guiado por las apariencias

30/3/09

El día de la desgracia.


Era el Día de la Desgracia del año en el que Inkinu cumplía 16 años. Como su padre había hecho antes que él y antes de éste el padre de su padre, Inkinu debía tensar su arco con todas sus fuerzas y disparar la flecha que los ancianos habían tallado para él. Después, caminaría hasta el Santuario de la Diosa Primera, y allí aprendería la manera de regenerar el Tiempo. Era preciso que no comiese ni bebiese nada hasta su vuelta, así que antes de partir su madre le preparó un abundante festín para que aguantase las tres jornadas de camino que necesitaría para llegar a su objetivo, más allá de los bosques del Dios-mono y de la Tierra Seca, en el Fin del Mundo. Todos observaron en silencio como preparaba su arma y aclamaron con admiración cuando disparó el proyectil que se perdió lejos, entre los árboles. Su padres le despidieron llenos de orgullo, las lágrimas manaban de sus ojos, sus primos cantaron a su tótem pidiendo buenos augurios y Ninphäli, su prometida, le besó en la mejilla y le dio una vejiga sellada llena de ungüento que ella misma había preparado.


Cuando cayó el sol del primer día, Inkinu se hallaba ya en los límites de los Terrenos de Caza, en la frontera con el bosque del Dios-mono. En plena noche se adentró en territorio desconocido, la espesa maleza filtraba la luz de la luna llena, caminó con la mano prieta en el arco mientras a su alrededor el bosque le recordaba con su estruendo que allí era un intruso perdido. Guiándose por las estrellas consiguió mantener el rumbo, pero se sintió amedrentado, invadido por la sensación de estar siendo acechado. Cuando llegó el alba pudo ver a los hijos del dios de aquellas tierras que le observaban desde las ramas, en silencio. Poco antes del atardecer, los simios comenzaron a mostrarse intranquilos, algunos le arrojaban ramas o frutos y ya no le observaban sólo desde los árboles, si no que empezaron a bajar al suelo y a caminar siguiendo su paso, rodeándole. El miedo estuvo a punto de hacerle cometer el error fatal de utilizar su arco, pero en el momento en el que la tensión parecía ya inaguantable un violento chasquido de madera partiéndose sonó encima de su cabeza y una enorme forma negra aterrizó delante suyo cortándole el paso. El majestuoso Dios-mono, soberano de aquel lugar, debía de pesar siete veces más que Inkinu, su pelo era negro como el carbón y su rostro arrugado de redondos ojos rojos imponía un respeto ancestral más allá de toda torpeza humana.

- Estás muy lejos de casa, joven ser parlante. ¿Qué te trae por mis tierras?

Su potente voz parecía salir de todo el bosque y no sólo de su garganta, pero el coraje del héroe humano era grande y no vaciló en su respuesta.

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu, partí del Mundo de los Hombres el Día de la Desgracia en busca del Santuario de la Diosa Primera, fui purificado por los sacerdotes y no he probado alimento alguno desde entonces. Así como yo respeto tu excelso poder, Señor de los Bosques, respeta tú mi empresa, que no es otra que la de conseguir que me sea revelada la manera de regenerar el Tiempo.

- En efecto, joven ser parlante, has cumplido los rituales. Así mismo, el objeto de tu viaje es una cuestión de extrema importancia para todos aquellos que habitamos el Mundo. Pero has de entender que como rey de esta tierra, no puedo permitir el paso a un humano cualquiera. Si realmente eres quien dices ser, deberás probar tu fuerza combatiendo conmigo con las manos desnudas.

Inkinu tiró al suelo su equipaje y se puso en guardia. Su gigantesco adversario soltó un fabuloso gruñido y arrancó a correr hacia él ayudándose de sus manos. La embestida fue terrible pero el héroe no fue arrollado, saltó antes de recibir el impacto y se agarró con fuerza a la cabeza negra que a penas podía cubrir con sus brazos. Furioso, el dios continúo su carrera dirigiéndose hacia un árbol con la intención de aplastar al joven. Éste reaccionó con un impulso y se aupó al cuello de la bestia que se dio de bruces contra la áspera corteza. Ambos cayeron, el hombre se levantó presto, pero el simio agarró su pierna derecha y levantándole sin esfuerzo le alzó por encima de sí para estrellarle después contra el suelo. A su alrededor la corte simiesca llenaba el bosque con sus chillidos, Inkinu estaba aturdido por el impacto y no pudo reaccionar cuando su rival se abalanzó encima suyo. El mono empezó a castigarle violentamente con sus manos, una, dos, tres veces. El héroe pensó en los suyos, en la Tierra Segura, en sus primos, en los ancianos, en sus padres, en Ninphäli. Haciendo un esfuerzo supremo consiguió agarrar con sus manos el brazo derecho del monstruo cuando este arremetía por cuarta vez. Ambos rivales pusieron a prueba sus músculos, la extremidad peluda se tensaba con una fuerza inconcebible, pero el hombre resistía. A punto de ceder, hizo un último esfuerzo y desvió el golpe brutal hacia el suelo, los nudillos del animal se clavaron en la tierra. Con una velocidad extraordinaria agarró de nuevo la gran cabeza y le propinó un certero golpe con su frente para luego hundir sus dientes en la gran nariz de la que brotó la sangre copiosamente. El dios aulló de dolor, Inkinu aprovechó para zafarse y se puso en pié. Tenía una ceja rota y escupió varios dientes. Los dos se encontraron de nuevo cara a cara y se lanzaron una intensa mirada de odio. Esta vez fue el gran cazador el que embistió, pero el dios golpeó su pecho y alzó su voz emitiendo un sonido profundo. De las copas más altas cayeron varias decenas de monos sobre el héroe que se defendió repartiendo certeros puñetazos y patadas, a pesar de que tumbó a muchos de sus enemigos, el esfuerzo fue en vano, eran más de cien contra uno y consiguieron reducirle en poco tiempo. Quedó al fin tumbado boca abajo, completamente cubierto de estas bestias que presionaban su cabeza contra la tierra. El Dios-mono se acercó sonriendo, pisó la nuca de Inkinu y apretó con saña. Entonces habló:

- Bien, bravo joven, bien. Eres ágil y recio. Te será permitido cruzar. Pero que esta lucha te sirva de lección: mi pueblo no tiene la habilidad de crear tierra segura, de encender fuego. Sólo vosotros, los seres parlantes, podéis comunicaros con la Diosa Antigua y regenerar el Tiempo, pero a nosotros los monos nos corresponde la fuerza, y ni el más fiero de los vuestros podrá nunca equiparar su poder al del simio. Si te he hecho prender ha sido sólo para evitar la inevitable muerte que habrías alcanzado si el combate hubiese llegado a su fin. Parte ahora, y mantén presente en tu mente este día. Que tu humillación y tu odio sean la semilla de la fuerza que necesitarás para guiar a los tuyos.

El orgulloso hombre, aun con la boca llena de tierra y el cuerpo mutilado respondió:

- Algún día llevaré tu cabeza a mi aldea.

- Algún día, joven cazador, algún día.

Y de nuevo el dios rugió, con un sonido que recordaba a una carcajada. Levantó su pié y desapareció entre las copas. Tras él lo hizo toda su corte y dejaron a Inkinu solo, apaleado y exhausto en el suelo del bosque.

A penas recuperó el aliento, se apresuró a recoger sus cosas. Antes de reanudar la marcha sacó el ungüento que Ninphäli le había preparado y curó con él sus heridas que empezaron a escocer como si estuviesen cubiertas de fuego. Tenía varias costillas rotas y cada paso era una tortura, pero apretó los dientes y caminó a buen ritmo. No había avanzado mucho la noche cuando al fin llegó a la árida llanura que precedía al Fin del Mundo. La Luna estaba casi llena e iluminaba aquel basto paisaje de arena y rocas donde apenas crecían algunos polvorientos y sucios hierbajos. La tremenda algarabía del bosque cesó, ya sólo se oía el más absoluto de los silencios a penas roto de cuando en cuando por el vuelo de un insecto. Los lagartos inmóviles observaban al hombre pasar, Inkinu sabía que al alba llegaría al Fin del Mundo y eso le daba fuerzas. No se detuvo cuando divisó una figura inmensa en el horizonte, pero según se fue dibujando la forma que allí se encontraba, incluso la intrépida alma del gran cazador se amedrentó. Frente a él se erguía el gran Nagash, el dragón gris del desierto, de piel escamosa, colmillos afilados, mirada serena y alma retorcida. No había posibilidad de huir del monstruo, tampoco podía esconderse en ningún lugar de aquel erial, así que mantuvo su trayectoria hasta que se halló a pocos metros del fabuloso ser. Pudo entonces ver al mal en toda su majestuosidad, desprendía una luz plateada y la intensidad de su mera presencia hacía temblar el suelo. Dicen que el valor no es la ausencia de miedo si no la capacidad de sobreponerse a éste, y así debe ser porque no hay corazón humano que pueda permanecer impasible ante la presencia de un gran dragón. Inkinu tembló, el dolor de sus llagas a medio sanar se intensificó, la debilidad debida al hambre y al agotamiento se hizo patente en todo su cuerpo, a punto estuvo de desfallecer, pero su voluntad era la más fuerte que pueda tener un hombre, así que miró a la bestia a los ojos y habló:

- Soy Inkinu, hijo de Inkinu. Salí de la Tierra Segura el Día de la Desgracia, crucé el Bosque de Caza de los Hombres y el bosque del Dios-mono. Con éste luché y aunque fui derrotado y acarreo esa vergüenza, probé mi valor y me fue concedido permiso de paso. Ahora, a las puertas del Fin del Mundo, te pido a ti, gran Nagash, Señor de la Tierra Seca, que me dejes proseguir mi marcha para que pueda llegar al Santuario de la Diosa Primera y aprender allí la manera de regenerar el Tiempo.

Las enormes comisuras de la boca del dragón se estiraron hasta articular una amplia sonrisa que puso al descubierto sus brillantes colmillos. Antes de responder, dejó pasar un largo silencio, luego su voz sonó al fin. Era una voz horrenda, aguda y múltiple, como si en su garganta habitaran millones de seres minúsculos que hablasen a coro, un sonido que ensuciaba el alma y degeneraba el cuerpo y que sólo los lagartos podían soportar mucho tiempo:

- Hace miles de años, un hombre de tu mismo nombre llegó a este desierto. Luchamos, y con la ayuda de los dioses consiguió vencerme, convirtiéndose así en el primero de los héroes. Durante cientos de décadas, perdí año tras año mi batalla, derramando sobre la arena mis lágrimas negras de rabia. Yo fui creado poderoso y astuto, un adversario digno, pero fui condenado a la derrota perpetua, y no se me dio una naturaleza sumisa con la que mitigar mis ansias de venganza. Hoy, joven guerrero, para evitar esta contienda que sólo puede llevarme al desastre, te ofrezco un presente que sellará la paz entre nosotros para siempre. Un regalo que me ha llevado eones realizar, pues durante cientos de siglos he reunido cada una de mis lágrimas provocadas por el odio, y cada gota de mi saliva, tan preciosa y escasa en este desierto. Con todo mi dolor, he creado este estanque que hoy te muestro a la luz de la luna llena, éste es mi regalo, valiente Inkinu, no podrás saciar en él tu sed, pues es tan venenoso como mis colmillos, pero podrás observar en su serena superficie el más maravilloso prodigio que jamás halla visto un ser parlante.

Y la bestia levantó su gigantesca cola y tras ella se descubrió un socavón en la tierra, cuya anchura era poco mayor a la del rostro del hombre. Éste, olvidando las advertencias de los ancianos que prohibían posar los ojos en los cuencos mientras estos estuviesen aun llenos, fijó su vista en el tupido líquido negro. Estaba liso como el azabache pulido, y a la luz de Luna, ofreció al héroe una imagen que cambiaría el destino del Cosmos, la imagen de su propio rostro. Inkinu vio a Inkinu por primera vez y cuando tocó su mejilla con la mano derecha el ser del reflejo hizo exactamente lo mismo con su izquierda. Y a través de la mirada que sus propios ojos le devolvían entendió de repente que su rostro no era igual que el de sus primos, ni siquiera igual que el de su padre, que ninguno de los hombres de su aldea era igual entre sí, que nunca lo serían. Sintió entonces una extraña sensación en el estómago, como un agarrotamiento horrible tal vez producido por el hambre, y cuando levantó la vista aturdido por la extraña experiencia, miró a los ojos a la gran serpiente y volvió a sentir miedo, pero sintió también lástima por el demonio cuya mirada era ahora diferente, tal vez similar a la del estanque en algún sentido oscuro y misterioso.

- Parte ahora.

Dijo Nagash, y se desvaneció en el aire polvoriento. El héroe reanudó su camino y al amanecer llegó a la Gran Montaña del Fin del Mundo donde se encontraba el Santuario de la Diosa Primera. Escaló la angulosa pared debilitado por los golpes, la sed y el hambre, y al fin alcanzó la abertura en la roca. Fuera el sol del desierto brillaba ya en todo su esplendor con una fuerza abrasadora, iluminando el interior de la pequeña cueva. Dentro de ésta el gran cazador vio al fin la estatua de la diosa, imponente, eterna, esculpida en piedra roja llegada de fuera del Mundo, por manos no humanas en una era anterior al Tiempo. A pesar del sofocante calor del exterior, el Santuario se hallaba fresco y húmedo, las paredes rezumaban agua y todo estaba cubierto de musgo y líquenes que crecían en la roca. La fuerza de la diosa generaba la vida allí donde sólo puede haber muerte. Y a los pies de la estatua crecían los frutos bulbosos que Inkinu sabía que debía ingerir. Rezó la Plegaria Secreta y comió un puñado, luego calló exhausto a los pies protectores de la deidad.

En su sueño se le apareció ella, con su precioso cuerpo desnudo, casi transparente, suspendido en el aire. Envuelta en su manto de luz nocturna acercó su mano azulada al rostro del hombre y acarició su mentón, luego sonrió. Le habló directamente al alma, sin mover los labios, generando en su mente visiones del futuro. Le mostró como volvería a la Tierra Segura, como al llegar podría al fin descansar y desposar a Ninphäli. Inkinu vio como el día antes de la noche de bodas saldría a cazar y apresaría al mayor de los pájaros del bosque. Pero no comería su carne, si no que lo sacrificaría en honor de ella, levantaría después la Piedra Negra y allí encontraría la efigie del dios de la memoria cuyo nombre no ha de ser pronunciado, renegaría entonces de él y luego todo los hombres juntos entonarían la más importante de las plegarias, aquella que regenera el Tiempo y permite que lo que ha sido degradado vuelva a nacer. La noche de ese mismo día engendraría en el vientre de su esposa un niño, que a los nueve meses nacería sano y fuerte y recibiría el nombre de Inkinu, sellándose así el pacto de vida entre el Hombre y la Diosa Primera, que permitiría a ambos vivir para siempre en eterno equilibrio.

Según acabó la instrucción, el sueño se desvaneció y el héroe despertó. Pero al incorporarse, aun dentro de la cueva, giró su rostro dando la espalda a la estatua de la diosa y miró al cielo luminoso. Recordó la visión de su reflejo y entendió que si el tiempo no era regenerado el mundo comenzaría a expandirse y los hombres ya no tendrían por qué respetar los dominios de los monos. Podrían someterlos y ocupar sus bosques y luego podrían ocupar los bosques nuevos que aparecerían más allá de las montañas. La Tierra Segura se haría más grande, los hombres más numerosos. Incluso crearían tierras seguras diferentes a la original, en otros claros en otros bosques. Y él, Inkinu, sería el descubridor de ese nuevo poder, el responsable de un mundo nuevo, siempre diferente, que envejecería al igual que lo hacen los hombres, pero cuyo tiempo sería precioso por ser exclusivo, porque cada segundo nunca desde entonces se volvería a repetir. Y ya no tendrían que borrar de la Piedra Negra su nombre para inscribir en él el de su hijo, su nombre quedaría escrito para siempre y bajo él un nombre nuevo, diferente, Pactú, el nombre del niño que Ninphäli y él engendrarían cuando volviese a casa.

Y así, se despidió de la diosa siguiendo el Ritual de Respeto, pero nada más salir tensó su arco, apuntó al cielo y mató un pájaro carroñero. Lo comió con ansia y con las fuerzas renovadas cruzó el desierto. Al llegar a la linde del bosque, buscó un árbol de madera firme del que cortó una rama gruesa. Usando su piedra afilada talló una docena de flechas de esta madera, mucho más largas de lo que los ancianos permitían. Acampó esa noche allí y cazó dos grandes lagartos que fueron su cena. Al despuntar el alba se adentró en territorio enemigo. Esta vez, los monos se mostraron aun más intranquilos que en su viaje de ida y no había llegado el mediodía cuando la maleza se estremeció con un crujido ensordecedor y el Dios-mono apareció una vez más ante el héroe.

- Detén tu camino, ser parlante. ¿Cómo osas profanar estas tierras? Has comido carne, tu impureza profana la armonía de nuestro territorio y ofende el honor de mi pueblo. Por esta afrenta morirás, aunque ello conlleve impedir que cumplas tu destino.

Inkinu no respondió, tensó su arco y disparó sin vacilar al rostro del animal. Éste se cubrió con la mano, pero la nueva flecha del hombre atravesó la extremidad y llegó a hundirse en el ojo derecho de la bestia. La impresión del resto de primates fue tal que ninguno se atrevió a atacar por no privar a su rey del privilegio de tomarse venganza tras tamaña ofensa. El dios cargó mientras el héroe apuntaba de nuevo. El segundo proyectil se hundió muy profundo en la carne negra pero no detuvo el embiste. Inkinu salió despedido, rebotó contra un árbol y calló al suelo. De allí le recogió el Dios-mono, agarrándole del cuello con su mano derecha. El hombre lanzó una última mirada desafiante e intentó articular palabra, pero la presión en su garganta era ya demasiado fuerte. La mano se fue cerrando inexorable hasta que rompió primero el espinazo del joven y terminó aplastando del todo su cuello, separando su cabeza del tronco. Miles de monos alzaron sus voces salvajes, tomaron los restos del héroe, irrumpieron en los Terrenos de Caza y llegaron hasta los lindes de la Tierra Segura donde arrojaron su trofeo.

¡Ay, amigos míos! Ese fue el triste final del gran Inkinu, el primero de los héroes de nuestro tiempo. Esa noche los hombres entonaron oraciones funerarias y llenaron el viento de lamentos, se decidió que el nombre del héroe jamás sería borrado de la Piedra Negra. Ninphäli, desconsolada, puso la cabeza de su amado frente a las antorchas y dibujó con un tizón negro el contorno del perfil que la sombra proyectaba en el suelo, los ancianos ordenaron que esa imagen no fuese borrada nunca. Y el hijo de Ninphäli ya no sería Inkinu, pues ya no sería Inkinu su padre, se llamaría Pactú y sería un héroe nuevo, capaz de someter a los monos y de quien sabe qué más nuevas hazañas.

Esa noche, todos los primos del fallecido vieron en sueños a Ninphäli y desearon su cuerpo bello y su espíritu noble, y gestaron en su mente dormida imágenes en las que engendraban en la mujer un niño destinado a llevar a cabo gestas fabulosas, un hijo que no llevaría su nombre, pero que sería aun así sangre de su sangre.

Y esa noche los monos recorrieron todo el bosque aullando frenéticos, triunfales. Sólo su dios se sentó en silencio sobre una rama y miró a la Luna, que ya no estaba llena si no menguante. Aturdido por el dolor de su ojo, entendió de una forma instintiva que esa regularidad seguiría rigiendo en el astro pero no lo haría ya en la tierra que pisaban. Y así mismo entendió que los hombres a partir de ese día nunca más regenerarían el tiempo, que empezarían a rendir culto a la memoria, que nunca estarían satisfechos. Y soltó un leve gruñido tristísimo, casi un sollozo, al haber comprendido al fin por qué el día de la partida de Inkinu, tres días antes de la última luna llena del año, era llamado desde siempre el Día de la Desgracia.

Dedicado al gran Iván en el aniversario de su nacimiento que fue, y así lo acabará reconociendo la Historia, justo lo opuesto a un día de desgracia.
Felicidades genio!


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya lo he terminado de leer! Me ha gustado mucho geniecillo! Si hay alguna cosa que corregir es mínima, estilazo sónico :D

Henar dijo...

Ey, Germán. mola mucho y, como siempre, das qué pensar. Veo además que se te da bien variar de género! Este de la mitología humana es un buen rollo, si señor y creas todo un mundo, por explotar, tal vez, ¿no? Muy guapa la reflexión sobre el tiempo, de cíclico a lineal, siempre persiguiéndose mientras se esfuma. Me gusta, me gusta.
Henar.