese en consonancia con el público hasta un nivel extremo. Cada miembro de la audiencia hubiese aportado los gráficos de sus constantes vitales e información sobre su personalidad y su vida, Townshead pretendía componer ayudado de ordenadores, conjugando todos los datos recogidos para conseguir llevar a la audiencia hasta un climax de tal intensidad que terminase produciendo una iluminación espiritual colectiva. Por aquel 1970, Townshead estaba muy colgado con el LSD y con las enseñanzas del santón hindú Meher Baba. El estado que buscaba inducir en el personal era una especie de trance perpetuo, en el que los afortunados "bailarían hasta sumirse en la inconsciencia".

Como todo esto resultó más complicado de lo que podría pensarse a primera vista (ironía), acabó juntando el trabajo inacabado y formó Who's Next; uno de los mejores albums de rock'n'roll de la Historia. En las canciones del disco se desarrolla parte de lo que hubiese sido la trama de Lifehouse: En un futuro súper polucionado, la gente, para sobrevivir, ha de llevar unos trajes protectores que no se quitan nunca. Para poder relacionarse unos con otros a través de estos trajes, todos están conectados a una red virtual que les produce estímulos, aunque de este modo las personas no sienten experiencias reales (muy parecido a Matrix y preludiando Internet en ¡¡¡1970!!!). Una campesina escocesa, Mary, se entera de que hay una resistencia que va a hacer un gran concierto de rock'n'roll en Londres con el fin de conseguir que las personas recuperen la capacidad de sentir experiencias verdaderas. Mary se escapa, pasa aventuras y acaba en el gran concierto. En plena sesión la policía les acordona y está a punto de entrar cuando la música llega a su clímax. Así, en ese momento, la intensidad es tal, que el trance sonoro les catapulta a un estado espiritual superior que hace desvanecer sus presencias físicas. Cuando los maderos entran se encuentran un local vacío.

Hoy en la universidad había un tipo de seguridad que nos mandaba callar cuando hablábamos. A ver si se me entiende: ¿QUÉ COÑOS ESTÁ PASANDO? Hace sólo 20 años, en Madrid, en los 80', a todo el mundo le hubiese parecido un puto escándalo que un tipo con porra y esposas se pasease y guardase el orden en una facultad universitaria. Los hippies eran extremadamente ilusos, el estrepitoso fracaso de su excesivo idealismo fue la crónica de una muerte anunciada, pero ¿qué mierda de juventud desengañada hemos vivido a cambio? Cuando miro a la música pop reciente, a la de esta década, me pregunto: ¿quien ha salido? Entre los artistas que han realizado impactos mediáticos, comerciales y sociales considerables, y que yo considero que tienen cierto talento y que, al menos, hacen su propia música, me surgen tres: Eminem, The Streets y Amy Winehouse (hablo de ellos porque han petado con algo suyo y bien hecho, no porque sean los que más me gusten). Sinceramente es difícil pensar en muchos más de auténtica repercusión; ¿qué tienen en común estos tres? ¡Los tres se dedican casi exclusivamente a hablar de su vida! Encima, los tres son drogadictos y su vida es la de un drogadicto. No es que crea que halla nada terrible en ello pero ¿en eso ha quedado todo? ¿Del Nirvana -y el término va con segundas- a "menudo pedo me pillé ayer"?

Supongo que la respuesta es sí: en eso ha quedado todo.


En palabras de John Lennon, 1970, tan sólo unos meses después de la separación de Los Beatles:


Dios.

Dios es un concepto

por el que medimos

nuestro dolor.

Lo diré de nuevo:

Dios es un concepto

por el que medimos

nuestro dolor.

Sí.

No creo en la magia.

No creo en el I-Ching.

No creo en la Biblia.

No creo en el tarot.

No creo en Hitler.

No creo en Jesús.

No creo en Kennedy.

No creo en Buddha.

No creo en mantras.

No creo en la (Baghavad) Gita.

No creo en el yoga.

No creo en los reyes.

No creo en Elvis.

No creo en Zimmerman.

No creo en los Beatles.

Sólo creo en mí.

En Yoko y en mí.

Y esto es realidad.

Yo era el tejedor de sueños,

pero ahora he vuelto a nacer.

Yo era la morsa,

pero ahora soy John.

Y así, queridos amigos,

sencillamente tendréis que cargar con ello.

El sueño se ha acabado.


Este post está dedicado con gran admiración a los directivos de productoras musicales y a los poderosos en general, que tanto talento han demostrado para convertir en mierda algo maravilloso en menos de 30 años. Deseo de todo corazón que vuestras almas sufran todo lo que merecen en lo más profundo del oscuro Infierno (que por desgracia no existe).


Y para no acabar de mal rollo: We won't get fooled again, la canción que debía de llevar al público a la iluminación. Aunque es un directo de 1979 y están un tanto viejunos, es la puta hostia:


28/7/08

Coincidencias.

Este sábado iba en el metro camino del trabajo. A pesar de que entro a las dos y media estaba soñoliento, perdido en la fantasía de cómo conquistaré a la actriz de Stranger than Fiction cuando viva en Nueva York. Estoy intentando hacerme menos pajas mentales, pero el viernes había pasado un día flojo y tenía que currar, así que decidí hacerme una pequeña concesión. Mientras me perdía en mis pensamientos miraba de reojo a los personajes que me rodeaban hasta que una mujer en concreto llamó mi atención con fuerza. Tenía un aspecto extraño, guapa, aunque de rostro duro. Sobre todo muy elegante, vestida informal, con un pantalón vaquero, una camiseta negra lisa, unas zapatillas en diferentes tonos de pardo preciosas, un sombrero panamá que a pesar de ser lo que era no llamaba la atención y una rebeca sobre los hombros de color verde aguamarina. Estaba extremadamente delgada y parecía tener unos cuarenta y pocos bien llevados o unos treinta y pico ajados. Mirándola me asaltó el extraño pensamiento de que el día de mañana me gustaría estar casado con alguien así. Serena, expresión melancólica, porte noble, distante, toda su ropa de buena calidad e impoluta pero un poco gastada. Los caballeros victorianos no estrenaban sus trajes, dejaban que el mayordomo les diese el primer uso. Ella, la imagen de la elegancia.

Seguí mirándola hasta que el Metro llegó a su parada y se dispuso a bajar. Se quitó la rebeca de los hombros para ponérsela y poder así caminar con más comodidad. ¿Por qué llevar chaqueta en un día de tanto calor? En la operación pude ver que la camiseta que llevaba era de tirantes, sus brazos hasta los hombros quedaron al descubierto unos instantes. Su delgadez era enfermiza, la fibra muscular se marcaba de forma desasosegante en sus articulaciones escuálidas. Debía de padecer una enfermedad terminal o ser heroinómana o anoréxica. Pienso que lo último es lo más probable. Pero había algo peor: tajos en el brazo, recientes, a penas cicatrizados, profundos y anchos, como hechos con un cuchillo basto de carnicero. He leído que las anoréxicas llegan a automutilarse en su cruzada contra su corporeidad.

La visión de esos cortes me impresionó mucho. Volví a mirarle a la cara que quedaba ya de perfil a mí, mientras ella esperaba a que la puerta se abriese para salir. Se la veía segura y triste, bella, ojos verdes, aristocrática, mandíbulas marcadas y prietas. Daban ganas de salvarle la vida. Se abrieron las puertas, suspiró, se colocó bien la rebeca y salió del vagón.

Escribí el grueso de este relato en el mismo asiento del tren; frenético e impresionado. Llegando ya al aeropuerto, donde trabajo, apuraba las últimas palabras de todo lo que sentía que necesitaba contar. Lo último que escribí fue esto:

"Me da miedo que esa mujer se quite la vida esta noche".


* * *


Esa misma noche hablé con mi amiga Raquel. Se le avecina una relación tormentosa. Me dijo que hacía poco le había dicho a otra personas las palabras: "luz, más luz". Las había dicho citando a Shakespeare, El Sueño de Una Noche de Verano. "Luz, más luz" fueron también las últimas palabras de Goethe antes de morir. Son palabras que no me gustan porque me recuerdan a torres de marfil, a espíritus demasiado etéreos, lejanos a los tejones que somos nocturnos y rechonchos y amamos la penumbra y el calor corporal de nuestras madrigueras. Aun así investigué; "luz, más luz" es, efectivamente, una cita de Shakespeare. Pero no de El Sueño de Una Noche de Verano si no de Romeo y Julieta, como no podía ser de otra manera. Mi obra preferida de uno de mis autores preferidos. No sólo mi obra preferida, sino "esa obra" en concreto.

Malditas coincidencias. Últimamente las coincidencias me han acosado y me han traído una lección: es demasiado duro pensar que no tienen sentido alguno, es demasiado duro pensar que tienen un sentido. Las coincidencias llevan consigo la lección de que, a menudo, lo más sabio es dejar lugar en la vida al enigma, negarse a entender, negarse a controlar, decir "vale". En el fondo de ese pensamiento está el sentido del recurso que utilizo últimamente al yuxtaponer textos cuya relación no acabo de entender pero intuyo. Como esa ansiedad de luz de Raquel, de Goethe, de Capuleto el padre de Julieta y de otros… esa ansiedad de luz en relación con la chica del metro de los cortes en el brazo. Creo que tiene que ver con El Alef de Borges, con un concepto que arrastro desde que leí Dublineses de Joyce: muy en el fondo, todos somos iguales y somos lo mismo y hay una unidad oscura y miserable pero sanadora que nos une. Espero que esa chica del metro esté bien.


* * *


Os dejo con dos historias de autodestrucción. Una mía, que es de lo que más me gusta de lo que he escrito. Otra de un tipo, amigo de un amigo, del que últimamente me están llegando textos. Me parece bastante bueno, firma JP. Si tenéis tiempo, echadles un vistazo.

Saludos

El Tejón.


Esto es un sombrero Panamá.



Ésta es la chica de Stranger tha Fiction.